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de Alfredo Fierro
Como ya he dicho otras veces, la presentación por mi parte del texto de un autor no significa mi adhesión, sino, simplemente, es una invitación a su lectura y reflexión.
...pese a su oprobiosa muerte, Jesús ha sido heraldo de una buena noticia merecedora de ser escuchada por todos
Una vez puesta a salvo esta noticia, se sigue, en consecuencia, como el propio Pablo escribe (Rm 10, 9), que basta con aceptarla para quedar también a salvo:
| Rm 10, 9 | Si confiesas con tu boca a Jesús como Señor
y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. |
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o[ti eva.n o`mologh,sh|j evn tw/| sto,mati, sou ku,rion VIhsou/n
kai. pisteu,sh|j evn th/| kardi,a| sou o[ti o` qeo.j auvto.n h;geiren evk nekrw/n( swqh,sh|\ |
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En este texto se funda el cristianismo: se fundamenta como fe; y este es el texto fundacional del cristianismo. Lutero no inventa nada al proclamar la suficiencia de la fe, la sola fe: eso está en Pablo.
Pág. 51
Mantuvo Erasmo correspondencia con Lutero. En sus comienzos, por las convergencias en la crítica eclesiástica, común a los humanistas, Lutero congenió con él. A la recíproca, hasta 1521, muchos humanistas congenian con Lutero y se adhieren a planteamientos suyos. Por eso, humanistas y erasmistas fueron siempre sospechosos. La irónica finura de Erasmo, sin embargo, difícilmente podría aliarse a un Lutero, tosco y pueblerino a sus ojos, encima de doctrinario. Su fina inteligencia lleva a Erasmo a la mesura de un "nada en exceso", una moderación que tampoco es medias tintas o simple equidistancia entre papismo y Lutero.
Pág. 277
Los humanistas, y no solo Erasmo, divergen mucho de Lutero, que nada tiene de humanista. Comparten con él y con otros reformadores la preocupación por la degradación de la iglesia y la voluntad de reforma. Pero los erasmistas resultan sospechosos también para los protestantes. Era de esperar; son lo más opuesto a la Reforma. La idea misma de un cristianismo a la medida humana suena blasfematoria parta los luteranos -no entonces solo, también hoy-, que han de considerarla una traición a Dios y a Cristo, que no se dejan ahornar en las medidas del hombre. Quedan, pues, Erasmo y los humanistas al margen tanto del catolicismo como de los reformadores. El humanismo es antipapista y antiluterano por idéntica razón, por exaltar la dignidad del hombre, por el antropocentrismo, y también por las fuentes que maneja, porque la Biblia pierde el monopolio de la autoridad. De un lado y de otro se desconfiaba, pues, de Erasmo, y con razón.
Pág. 278
El catolicismo moderno precede a la Reforma luterana y no nace solo como reacción a ella. El concilio de Trento, a mediados del siglo XVI, que consuma la reacción institucional e ideológica frente a los reformadores, es realmente medio siglo posterior al inicio del catolicismo calificable como moderno, por medieval que permanezca. Este no consiste única ni principalmente en "Contrarreforma", término que conviene reservar para la formación reactiva de la iglesia romana alrededor y a consecuencia de Trento. El catolicismo, en verdad, comienza antes de 1500, precede a la Reforma y no se limita a acciones y medidas formalmente contrarreformistas. Anterior a Lutero, hay un catolicismo antirreformador, que se ha colocado la venda antes de la herida. Mejor dicho: se ha puesto la venda porque había ya antiguas heridas, las de discordias medievales y, frente a la nueva discordia, practica los mismos antiguos modos de intolerancia, pero de manera aún más metódica, si cabe. El catolicismo pretende así hacer perdurar, de modo indefinido y bajo nuevas circunstancias, el modelo sociocultural, y no solo político, de cristiandad, lanzado por emperadores cristianos -Teodosio, Justiniano, Carlomagno- , y llevado a cabo con sumo éxito en la Baja Edad Media. Ahora seguirá teniendo éxito pese a hallarse ya fuera de época y de condiciones sociales apropiadas.
