Depresiones y tallarines

9.3 - La pérdida de intimidad

(*) "Cuando me encontraba bien, los últimos tiempos también deseaba morir."

Si además de hacerte mayor te haces viejo, si además de sumar años vas perdiendo autonomía y vas avanzando por el camino de la dependencia, si es el caso que tienes un carácter independiente este proceso se te puede hacer muy difícil de asimilar, incluso intolerable. Y si la dependencia empieza a invadir tus espacios más íntimos, como por ejemplo tu higiene personal, y resulta que además de independiente has sido siempre una persona en este aspecto muy reservada, este nuevo escenario se te puede hacer todavía más intolerable.

Los últimos años de la vida de mi padre fueron muy duros. Y no sólo para él. Cuando reaccionaba con violencia porque invadíamos su intimidad, cosa que teníamos que hacer a la fuerza debido a su enfermedad (había que lavarlo y cambiarlo distintas veces al día) mi madre no lo vivía nada bien. Y yo tampoco. Más adelante, no sé en qué medida debido a su claudicación o agotamiento, o quizás del debilitamiento de su conciencia, mi padre dejó de oponer resistencia, y el hecho de lavarlo y cambiarlo dejó de ser tan conflictivo.

Con esta evolución, mi madre pudo vivir aquellos momentos de una manera diferente, sin tanta incomodidad o miedo, más relajada. De hecho, a medida que se fue normalizando aquella nueva situación, acabó viviendo aquellos momentos con bastante naturalidad, con una mezcla de ternura y despreocupación. Mi padre, más que su marido, debido a la enfermedad se había convertido en un sujeto de atención y compasión. Toda la educación que ella había recibido, entonces le fue de gran utilidad, tanto la visión trascendente de la vida (aquí estamos de paso, cuanto más sufrimos más nos ganamos el cielo, etc.), como su papel, en cuanto que mujer, de cuidadora.

Yo seguí otro camino. Me creé una coraza, y hacía lo que tocaba de una manera automática, procurando no dejar espacio ni para las reflexiones ni para las emociones. No me acostumbré nunca. Me sublevaba contra el hecho de que mi padre tuviera que vivir aquel calvario, aquella tortur. Y si ahora pienso en ello, me cuesta hacerlo con serenidad, siento que la incomodidad me domina. (1)

Tanto mi padre como mi madre eran dos personas muy reservadas, en cuanto a la desnudez y las funciones corporales. Entre ellos, no sé cuál era el grado de confianza, de naturalidad, en cuanto a este tema. Lo que sí tengo muy claro es que la enfermedad de mi padre provocó un descalabro, que obligó a intervenir en su intimidad, una invasión que a la fuerza debía resultarle desagradable. La prueba eran los gritos que daba durante aquella época cuando se le tenía que lavar y cambiar, unos gritos que oían todos los vecinos de la escalera.

Mi madre gestionó bien aquella etapa, la superó con entereza, fue una buena cuidadora. Pero una cosa es ser cuidadora, y otra ser cuidada. Y la perspectiva de algún día, quizás, tener que ser cuidada como mi padre, la perspectiva de que algún día violaran su intimidad, la aterraba. Ella no había cuidado a mi padre con la esperanza de que, si algún día era necesario, alguien la cuidara a ella. En absoluto. Como cuidadora, estaba dispuesta a todo, como cuidada, a muy poco.

Estaba dispuesta a dejarse cuidar "hasta un cierto punto". Por ejemplo, con las eventuales atenciones cotidianas de los hijos o parientes, en la medida que le hacían la vida más agradable. Eso sí que lo agradecía (y a veces le faltó). Pero más allá no. Por mucho que la religión la instara a domesticar su orgullo, o que le exaltara las prácticas de mortificación, aquello, aquella humillación, aquella exposición, aquella falta de intimidad, no la quería de ninguna manera. Ni aquella, ni en un grado más leve.

Era independiente, orgullosa, presumida, y todas sus capas de educación y religión eran del todo insuficientes para imponerse sobre aquellos rasgos tan marcados de su temperamento. Por eso, después de haber vivido la experiencia de mi padre, cuando pensaba que ella algún día podía llegar a un estado parecido (aunque no fuera tan grave), y entonces tener que pasar por una experiencia de aquel tipo "como cuidada", le venían todos los males. La posibilidad de perder su independencia, y con la pérdida de independencia perder la intimidad, la asustaba. (2)

Tal como ya he expuesto antes, a medida que se fue dando cuenta de que se acercaba a aquellos terrenos peligrosos, a medida que le fue aumentando el miedo, fue resbalando otra vez, en esta ocasión lentamente, hacia los estados depresivos.

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(1) Me habría gustado que a mi padre se le hubiera facilitado la muerte, o como mínimo, que no se le hubiera curado nada, para favorecer que la muerte le hubiera podido llegar con más facilidad, más pronto. Y esto no se hizo: estando ya muy mal, pasó gripes y neumonías, con motivo de las cuales se avisaba al médico y se le medicaba (y alguna vez también se forzó la alimentación). Haber sido cómplice de ello es un peso que arrastro.
(2) Volverse dependiente era peor que la muerte "cuando menos en su caso". Lo digo así porque es obvio que, en el caso de mi padre, mi madre no lo razonó de este modo. Prefirió (o lo encontró normal o inevitable) que él viviera el máximo de tiempo, aunque fuera de aquella manera tan lamentable.
 


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