Depresiones y tallarines

3.4 - Depresiones y euforias

(*) "Recuerdo que durante una temporada bastante larga y sin que pueda explicar la causa, cada semana subía y bajaba. 'Hoy toca', y tocaba. Incluso el psiquiatra de turno estaba desconcertado. Pero pasó aquella época y volví a las temporadas largas. Arriba y abajo, meses y años. Sólo quería ir al médico cuando estaba alta, porque con la depresión encima, no tenía ánimos para llegar a la consulta."

En las notas de mi madre es agobiante el protagonismo de las etapas depresivas y de lo que suponían para ella. Es cierto que muchas veces hace referencias a las subidas y a las bajadas, pero así como de las bajadas, de las depresiones, habla una y otra vez, dando todo tipo de detalles, a las subidas, a las euforias, se refiere muy pocas veces.

Los últimos años de su vida, los últimos once años, que son los que compartí con ella cuando volví a casa (veinte años después de haber marchado), hablamos muchas veces de su enfermedad, de la bipolaridad, y el balance es el mismo: el tema de las conversaciones eran las depresiones, y no las euforias.

Creo que este hecho tiene dos explicaciones. La primera, que tanto la duración como la gravedad de las depresiones fueron mucho más importantes que las de las euforias. Los episodios de euforias fueron más puntuales, y además no llegaban al descontrol absoluto. De hecho, cuando mi madre hablaba de "subidas y bajadas", a veces creo que describía más unas oscilaciones entre estados depresivos muy graves y estados entre la euforia y la normalidad: estados hipomaníacos, más animados de lo normal pero no del todo eufóricos. Y cuando llegaba alguna verdadera euforia, era siempre "dentro de unos límites". Volveré a hablar de ello más adelante.

La otra explicación sobre este diferente protagonismo de las depresiones y las euforias en sus escritos y sus conversaciones es que las depresiones, aquel desinterés por la vida, aquel dolor de existir, le provocaban un pánico terrible. Pensar en las ya pasadas y, sobre todo, pensar que pudieran volver. Mientras que las euforias, al margen de que pudieran tener, y tenían, consecuencias lamentables, mientras duraban eran espléndidas: con aquella inmensa energía, aquellos montones de ideas, aquella rapidez de pensamiento, aquel sentimiento de vitalidad y de alegría...

El problema más grande de las euforias no eran las euforias, sino sus consecuencias, todos los líos que provocaban. Y sobre todo, "la principal consecuencia": debido al desgaste originado por aquella actividad frenética, debido al insomnio, al agotamiento vital, se acababa precipitando otra vez en el pozo de la depresión: desde arriba del todo caía al fondo del todo.

Pero si no hubieran tenido consecuencias, ella quizá ya se habría quedado a gusto allí, arriba del todo, en el estado eufórico. De hecho, ella y cualquier persona, porque si te lo estás pasando maravillosamente bien, si tienes este sentimiento de omnipotencia, de extrema clarividencia y felicidad, si sientes una energía inagotable (¡ya no te hace falta ni dormir!), ¿por qué motivo deberías querer abandonar este estado? Pasárselo bien le apetece a todo el mundo, ¡y cuando estás eufórico te lo pasas muy bien! Te olvidas, de que una euforia, por definición, es siempre excesiva, descontrolada, y que siempre pasa factura. (1)

He dicho "me imagino", "supongo"... Por suerte, no heredé la fragilidad emocional de mi madre, y creo que también por suerte, no me ha atraído nunca el consumo de sustancias psicoactivas, ni las ilegales ni las legales, que son la otra vía para acceder a estos estados. Por este motivo, sobre este tema "de los estados alterados de la conciencia", ya sean debidos a un trastorno mental o a un consumo de sustancias, sólo puedo hablar a partir de lo que he oído explicar o leído. A partir de las experiencias de los demás.

No recuerdo a mi madre hablando de las euforias con preocupación, sino más bien con una sonrisa. Sabía que le complicaban la vida, y que mientras duraban también la complicaba a los demás, pero se lo pasaba tan bien...

Si mi madre sólo hubiera tenido de vez en cuando estados eufóricos, es decir, si hubiera vivido oscilando entre la normalidad y las euforias (o la hipomanía, entonada pero sin llegar a la euforia), si hubiera vivido siempre así, sin caer nunca en las depresiones, me imagino que no se le habría pasado nunca por la cabeza intentar escribir un libro sobre sus estados emocionales.

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(1) Mercè Ponce, bipolar, lo explica así: "Esta energía que tienes (...) Te sientes capaz de todo, ¡es una passada!". Es uno de los muchos testimonios recogidos por Berta O. Peig en el documental "Amunt" (2014), dedicado a la fase eufórica de la bipolaridad. "Es cómo si tuviera los sentidos con un amplificador", "es lo mejor de todo", "es fantástico", etc.
 


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