Depresiones y tallarines

4.12 - Que no haga lo que quiera

"Se trata de pensar mejor para vivir mejor." André Comte-Sponville (1)

Sobre este tema que he expuesto antes de intervenir o no, ahora pondré un ejemplo que quizás no es el más adecuado, dado que en este caso no sé hasta qué punto lo más importando era proteger a mi madre o tranquilizarme yo.

Había salido en el periódico la noticia de una mujer que había denunciado a su marido por haberla violado. Alrededor de la noticia se había generado una polémica pública, y mi madre, que siempre estaba a punto de escribir cartas a los periódicos, escribió una criticando a aquella mujer y a las personas que le apoyaban, con el argumento terrible de que su obligación como mujer casada era estar siempre a disposición del marido, y que por lo tanto aquello no era una violación.

Me enseñó la carta antes de enviarla, me espanté, y traté de convencerla para que no la enviara. El caso es que al final no la envió, sobre todo porque otro hermano, de su tendencia religiosa y por lo tanto con "criterios morales de confianza", le dijo más o menos lo mismo que yo. En cambio hubo como mínimo otro hermano, y alguna amiga suya, que censuraron lo que yo había hecho y la animaron a hacer lo que ella quisiera: "¿Qué me había pensado yo, intentando impedir que enviara la carta?"

A mí me habría dolido realmente, mucho, ver publicada aquella carta con el nombre de mi madre. Me habría dolido mucho porque era una carta que ponía de manifiesto, públicamente, uno de los aspectos, desde mi punto de vista, más tristes de mi madre, aquella concepción de la sumisión de la mujer en la relación de pareja. Y encima con un ejemplo tan terrible.

Además, yo sabía que mi madre "no era sólo aquello" (o quizás ni siquiera aquello), porque igual otro día podía escribir una carta en sentido contrario, con la misma firmeza. Pero esto lo sabía yo, y la gente que la conocíamos. En cambio, alguien que hubiera leído sólo la carta del periódico se habría quedado sólo con lo que decía allí, una cosa espantosa. Espantosa para mí, pero que de hecho era lo que se había ido inculcando a las mujeres hasta hacía muy poco: que su obligación (aunque no les apeteciera) era satisfacer siempre los deseos del marido. (2)

No me arrepentí en absoluto, de aquella intervención con el propósito de hacerla cambiar de opinión, al contrario. Recuerdo además que para mí fue motivo de reflexión el papel de aquel hermano y de aquella amiga, a los cuales les parecía bien aquella iniciativa de mi madre (aunque quizás no compartieran el contenido de la carta, sólo porque escribirla y enviarla era una decisión suya).

De acuerdo, a ellos los parecía bien. Pues a mí no: la manera como entendía yo en que consistía querer a mi madre y apoyarla me impedía estar de acuerdo con ellos. Quererla y apoyarla para mí era, a veces, ser intervencionista. Cómo en aquel caso. De hecho, ir a vivir con ella en definitiva fue la forma de intervencionismo más obvia. (3)

Un último apunte: por supuesto que cuando intenté convencerla no hice la más mínima alusión a su vida personal. En mi familia la sexualidad era cómo si no existiera, era uno tema tabú, y todavía más tabú si se refería a la propia.

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(1) André Comte-Sponville. La felicidad, desesperadamente. Paidós, 2001 (p. 16)
(2) Con lo que cuesta erradicar estas actitudes (hay muchos hombres que todavía las tienen interiorizadas), sólo falta esto, que tu madre se manifieste públicamente de este modo tan reaccionaria y contrario a los derechos y la dignidad de las mujeres. ¡Precisamente ella, que a la vez, en otro momento, era capaz de reivindicar estos mismos derechos con entusiasmo y firmeza!
(3) Por otro lado, ayudé a mi madre a enviar otras muchas cartas a los periódicos (a través del correo electrónico) con el contenido de las cuales a veces estaba en completo desacuerdo (por ejemplo, sobre el divorcio o el aborto). En estos casos me parecía que aquella falta de coherencia mía (contribuir a la difusión de unas ideas suyas que yo rechazaba) tenía una compensación suficiente: mi madre se sentía satisfecha, y la satisfacción facilitaba el mantenimiento de sus equilibrios emocionales. Pero claro, la carta de la violación era otra historia.
 


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