Depresiones y tallarines

10.6 - Mi padre, temas pendientes

 "Empieza por el principio -dijo el Rey de manera solemne-, continúa con la continuación y finaliza al final. Y luego, párate." Lewis Caroll (1)

Alguna vez alguien me ha dicho que no soy justo cuando hablo de mi padre, que tengo la tendencia a fijarme más en según qué rasgos negativos (que encima exagero, o que quizás incluso son más imaginarios que reales), mientras que por otro lado no valoro ni resalto lu suficiente otros aspectos más favorables. Si es cierto lo que me reprochan, es más grave que si me equivocara en sentido contrario. Porque puestos a equivocarnos, más vale hacerlo a favor de los demás que no en contra.

Yo no compartía, por ejemplo, la admiración de mi padre por el nacionalcatolicismo, pero en cambio había actitudes suyas que me gustaban y respetaba mucho. De hecho, pienso que casi todos los valores que a mí me han conformado y me sirven para dar sentido a mi vida son los que me transmitieron él y mi madre. Algunos los he rechazado (los más puritanos, ritualistas, doctrinarios o reaccionarios), pero otros no, son los suyos: la importancia de la sinceridad, de la lealtad, de la compasión, del esfuerzo, de la constancia, de la generosidad...

Ellos vivían estos valores a través de su visión religiosa de la vida, y yo intento vivirlos a través de mi visión no religiosa. Desde mi punto de vista, lo que había en común era más sólido que la discrepancia.

Sólo por eso, por estos valores, ya les tengo que estar agradecido. Es verdad que de joven, cuando marché de casa, no me hacía este planteamiento, lo único que quería era huir, y con este propósito me era difícil ser imparcial. Si cargaba las tintas de lo que me agobiaba de mis padres, entonces me era más fácil coger el impulso necesario para independizarme:

"Protesta de todo y cree que los profesores y nosotros somos injustos"; "Sigue desconectado de la familia y normalmente está de malhumor"; "Sigue cerrado en si mismo y quiere independizarse para hacer lo que quiera"; "Tiene una susceptibilidad muy acentuada".
Entre mis quince y veinte años, en distintos momentos mi madre escribe esto de mí. Me reconozco. Y por lo tanto, hacer de padres de mí no los debía ser fácil. Sobre todo teniendo en cuenta que no era hijo único y ellos tenían que pensar a la vez en todos y cada uno de los hijos. Dado que además mi madre debido a sus oscilaciones emocionales a veces estaba como estaba, el peso que en ocasiones debía aguantar mi padre era todavía mayor. (2)

De adolescente a los padres les ves inconvenientes y pocos méritos (supongo que este impulso basado en la simplificación argumental es saludable, en la medida que favorece la emancipación). Después, con los años, vas relativizándolo todo, y ni te ves tan estupendo y listo tú mismo ni tan censurables los demás. Incluso te vas dando cuenta, poco a poco, que en muchas cosas los padres te pasaban la mano por la cara.

El problema es que ya no están, y no se lo puedes decir. (3)

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(1) Alícia en el país de las maravillas.
(2) Cuando tenía un hijo mi madre compraba una libreta, en la cual iba apuntando lo que le parecía más importante de la evolución de este hijo. Tantos hijos, tantas libretas, tantas historias. Algunas más detalladas, otras más telegráficas, supongo que la dedicación estaba condicionada, como todo, por las sus oscilaciones emocionales. Mi libreta se la pedí unos años después de haberme emancipado; me gustó mucho leerla entonces, y estoy contento de haberla conservado.
(3) Otro aspecto de mi padre que en su momento no valoré bastante fue su confianza en mí. Esto, a pesar de que a veces no se lo puse fácil, con alguna de las decisiones que tomé. Aquel sentimiento mío (de que él confiaba en mí), me dio una seguridad que fue muy importante a la hora de enfrentarme a la vida sin miedo.
 


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