6.11 - El segundo milagro
"Mamá se hizo grande, se descubrió protagonista sin papá al lado." Alejandro Palomas (1)El primer milagro se produjo en 1987, y fue instantáneo. El segundo fue en 1994, se gestó lentamente, durante el otoño de aquel año, y no tuvo nada de sobrenatural. Fue tan terrenal que a nadie se le pasó por la cabeza la idea de un milagro, a pesar de que esta vez la estabilidad de mi madre duró casi diez años, todo un récord, y además fue una estabilidad "notablemente estable" (a diferencia de la estabilidad posterior al milagro de 1987, que fue como mínimo discutible, a causa de su hiperactividad y dificultad para dormir).
Según el psiquiatra, la estabilización de 1994 tenía dos explicaciones: por un lado el azar biológico, y por otro, la efectividad de la medicación. Pero hay una tercera explicación o hipótesis, quizás más verosímil.
Durante aquel otoño la vida de mi madre cambió mucho. Pero a ver, primero retrocedo un poco. Unos años antes ya se había producido un cambio muy importante: el inicio del alzheimer de mi padre, cosa que a ella la desbordó. Se sintió atrapada, impotente a causa de aquella nueva situación, y aquello favoreció que fuera cayendo en un nuevo periodo depresivo:
(*) "La enfermedad de mi marido me ha hundido, no sé verla sobrenaturalmente."Dado que todo era tan complicado, durante el otoño de 1994 hubo un punto de inflexión en las relaciones familiares. A partir de entonces intentamos facilitarle un poco la vida, procurábamos estar más pendientes de ella, ayudarla en algunas cosas, tratábamos que no se sintiera tan sola ante el difícil panorama que tenía en casa... Y el caso es que, durante aquel otoño, ella fue recuperando poco a poco la confianza.
El problema de la enfermedsad de mi padre, que hasta entonces se le hacía una montaña (que era una montaña), se le fue volviendo más manejable. Y a la vez, ella se fue dando cuenta de que el nuevo escenario familiar le ofrecía también la posibilidad de interpretar un nuevo papel: el espacio que a causa de la enfermedad había dejado vacío mi padre como jefe de familia, ahora lo podía ocupar ella.
De hecho, sí que se produjo un milagro, pero distinto: cambió su rol familiar, y con el cambio, ella fue recuperando la confianza, la seguridad en ella misma.
Los años que vinieron entonces creo que, en conjunto, fueron los mejores de su vida de casada, en cuanto a su estabilidad emocional. Y digo en conjunto porque, obviamente, también sufría a causa de la enfermedad de mi padre. Pero el caso es que, a partir de entonces, gestionó muy bien la situación. Como muy pocas personas son capaces de gestionar una situación de estas.
Cuando explico todo esto, a menudo me dicen: entonces, si la explicación es esta, ¿por qué al final, al cabo de diez años, volvió a hundirse en la depresión? Y la respuesta es fácil, relacionada también con el tipo de argumentos ya expuestos.
Al cabo de diez años mi madre era diez años mayor, y además de serlo, aquellos años se los notaba. Mi madre tenía pánico a hacerse vieja, o dicho más exactamente, pánico a volverse una persona dependiente. Y se daba cuenta de que cada vez más cerca de este escenario.
Hasta que se murió mi padre, ella se ocupó de él. Se cuidó constantemente de su marido, antes tan activo y seguro de sí mismo, y entonces convertido en un ser desvalido, derrotado, a quien al final se le tenía que hacer todo. Esto ella lo supo gestionar. Pero pensar que algún día alguien tuviera que hacer un papel parecido con relación a ella, la horrorizaba. De una manera visceral, incontrolable.
Se acercaba a aquel escenario. De momento solo se acercaba, le veía las orejas, no las orejas de una demencia, pero sí de una dependencia física. Tenía todavía una buena calidad de vida, pero a menudo pensaba en lo que se podía encontrar más adelante, y esto la asustaba. No lo podía evitar, pensar en ello la asustaba mucho. Y tenía motivos reales para preocuparse, porque era consciente de algunos avisos, y también de la aparición de algunas limitaciones tangibles.
Se sentía atrapada, con el miedo en el cuerpo de llegar a ser cada vez menos dueña de su vida. Se sentía amenazada y, poco a poco, se fue encogiendo, debilitando... y cada vez más debilitada y vulnerable, se fue hundiendo otra vez en el pozo de la depresión. En aquel caso, más que un pozo, seguramente una balsa pantanosa.
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(1) Alejandro Palomas. Una madre. Siruela, 2014