Depresiones y tallarines

4.13 - Sobre la mortificación

(*) "No he entendido nunca el sufrimiento, Señor. Por mucho que me lo expliquen, no lo entiendo. ¿Por qué la Cruz? ¿Por qué tu cruz? ¿Por qué viniste al mundo? No entiendo el pecado, que pueda ofender tanto a mi Dios. Si tú eras Dios, ¿por qué no pasabas del pecado? No lo entiendo."

Este texto es una de las excepciones dentro del conjunto de las notas de mi madre dedicadas al sufrimiento y la mortificación. Hay alguna otra parecida, pero la mayoría de las veces que habla del sufrimiento y la mortificación no es rechazándolos, sino entendiéndolos, asumiéndolos, encontrándoles el sentido religioso de la "corredención con Jesucristo".

A pesar del dominio de las notas "a favor" (del sufrimiento y la mortificación) a veces parecía que en su vida diaria su actitud no estaba tan polarizada, sino que era más ambivalente. Me refiero al menos a sus últimos once años de vida, durante los cuales convivimos.

Hablo de la mortificación porque considero que es un aspecto que "también" tiene que ver con sus depresiones. Es otro aspecto conflictivo, que añadido a los que ya arrastraba, la hacían todavía más frágil. No más fuerte, tal como pregonaban aquellos que exaltaban las virtudes (de la mortificación) sino más vulnerable, debido a su confusión y a su disgusto por el hecho de no ser capaz de mortificarse "lo suficiente", con la suficiente intensidad, con la suficiente "alegría sobrenatural", etc.

Podría explicar algunas historias (historias suyas) en las que los protagonistas son los cilicios y otros enseres y formas de mortificación. Ahora sólo explicaré una, más discreta, pero que me parece bastante significativa de esto que intento explicar, de esta relación suya complicada con la mortificación.

Era muy temprano, ni siquiera había empezado a amanecer. Mi madre se levantaba siempre muy temprano, y yo no tanto. Ella dormía en una punta del piso, y yo en la otra, con un largo pasillo en medio. No sé por qué motivo, me desperté antes de mi hora habitual y, en la otra punta del piso vi la pequeña claridad de las velas de su altarcillo, en su habitación. Supongo que me acerqué para desearle los buenos días... y me quedé helado.

Aquellos días mi madre a veces se quejaba del dolor que le provocaba un clavo que tenía en la rodilla (una de las distintas "piezas" que llevaba en distintas partes del cuerpo debido a distintos incidentes y accidentes que habían provocado que pasara unas cuántas veces por el quirófano). Además, quejarse "también le hacía daño": hacía que se sintiera mal, porque pensaba que no debería quejarse, que debería soportar el dolor en silencio, etc.

Supongo que si aquellos días en ocasiones se quejaba es que debía dolerle bastante, porque no era en absoluto una persona que se quejara con facilidad de los dolores que sufría, y lo digo en plural, porque eran unos cuántos.

El caso es que me la encontré arrodillada en un reclinatorio que tenía en su habitación (una herencia de la capilla de la casa de mis abuelos), un reclinatorio que además estaba en malas condiciones, con el almohadillado para arrodillarse bastante deteriorado, no recuerdo si incluso con algún muelle roto.

Le dije que qué hacía, arrodillada allí, teniendo como tenía la rodilla mal, y encima con aquel reclinatorio destartalado, que para ella era como una tortura. De hecho era esto, "una tortura autoinflingida", una mortificación buscada. Y entonces ella, llorosa, me dijo que estaba ofreciendo su sufrimiento a Dios, que estaba rezando y pidiéndole que curara a un hermano mío que entonces no estaba bien de salud. Que así, mortificándose, Dios valoraba más su súplica.

La verdad es que yo también me habría puesto a llorar. Me dio tanta lástima, verla tan desvalida, tan crédula, llorando, con su dolor, diciendo lo que decía... Me habría puesto a llorar con ella... y quizás a gritar, si hubiera tenido delante alguna de las personas que habían alimentado en ella aquellas historias de las mortificaciones:

"Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. -Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!" Camino, 208

"En su cuarto guardaba el Padre, en una caja, el cilicio y las disciplinas. Impresionaba este instrumento de flagelación, de cuyos cabos pendían trozos de herradura y cuchillas de afeitar, y puntas remachadas." Andrés Vázquez de Prada (1)

Le hice prometer que no se volvería a arrodillar en aquel reclinatorio. Al menos, mientras no tuviera la rodilla curada y el reclinatorio arreglado (no sé si incluso la amenacé con tirar el reclinatorio). El caso es que el reclinatorio no lo hizo arreglar, y la rodilla no tenía solución... de forma que vete a saber, es probable que alguna otra vez repitiera la historia, eso sí, supongo que calculando que no la pudiera pillar.

--
(1) Andrés Vázquez de Prada, "El Fundador del Opus Dei". Rialp, Madrid, 1983 (p. 161)
 
 


< Índice  |  ^ Arriba