4.11 - Que haga lo que quiera
"Sólo manteniendo algo la distancia es posible percibir, y sólo guardando una cierta distancia es posible respetar (...) He aquí, pues, una de las claves del respeto: la 'justa' distancia. Hay que estar muy atentos para saberla encontrar; no hay medidas canónicas que nos puedan servir ni métodos de cálculo; en cada caso su hallazgo dependerá de nuestra capacidad para percibir y para atender." Josep Maria Esquirol (1)Cuando volví a vivir con mi madre mi intención era procurar que las cosas le fueran algo más fáciles. La teoría era clara, la práctica a veces no tanto.
Con este propósito, era necesario estar atento y ser prudente, para saber cuando lo mejor era favorecer las decisiones que ella tomaba... y cuando quizás era mejor intentar hacerla reflexiona. Y que así, ella misma, pudiera ver que aquello que en aquel momento quizás le parecía tan claro, a lo mejor no era lo que más le convenía, si el objetivo principal era que no peligrara su estabilidad.
Las decisiones potencialmente conflictivas podían ser de diferentes tipos, pero las de más riesgo sobre todo eran las relacionadas con los hijos u otros parientes.
El caso es que cuando me parecía oportuno, o necesario, metía baza, opinaba, y eventualmente intentaba convencerla o disuadirla de lo que fuera.
Esta postura a veces intervencionista no era bien vista por todo el mundo. Algún hermano a veces se había quejado, o me lo había censurado, con el argumento de que mi madre debía poder hacer siempre lo que le pareciera mejor. Y era verdad, tenía razón. Pero también lo era que, si el resultado de alguna decisión desafortunada era un pequeño o no tan pequeño cataclismo (estas cosas pasaban), ella pagaba las consecuencias. Y de rebote yo también, dado que era quien convivía con ella (y entonces debía intentar reconducir la situación).
Mientras, aquel hermano que había defendido con argumentos coherentes y consistentes la total autonomía de mi madre, se estaba tan tranquilo en su casa, en general sin ni enterarse de lo que había pasado.
Intervenir siempre implica un riesgo. Y no hacerlo también. Desde luego, se puede equivocar quién hace y quien no hace.
Durante aquellos años tengo asumido que mis decisiones no fueron siempre las más acertadas. No obstante, mirado en conjunto, me parece que habría sido todavía más desacertado si, como norma, no hubiera intervenido nunca. Lo repito: seguro que lo habría podido hacer mejor... pero seguramente lo habría hecho peor si, ante los problemas que surgían o se adivinaban, me hubiera limitado a hacer de espectador.
No es que quiera defenderme. Sólo quiero recordar que vivir con una persona con problemas emocionales te enfrenta a situaciones y dilemas complicados. Ante estas situaciones puedes mirártelos de lejos, desentenderte... O implicarte, mojarte, intentando encontrar con humildad y paciencia las mejores soluciones, o como mínimo las que parecen menos malas (algo que a veces es lo único posible).
Para mi, las alternativas menos malas eran aquellas que, en teoría, parecía que podían acabar generando, en conjunto, un menor sufrimiento.
En el caso de mi madre el criterio "del riesgo de sufrimiento" me parecía clave, dado que a veces era bastante previsible que, en función de las decisiones que se tomaran, ella podía acabar pasándoselo mal. Y las consecuencias de su sufrimiento eran fáciles de imaginar: a mayor malestar, frustración y sufrimiento, más riesgos de nuevos episodios depresivos. Al menos para mí, a aquellas alturas ya no había ninguna duda, acerca de que había relaciones claras de causa-efecto entre una cosa y la otra.
Por eso me parecía que a veces estaba justificado ser intervencionista, para intentar minimizar estas posibilidades de desestabilización. (2)
Por otro lado, este es el escenario en que se mueven todos los familiares que conviven con personas con problemas emocionales importantes. La vida cotidiana de estos familiares a menudo está marcada por esta actitud vigilante y eventualmente intervencionista. No por ningún afán de protagonismo, sino sólo para intentar minimizar el riesgo de conflictos y recaídas del familiar con problemas. En los momentos difíciles o potencialmente difíciles el objetivo es este (o debería serlo): intentar rebajar la presión, procurar evitar las situaciones potencialmente conflictivas, procurar alejar los problemas... Y de este modo, con un poco de suerte, hacer la vida de la persona vulnerable quizás algo más fácil. Otra cosa es si, a pesar de esta intención, después se aciertan las decisiones.
Si en estos casos se tiene la tentación de juzgar a los familiares por cómo hacen las cosas, hay que ir con mucha cautela. Sobre todo cuando los juicios se hacen desde fuera. Sobre todo cuando se hacen de lejos. Sobre todo cuando se hacen sin saber muy bien qué pasa en aquella familia. (3)
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(1) Josep Maria Esquirol. El respeto o la mirada atenta. Gedisa, 2006 (p. 60, 62)
(2) Es obvio, también existe el peligro de intervenir cuando no hay que intervenir, cuando es inadecuado hacerlo, cuando las decisiones que están en juego más que estar relacionadas con peligros de desestabilizaciones tienen que ver con criterios personales que no vienen al caso. Este riesgo siempre existe, porque los límites no siempre son claros.
(3) Con esto no quiero decir que me parezcan mal las opiniones formuladas "desde fuera", al contrario. A veces son muy útiles, sobre todo cuando se hacen con lucidez, mucha atención y también mucho respeto. En estos casos, bienvenidas sean. Pero incluso en estos casos, por lúcidas y benintencionades que sean, si "desde dentro" no se pueden asumir (porque las circunstancias no lo permiten, o porque no lo puede asimilar quién lo debería asimilar) pueden no tener mucho sentido, o muy poca utilidad.