Depresiones y tallarines

3.3 - Secretismo

(*) "Si alguien no ha pasado nunca por esto, es imposible que pueda intuir el infierno que supone una depresión. Es totalmente comprensible que alguien sin fe decida acabar, como única alternativa."

Mi madre situaba el inicio de sus problemas depresivos cuando tenía treinta años. Yo entonces tenía cuatro, y hasta los veintiuno no marché de casa. De todos aquellos años no tengo ningún recuerdo relativo a sus problemas emocionales, ni recuerdo que en ningún momento oyera hablar del tema: ni que ella dijera nada, ni que mi padre lo comentara, ni que nunca fuera un motivo de conversación con algún hermano o con cualquier otra persona.

De aquellos años, supongo que mi desconocimiento de lo que le ocurría al principio era normal, debido a mi edad. Más adelante, durante mi adolescencia y hasta el día que marché, supongo que debía de ser determinante mi falta absoluta de atención, centrado como estaba en mí mismo, inmerso en mis preocupaciones. De hecho, vivía en el domicilio familiar cómo si fuera una pensión, sin enterarme de lo que allí ocurría. Durante aquella etapa, me imagino que si hubiera sido un poco más sensible a lo que me rodeaba, habría detectado algo, como mínimo que a veces mi madre estaba muy triste.

El caso es que entre el secretismo de mis padres y la falta de atención mía no me di cuenta de nada. Insisto en el secretismo porque creo que, por mucho que no me interesara por lo que ocurría en casa, si la enfermedad de mi madre en algún momento hubiera sido tema de conversación, creo que algo recordaría. (1)

Durante los años previos a mi emancipación no tuve nunca la sensación de que ella tuviera ningún problema emocional, dado que se comportaba "cómo si no pasara nada". De esta simulación, de este esfuerzo suyo diario, no me enteré hasta más tarde. Y ahora, cuando leo notas suyas en las que habla de ello, me impresionan muchísimo. Pienso que hdebe ser muy difícil, no tener ningunas ganas de vivir, sentirte del todo inútil, agotada, incapaz de hacer nada, y al mismo tiempo ir cumpliendo con los mínimos familiares que se esperan de ti, que todos esperábamos de ella.

Nos parecía lo más normal del mundo, que hiciera todo lo que hacía cada día. Y de normal no lo era en absoluto, era un inmenso, pesado y doloroso esfuerzo diario, vivido en silencio y soledad, y por lo tanto todavía más pesado y doloroso.

Fue al poco de haberme independizado, que empecé a ser consciente de la situación. No recuerdo exactamente como, pero lo que sí recuerdo es que, a partir de entonces, sus problemas depresivos empezaron a ser un tema bastante habitual en las cartas que de vez en cuando nos escribíamos. Entonces yo vivía lejos, y las veces que nos veíamos durante el año eran contadas y breves.

Mi experiencia es completamente distinta de la de mis hermanos pequeños. Ellos sí que fueron del todo conscientes de las oscilaciones emocionales de mi madre. Crecieron viviéndolas de manera cotidiana, porque la desestabilización de mi madre entonces ya era del todo obvia.

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(1) Si mis padres, mientras pudieron, nos escondieron a los hijos los problemas de mi madre supongo que sobre todo fue para protegernos, para ahorrarnos la preocupación de ser conscientes de sus depresiones. Otro motivo debía de ser que en nuestra familia "las emociones" no eran tema de conversación, pero de esto si a caso hablaré más adelante. No sé si esta opción, la de la ocultación (durante aquellos primeros años) fue la más favorable para mi madre. Quizás ni siquiera lo fue para nosotros.
 


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