Depresiones y tallarines

5.4 - Sobre el desorden

(*) "Por no poder, ni siquiera podía desordenar."

Un argumento a favor de la hipótesis de que mi madre quizás no se tomaba siempre la medicación que tenía prescrita es que era muy desordenada. Tenía esta fama, la de la tendencia o presunta tendencia al desorden. Y esto podría explicar un eventual incumplimiento de las pautas de la medicación. Y consecuentemente, también explicaría la falta de resultados positivos de la medicación que se tomaba (de los distintos medicamentos y en distintas combinaciones que se fue tomando durante muchos años). De forma que todo encajaría.

He dicho que "tenía la fama de desordenada", he hablado de "tendencia o presunta tendencia al desorden". Desde el punto de vista concreto de mi padre esto no era ninguna hipótesis, era algo evidente. Y el caso es que el punto de vista de mi padre afectaba mucho a mi madre, tanto, que ella misma se lo acabó creyente, esto de su desorden.

No obstante, teniendo en cuenta la vida de mi madre y todo lo que gestionaba, las rutinas que seguía cada día, de manera matemática... creo que no era desordenada en absoluto. Era una etiqueta que le habían adjudicado, y que la hizo sufrir inmensamente.

Impetuosa sí que lo era, y a veces imprevisible. Pero confundir estos rasgos con desorden, y al mismo tiempo asimilar, por decirlo de alguna manera, el desorden a un tipo de "carencia moral", o de "defecto de carácter", hay una gran diferencia. Porque claro, ser desordenada podría ser sólo una característica, una peculiaridad, ni positiva ni negativa. Pero este no era el caso, era un defecto. Un defecto que debía corregirse.

Ella era vital, impetuosa, y a veces imprevisible. Debido a esta forma de ser también era incomprendida. Y no sólo por parte de mi padre, sino también de más gente. Entre esta gente había personas para ella muy importantes. Estaba rodeada de personas que compartían, y reforzaban, la opinión que de ella tenía mi padre.

Conviví con ella los últimos años de su vida. No se me ocurriría decir que era una persona desordenada. En absoluto. Era puntual (siempre lo había sido), cumplía los compromisos que asumía, gestionaba la casa con buen criterio, iba a comprar, cocinaba... Quizás sí que a veces cuando se ponía a coser hacía un buen despliegue de ropas, hilos y agujas. O de cazuelas en la cocina cuando cocinaba. ¿Y qué? Este, y algún otro detalle anecdótico parecido, ¿justificaba atribuirle la etiqueta de desordenada?

Asumo que entonces ella era mayor, que no tenía la vitalidad de cuando era más joven, y que la edad debía contribuir a serenar su vida. Pero este es un aspecto que incide sobre la vitalidad, y no sobre la forma de ser más o menos ordenada.

También es verdad que alguna vez alguien quizá relativizaba la importancia de este tema, y le decía: "de acuerdo, quizá eres desordenada, pero no tiene tanta importancia". Pero no era esto, lo que era necesario, esta relativización, sino negar esta presunta característica suya.

Lo que hoy lamento es no haber pensado entonces en todo esto. No haber llegado a decirle lo que ahora escribo. Porque pienso que, si entonces lo hubiera hecho, quizá la habría ayudado a liberarse un poco de aquel peso.

 


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