3.15 - Cartas bomba
"Carta echada, no puede ser retirada." Refrán castellanoUna vez ya independizados, una de las cosas que nos ponían en estado de alerta a mí y a mis hermanos era encontrar un día, en el buzón, una carta de nuestra madre. Y todavía nos inquietaba más si iba dirigida a nuestra pareja.
Mi madre, sobre todo cuando estaba eufórica, o hipomaniaca (con un punto de euforia), era capaz de escribir unas cartas explosivas, a veces devastadoras, unas cartas que en general los hijos habíamos aprendido a relativizar, sin darles demasiada importancia, pero que a las respectivas parejas a veces se les atragantaban mucho.
Mi madre a menudo oscilaba entre el blanco y el negro, sobre todo con relación a algunos temas. Incluso cuando estaba estable, no sólo en los momentos hipomaniacos o eufóricos. Era su forma de ser; a veces le costaba mucho ser objetiva. Le costaba aceptar las divergencias, pactar acuerdos, llegar a consensos. Estaba convencida de tener la verdad absoluta (esto cuando no era el caso contrario, que dudaba de todo porque estaba en una fase depresiva). De forma que cualquier discrepancia o desviación nuestra respecto de lo que a ella le parecía correcto (sobre todo en temas clave, como por ejemplo la educación de los hijos, sus nietos), si coincidía con alguno de sus episodios altos, eufóricos, desencadenaba su reacción. Habitualmente en forma de carta: se desahogaba escribiendo aquello que "estaba convencida" que debía decir, que era su obligación decir.
A continuación lo metía en un sobre, lo echaba en el buzón... y al cabo de uno o dos días explotaba la bomba atómica en casa del destinatario, ya fuera un hijo, la hermana de mi madre, sus hermanos... o mi abuela, que sufría muchísimo con las oscilaciones emocionales de mi madre (o cualquiera otro pariente o persona que se hubiera situado en el punto de mira de mi madre).
Aquellas cartas hacían daño. Y a menudo, antes o después, de una manera u otra, a mi madre le llegaba la reacción. Cómo si hubiera tirado un bumerán, se le hubiera olvidado y, luego, le llegara de manera inesperada el impacto por la espalda. Quedaba aturdida, desconcertada. Y sobre todo dolida. ¿Cómo era que la trataban así? ¿Por qué?
No lo entendía. No se daba cuenta de su provocación inicial, se sentía incomprendida, injustamente maltratada. Se sentía mal, y entonces la energía de la euforia se le empezaba a desvanecer. Se empezaba a deshinchar, e iba descendiendo otra vez hacia el pozo de la depresión.
Hablo de las cartas como ejemplo de sus acciones a veces muy invasivas, y hablo de ello también para explicar como ella gestionaba las reacciones de los demás ante sus intervenciones. Creo que sus crisis depresivas, en alguna medida, a menudo estaban relacionadas con episodios de este tipo. Creo que aunque ella no fuera consciente de ello, muchas veces había contribuido inconscientemente a forjar el contexto favorable para caer después en los estados depresivos que tanto pánico le provocaban.
Con esta argumentación no quiero hacerla a ella responsable de sus crisis, sería una simplificación inadecuada. Era mucho, el peso que ella soportaba, conviviendo por un lado con su carácter y, por otro, con su vulnerabilidad en cuanto a sus exageradas oscilaciones anímicas. Pero las relaciones y las reacciones que he expuesto existían, y creo que en casos así, sin culpabilizar a nadie, es positivo intentar ser conscientes de todo ello.
El problema es que las personas bipolares quizás necesitarían dos vidas, dado que durante la primera a veces ya tienen suficiente trabajo intentando llegar a entender lo que les pasa. No son fáciles, los aprendizajes que han de llevar a cabo para tener su vida bajo control, sin que la vida, descontrolada, las gobierne a ellas.
No les es fácil entenderse, y no es fácil que los demàs las entiendan (sobre todo cuando se está en el punto más profundo de la depresión o en el más alocado de la euforia). Y esta doble incomprensión, la propia y la de los demás, las hace muy vulnerables.
Seguramente, los familiares, los amigos o conocidos de personas bipolares, también necesitaríamos dos vidas, para ser capaces de llegar a gestionar algo mejor, sin desesperarnos (y sin empeorar las cosas con nuestra incomprensión), la relación con la persona a la que queremos.