Pág. 301
Bajo el rótulo de "Reforma", en singular, como acontecimiento histórico único, solo una vez sucedido, se engloba el conjunto de disidencias religiosas frente al catolicismo, a Roma, a comienzos del siglo XVI; no solo la impulsada por Lutero, aunque a él se atribuya la iniciativa de arranque. Suele asumirse que comienza tal iniciativa por un asunto menor, marginal casi: las tesis públicas de Lutero, en 1517, sobre las indulgencias. Muy pronto, sin embargo, la nueva heterodoxia deriva hacia un distanciamiento y ruptura innegociables. Sucede esta deriva por torpeza de las autoridades eclesiásticas y, junto con ello, por la complicidad de algunos príncipes alemanes, resentidos e indóciles frente al Pontificado y al Imperio. En ese trance eclesiástico-político, lejos de extinguirse por reabsorción tranquila o por represión violenta, el desacuerdo de Lutero y otros cobra fuerza con increíble rapidez y cuaja en cisma, en una separación ente iglesias -o "confesiones"- mucho más amplia y profunda que la anterior, a mediados del siglo XI, entre iglesia oriental e iglesia occidental, romana.
Los factores desencadenantes de los hechos están sujetos a interpretación dispar. Son objeto de discusión entre historiadores algunas circunstancias decisivas y, para empezar, el papel -preeminente y de liderazgo, en todo caso- de Lutero (1483 - 1546). Aunque iniciador y referente principal de la Reforma, esta, sin embargo, se expande gracias al concurso de otros en sintonía con él: Bucero (1491- 1551), que, luego se distancia, también físicamente, y parte para Inglaterra, donde muere; y el siempre fiel Melanchton (1497 - 1560), que ya en 1521 en sus Loci communes dota a la doctrina luterana de un primer resumen sólido y exacto. Se reafirma y difunde gracias a otra sistematización doctrinal, más ambiciosa, la de Calvino (1509 - 1564), y al enorme influjo de este y de predicadores calvinistas, como Knox (1514 - 1572); y merced, sobre todo, al inapreciable apoyo de príncipes germanos y de monarcas ingleses.
Se discute asimismo cuánto hay que atribuir en la Reforma a la personalidad de Lutero, a sus acciones personales, a menudo audaces, y cuánto a las condiciones objetivas, sociales, eclesiásticas, que le trascienden a él y a otros iniciadores. Se debate, en fin, en qué medida la Reforma representa todavía un movimiento medieval, y/o en qué otra medida constituye ya raíz de Modernidad a título semejante al del humanismo renacentista, aunque bien distinta de este, al que, cuando menos desdeña, si no aborrece. Queda, con todo, fuera de discusión que Lutero se halla inmerso de lleno en las inquietudes tanto de su tiempo como de las tentativas reformistas medievales.
Pág. 318
Lutero no emerge de la nada; surge de un pasado medieval. Y tampoco surge en solitario: hubo muchos y variados movimientos pre-Reforma, casi de ayer mismo, que se le anticipan. La coincidencia con ellos y las comunes raíces de un generalizado descontento explican la celeridad con que se contagia y difunde la Reforma. Esta parece haber nacido por doquier, de modo simultáneo, en lugares diferentes, también en Francia, donde hay reformadores preluteranos, como el humanista Jacques Lefèvre d'Étaples (1450 - 1537), a quien Lutero ha leído y aprecia. En algún sentido, el propio Zwinglio se adelanta a Lutero en la Reforma al romper con Roma antes que él. La diferencia con estos y otros reformadores es que Lutero, aunque acaso no les preceda en todos los gestos y las ideas, sí es quien con mayor contundencia y repercusión consuma la ruptura con la iglesia católica.
