Depresiones y tallarines

7.1 - Los embarazos

(*) "Los embarazos siempre fueron felices. Lo sabía al instante. Cuando me quedaba embarazada, se producía un 'clic' y, automáticamente, me convertía en la mujer más feliz del mundo. Poco después me fallaba la regla, pero yo ya sabía que estaba embarazada desde el primer día, y cuando me fallaba la regla ya había dejado la medicación y estaba limpia de química, para no perjudicar el niño. Seguramente era cosa de las hormonas, no me esforcé para encontrar la explicación."

Mi madre a menudo hablaba de esta coincidencia. No obstante, es evidente que no salía de las depresiones solo cuando se quedaba embarazada, sino que salió de ellas en otros muchos momentos, tanto durante sus años fértiles como, obviamente, más tarde.

En cualquier caso, lo que es indiscutible es que todo lo relacionado con sus embarazos para ella era muy importante.

Se había casado con un hombre que la entendía poco (su forma de ser, sus necesidades), y que al mismo tiempo pensaba que ella tenía que ser diferente de cómo era. Con el peso de esta falta de aceptación y de reconocimiento, la opción de la maternidad fue como una tabla de salvación: tener hijos "sí que lo sabía hacer". De forma que, tener "tantos como Dios quisiera", era una manera de ganarse el reconocimiento religioso y social. Y, por lo tanto, también de su marido.

Por descontado, el contexto influía mucho. Entonces las familias numerosas eran puestas como modelo tanto por parte de la Iglesia como del Estado, se hacían reconocimientos públicos a las familias de muchos hijos, se daban premios a la natalidad... Con alguna de estas familias "premiadas" mis padres tenían relaciones. (1)

(*) "Seguramente no debo ser muy normal, porque ahora mucha gente tiene miedo de tener hijos, y yo no lo tuve nunca (...) cuantos más hijos mejor, porque dar vida es el acto más grandioso de todos."

Después de los nacimientos, desaparecía aquella sensación de festiva excepcionalidad. Volvía la normalidad previa. Se diluía aquel sentimiento de su importancia absoluta mientras era madre gestante.

Por otro lado, y no sé por qué motivos, me parece que no daba el pecho mucho tiempo. No sé si esto tenía relación con el hecho que, entonces, la leche en polvo tenía muy buena consideración, incluso superior a la de la leche materna. El caso es que era otro factor que hacía que, después del nacimiento, su protagonismo fuera menor. Y volvía la oscuridad:

(*) Al cabo de pocos días de nacer el niño volvía la depresión." (2)

La importancia que mi madre daba al hecho de tener hijos era tan grande que a veces parecía una obsesión. En relación con este tema hay un hecho curioso. Cuando nació mi hermano pequeño, mi padre decidió que no tendrían más hijos, porque el parto fue muy complicado. Lo decidió él, y mi madre lo asumió, pero no de buen grado. Ella, a pesar del susto de aquel parto y de la posibilidad de que nuevos embarazos también pudieran ser complicados (teniendo en cuenta que ella cada vez era mayor), quería seguir teniendo hijos. (3)

A partir de entonces, quizás como símbolo de aquel nuevo hijo que ya no tendría, mi padre fue regalando a mi madre, de vez en cuando, una muñeca. Establecieron este ritual, con la complicidad de los dos, dado que mi madre (en lugar de, por ejemplo, tirar la muñeca a la basura), fue coleccionando aquellas muñecas encima del cabezal de la cama.

Parece que tendría que ser normal y saludable que una mujer, por mucho que le guste ser madre, cuando se le acaba este papel lo asuma con naturalidad. Y que incluso celebre la liberación de las diferentes servidumbres de la maternidad. Pero ella no lo vivió así.

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(1) En cambio, mis abuelas, tanto la una como la otra, no estaban tranquilas con los embarazos y los hijos que mi madre iba encadenando: "Mi madre me decía que estaba mal aconsejada (...) mi suegra, que de tanto ir el cántaro a la fuente... No sé si quería decir que al final se rompería o que ya estaba bastante lleno."
(2) Fidel Masreal, en 'Conviure amb la depressió' (Mina/Grup62, 2007) dice: "Después del parto (...) se produce un desequilibrio hormonal que puede favorecer la reacción depresiva. (...) Pero además de las causas físicas, hay otras más 'sociales', derivadas del hecho de que después de nueve meses ocupando el centro de atención del entorno familiar y protagonizando la experiencia maternal, la mujer pasa a ocupar un papel secundario y el interés y la estimación de familiares y amigos se dedica preferentemente al hijo."
(3) Con relación a este punto, me parece interesando este comentario de Mortimer Ostow: "En la depresión, el individuo se siendo 'vacío'. Pero la mujer encinta se siente literalmente repleta. Esta es la razón de que ciertas mujeres ansíen estar embarazadas casi constantemente" (La depresión: psicología de la melancolía. Alianza Editorial, 1973, p. 42).


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