Depresiones y tallarines

4.7 - El pie en el cuello

(*) "La verdad es que nos queremos mucho, a pesar de que mi vida haya transcurrido con el talón de su zapato encima de mi cuello."

Lo que explico a continuación pasó durante una audiencia en Roma con Josemaría Escrivá de Balaguer (en estos escritos en general me referiré a él como padre Escrivá). Me imagino que, como en otras ocasiones parecidas, en encuentros de mis padres con responsables del OD (directores del colegio, de clubs juveniles, tutores de los hijos), el padre Escrivá hizo mucho caso a mi padre, dedicándole grandes elogios, y en cambio no hizo mucho caso a mi madre. (1)

Supongo que un poco descontenta con aquellos elogios selectivos, mi madre le dijo al padre Escrivá que sí, que mi padre era una gran persona, pero que le tenía puesto el pie en cuello, él a ella, y que esto no era agradable. Y entonces el padre Escrivá le dijo, con una sonrisa, "que peor sería al revés, que fuera ella quien le hubiera puesto el pie en el cuello a él, con sus zapatos de talón de aguja".

Aquella respuesta presuntamente graciosa no gustó nada a mi madre, la decepcionó, y le quedó grabada. Se la había oído explicar unas cuántas veces, quejándose. Supongo que para ella fue especialmente incómodo, porque sentía hacia el padre Escrivá una profunda admiración y veneración, de forma que el hecho de que él dijera aquello, siendo una persona tan importando como era para ella, la debía desconcertar.

También es cierto que la admiración de mi madre no era monolítica, sino que hacía algunas oscilaciones. A veces podía tener una actitud admirativa y a continuación otra de crítica. Lo cierto es que muchas veces trataba de machista al padre Escrivá. Usando esta misma palabra, machista. Y a continuación quizás lo justificaba con el argumento de "ya se sabe, en aquella época...", o cambiaba de tema y empezaba a hacer grandes elogios del padre Escrivá, hablando de otros aspectos suyos.

En cuanto a la vertiente admirativa, hay una anécdota curiosa y significativa. No sé a partir de qué momento, el padre Escrivá decidió unir su nombre compuesto: Josemaría (2). Y mi madre entonces hizo lo mismo con su nombre también compuesto, unirlo.

No me acostumbré nunca al cambio, no porque me importara mucho que lo escribiera de una forma o de otra, sino por lo que, desde mi punto de vista, representaba aquella decisión suya; con el nombre unido la veía menos ella misma, más sumisa y menos libre.

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(1) Era una situación habitual, tanto, que unos cuántos años más tarde, alguna vez lo comenté con alguno de aquellos interlocutores (con un par de ellos tenía una buena relación), intentando hacerles entender que aquella actitud suya, alabando siempre a mi padre e ignorando a mi madre, no era ni justa ni inteligente. El éxito de estas reflexiones creo que fue mínimo, dado que no tuve nunca la sensación de que acabaran de entender el caso, es decir, "el problema".
(2) Esto, además de la modificación de sus apellidos, no sé si anterior o posterior a la del nombre; se ve que el padre Escrivá era un señor un poco preocupado por estas cosas tan "sobrenaturales".
 


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