Depresiones y tallarines

5.12 - La genética

"Los genes y sus productos, las proteínas, son importantes determinantes de los patrones de interconexiones entre las neuronas del cerebro y los detalles de su funcionamiento. Como corolario, habría que indicar que un componente que contribuye al desarrollo de las enfermedades mentales más graves es el genético." Francisco Mora (1)

Al parecer en la familia de mi madre había algún antecedente de problemas emocionales. Mi madre alguna vez lo había mencionado, pero sin dar grandes detalles. Hablaba de dos casos, de dos mujeres, y luego entre sus papeles encontré esta única referencia:

(*) "Mi tía y una prima tienen también esta raíz cíclica."
No me olvido de la genética, de la herencia, de la biología. Si hablo poco de este tema no es porque ningunee su importancia, al contrario: si mi madre sufrió las oscilaciones emocionales que sufrió fue porque tenía unas fragilidades que las favorecían.

Todos tenemos nuestras fragilidades, algunas quizá nos condicionan desde que nacemos. Otros están latentes y quizá se acaban activando un día, o no. Es obvio que el peso de la biología es muy grande, a veces agobiante, solo hay que ver los casos más visibles, como las discapacidades físicas o mentales congénitas.

Nacemos caracterizados, y según sean las características, también condicionados, a veces mucho. Tener los ojos de un color o de otro es una característica poco relevante. Además, hoy si queremos nos podemos poner lentillas para cambiar el color de los ojos. En cambio, si somos altos o bajos esto ya no es modificable, y nos puede marcar más, de manera indiscutible en los casos extremos, por ejemplo si sufrimos enanismo.

En cuanto a los aspectos psicológicos y emocionales ocurre lo mismo. Nuestro temperamento también tiene una base biológica. Podemos intentar gestionarlo de la manera más favorable posible, pero no lo podemos cambiar (es cómo ser altos o bajos).

Esta capacidad de gestión del temperamento, mayor o menor, forma parte del carácter, este sí que construido, sobre todo durante la niñez. Es verdad que entre el temperamento y el carácter (entre aquello heredado, inmutable, y aquello adquirido, variable) la frontera no es clara: los extremos sí, pero las zonas límite no.

Lo que quiero decir con todo esto es que si a lo largo de este escrito hablo poco de la parte genética, heredada, es porque no podemos hacer mucha cosa al respecto. Ser conscientes de ello, e intentar gestionarlo de la manera más acertada posible. Con los medios que tengamos al alcance, farmacológicos, psicológicos, sociales, los que sean.

De la historia de mi madre creo que es importante subrayar este aspecto constituyente, orgánico, inmodificable: su vulnerabilidad emocional (aunque antes de empezar a tener problemas no lo pareciera, dado que era una persona decidida, enérgica, que transmitía una gran sensación de seguridad).

Una vez resaltado y asumido este aspecto genético, me parece que entonces lo que tiene verdaderamente sentido es volver a hablar de todo aquello que rodeaba su vida, y que según los casos la ayudaba o desayudaba a gestionar el condicionante genético. Hablar de todo aquello que provocó que aquella fragilidad invisible durante muchos años, llegara un punto en que se acabara evidenciando y transformando en una grave y a veces invalidante enfermedad (sobre todo durante los periodos depresivos).

No sé si con "las cartas genéticas" que le habían tocado, mi madre habría podido tener una vida mejor, más fácil. Yo creo que sí, que habría podido tener una vida algo más fácil. Si no lo creyera, supongo que ahora no estaría escribiendo esto.

 

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(1) Francisco Mora. ¿Cómo funciona el cerebro? Alianza editorial, 2011
 


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