Depresiones y tallarines

10.4 - ¿Y si yo no hubiera existido?

(*) "Cuando la mujer a pesar de hacer todo lo que puede no consigue satisfacer las aspiraciones del marido, cuando no puede llegar a ser cómo él querría que fuera, ¿qué otra alternativa le queda a ella, a parte de la de refugiarse en la depresión?"

Si mi madre hubiera hecho una vida diferente yo seguramente también sería diferente. Y si la vida diferente la hubiera hecho antes de nacer yo, yo no habría existido. Para algún hermano mío este es el argumento supremo para no cuestionar el tipo de vida que siguió mi madre: "nosotros existimos". Y de paso añaden que, por esto, debemos estar agradecidos a nuestros padres.

Yo no lo vivo así. A mis padres les agradezco muchas cosas, y algunas me duele no habérselas agradecido cuando vivían. Sí, les agradezco muchas cosas, pero no el hecho concreto de existir: plantearme la no existencia no me da ni frío ni calor. ¿Y que, si no hubiera existido? Pues nada, sobre todo porque "al no existir no podría añorar la existencia". (1)

Explico todo esto sólo por un motivo, para poner de manifiesto que desde mi punto de vista "la existencia de los hijos" no lo justifica todo. Si mi madre, en algún momento de su vida, hubiera adoptado alguna decisión sobre su matrimonio con el objetivo de proteger su propia estabilidad emocional, habría sido del todo legítimo que lo hubiera hecho. Y si lo hubiera hecho y debido a ello yo, o algunos de mis hermanos, o todos, no hubiéramos existido, pues me parece irrelevante, intrascendente; precisamente porque no existiríamos y, tal como ya he dicho, "al no existir no podríamos añorar la existencia".

Esto no quiere decir que no esté contento de existir. Procuro celebrarlo cada día, intento no vivir atontado por las rutinas, quiero ser consciente del hecho de vivir (procuro, intento, me esfuerzo... no siempre lo consigo). Pero si alguien me dice que, de alguna manera, esto justifica la vida difícil que tuvo mi madre (el sufrimiento que acompañó su matrimonio, las etapas oscuras de los periodos depresivos), si alguien me dice esto, pues yo le contesto que no estoy de acuerdo.

Otra cosa es el caso de los hijos "cuando ya existen", debido a los cuales sí que, como padres, nos podemos ver obligados a muchas cosas que por gusto no habríamos elegido nunca. Pero esta es otra historia, al margen de que "también" fuera la historia de mi madre.

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(1) En cambio, según Jesús Urteaga, el sacerdote y escritor del OD que ya he mencionado anteriormente, los no concebidos sí que reclaman el derecho a la vida: "¿No has oído nunca las voces que surgen de los no nacidos? Es un reino en el que solamente hay voces, griterío y ansiedad; voces, gritos y ansias que quisieran hacerse carne". Del todo desatado, Urteaga incluso da voz personalizada a estos no concebidos: "¿Por qué no escucháis mis gritos?" (...) ¿No me oís? ¡Quiero vivir! (...) ¿Tampoco tu, madre, me quieres atender? ¡Madre, madre! (...) Nos habéis cerrado el paso, ¡padres cristianos! Que Dios os perdone". Esto, después de haber repetido la consigna habitual sobre la maternidad: "El proselitismo más eficaz que podéis llevar a cabo los padres cristianos es este: tener hijos, muchos hijos". No son citas descontextualizadas y buscadas con pinzas, Jesús Urteaga dedica ocho páginas a este tema en "Dios y los hijos" (Rialp, 1960, las citas: p. 35, 36, 37). Es obvio que este tipo de opiniones (y de manipulaciones emocionales) influían en mi madre. Y por lo tanto, también tiene sentido preguntarse hasta qué punto sus ganas de tener muchos hijos eran espontáneas o inculcadas (este libro era uno de los que circulaban por la casa de mis padres).
 
 


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