8.5 - La salida del sol
(*) "¡Que hermoso es ver salir el sol desde lo alto de una cima, reflejándose en las gotas de rocío, matizándolo todo con su polvo de oro!"
Es el inicio de una redacción de mi madre, de cuando tenía 15 años. La salida del sol siempre fue para ella un momento de alegría. Y era también un momento para dar gracias a Dios, por todas las cosas bellas creadas, cielos, árboles, flores, pájaros...
Cuando se encontraba bien, todos los fenómenos de la naturaleza la maravillaban. El sol, la luna, las nubes, las tormentas, las montañas, los riachuelos, los bosques, el mar, las conchas de la playa, las gaviotas... Con el paso de los años no perdió la capacidad de maravillarse y de alegrarse, cuando estaba en contacto con la naturaleza.
Era muy madrugadora. Cuando salía el sol hacía rato que ya se había levantado. Según la época del año, quizás veía salir el sol por el horizonte del mar, mientras se bañaba en la playa.
Llegó un momento en que esto de que fuera a la playa a aquellas horas me empezó a preocupar un poco. Ella cada vez andaba con más dificultades. Y encima no siempre se encontraba una buena mar, y en estos casos su grado de prudencia no era del todo previsible. Creo que en general no corría riesgos, entre otras cosas porque tenía un tímpano agujereado y tenía miedo de que le entrara agua, pero supongo que alguna vez algún revolcón con las olas sí que se lo llevó. Y no lo contó.
Le decíamos que fuera con mucho cuidado (esto que se dice en estos casos, normalmente los padres a los hijos, y que no sirve de nada) y que, teniendo también la opción de la piscina, quizás era preferible. Pero a ella le gustaba el mar, y añadía que a veces abrían la piscina demasiada tarde, y que además el agua de la piscina estaba caliente (que lo estubiera no le gustaba nada), o que había demasiada gente... El caso es que, por poco que pudiera, durante la parte del año más benigna iba a la playa.
Al final, los días que a primera hora de la mañana iba a la playa, muchas veces la acompañaba mi tía, de forma que no nos preocupábamos tanto. Después, a la hora de almuerzo algún día quizás me explicaba que, aquel día, por el motivo que fuera, mi tía la había avisado que no podia ir... Pero no me lo decía antes, solo cuando regresaba.
Por otro lado, lo cierto es que si yo estaba intranquilo, la habría podido acompañar. Yo o algun otro hermano. Pero no lo hacíamos. Los hijos no, pero mi tía sí. Tendría que hablar más, de ella...
En la playa, además de los sustos de las olas, también podían pasar otras cosas. En una cartulina, metida en una funda de plástico transparente, y que cuando se metía al agua dejaba en la arena junto al albornoz y el bastón, tenía escrito esto:
"Me estoy bañando aquí delante. El bastón y el albornoz son míos. No los toque. Gracias".
Se ve que una vez alguien se había querido llevar el albornoz, supongo que pensándose que estaba olvidado, sin darse cuenta (quizás todavía era oscuro) que ella se estaba bañando. El bastón y el albornoz era lo único que dejaba en la arena, el resto lo tenía en el coche, aparcado lo más cerca posible. Hasta que se murió a los setenta y siete años, mi madre siempre condujo.
Según la época del año, a veces en la playa encontraba gente joven que, después de toda la noche de juerga, todavía no había ido a dormir. Como buena católica consciente de sus obligaciones, supongo que alguna vez también había intentado hacer apostolado allí, a pie de playa.
Me imagino esta escena: algún chico o chica con la cabeza seguramente espesa a causa de la resaca, boquiabierto de repente con la aparición de una ancianita que, después de salir del agua, mientras el cielo empieza apenas a clarear, se le dirige y le empieza a hacer un sermón. (1)
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(1) Otro ejemplo de apostolado original, del cual fui testigo. Invitó a comer a un par de mormones que se había encontrado por la calle. Ellos aceptaron muy contentos, tanto por la comida como por la oportunidad de hacer apostolado. Pero se quedaron con un palmo de narices, porque comer comieron, pero no les dejó decir ni una palabra. Fue ella, quien no paró de hablar, con el propósito de convencerlos a ellos sobre la superioridad indiscutible del catolicismo. Fue muy divertido.