No solo por sus antecedentes y raigambre en tiempos anteriores, también por rasgos suyos propios, Lutero se antoja un personaje todavía del Medievo, un disidente religioso más, como tantos otros del pasado. Según se mire, la suya es todavía una herejía medieval, la última de las herejías reformadoras y desobedientes a la jerarquía. Pero aparece ya en otro contexto social y cultural; y, sobre todo, cuenta con poderosos apoyos políticos, que le permiten salvar la cabeza, no acabar en la hoguera, ni tampoco en marginal grupúsculo, y conducir con éxito la insurgencia así entre los nobles como entre el pueblo llano. Su evangelismo es, en realidd, un paulinismo; retorno no tanto al Jesús de los evangelios, cuanto a la versión paulina del Cristo salvador, a la invocación de Jesús según el sentir de Pablo, con quien enlaza en dependencia muy directa, sin otro eslabón intermedio que san Agustín. Como agustino que era, Lutero recupera a Agustín y lee a Pablo con los ojos de este. El luteranismo es un paulinismo y agustinismo exacerbados: nada sin la gracia. Pero no se limita reproducir o a exacerbar a uno y otro: Lutero introduce también piezas originales, propias.
A sus precursores medievales Lutero, en fin, les sobrepasa en un raro arte en formular sentencias lapidarias. En su momento de madurez vital, sobrepasados los temas iniciales de protesta -indulgencias, ritualismo inane, rapacidad eclesiástica- añade de su cosecha propia, dejando atrás al propio Pablo, algunos elementos innovadores y modernos: la reducción del cristianismo a la pura fe; el libre examen individual en la lectura y estudio de la Biblia. En esto no tiene precedentes: es genio creador.
Pág. 320
Los reformadores del siglo XVI no coinciden del todo ni en su doctrina ni en su práctica. Las diferencias doctrinales y prácticas, morales y de culto, sin embargo, son hasta cierto punto irrelevantes frente al común sentir de todos ellos. Lutero sumó factores ya existentes, presentes, aunque dispersos; los maduró y les aseguró máxima eficacia. Por eso, encarna la Reforma como ningún otro, mejor que Calvino. Al inquirir por qué Lutero, en qué y por qué destaca por encima de otros, hay que examinar las circunstancias psíquicas, anímicas, y también las históricas, de su carrera vital, en parte anecdóticas, pero anécdotas que, por sí mismas, llegaron a hacer historia.
Para dar razón del éxito de Lutero, se ha hurgado mucho en su psicología personal, como causa o factor determinante. Varios rasgos han sido señalados en su singular persona: inquieto, ardoroso, atormentado, violento, descomedido, intemperante a veces. Todo esto puede llegar a perderle. Melanchton dice alguna vez de él: "¡Si tan solo pudiera callarse!". Pero no calla. Y, además, tal vez ni siquiera eso le pierde, sino, al contrario, en su mismo temperamento excesivo está la clave de sus logros.
Puede que Lutero haya sido también una personalidad inmadura, como Thomas Mann sugiere por uno de sus personajes: en contraste con el Renacimiento, la Reforma habría sido, ella misma, un producto de inmadurez. No hay mucho que objetar a ese severo juicio: Erasmo era bastante más maduro que Lutero. Sin embargo, este último, no Erasmo, ha dejado una estela todavía no borrada.
Con el valor conjetural de cualquier análisis psicológico a cinco siglos de lejanía, cabe presumir que convivieron en Lutero dos personalidades: una profundamente religiosa, aunque a la vez fanática, orgullosa; y otra sensual, carnal, cuya conciencia de pecado afectó mucho s a la otra. Tampoco se sabe bien en qué pudieron consistir los "pecados" suyos, pues Lutero parece haberse comportado siempre como buen monje. Dice de sí humildemente haber sido un agustino piadoso que observaba la Regla con rigor; pero añade que esa no era -y no es- la cuestión, la cual estriba en la inclinación al mal, en la concupiscencia persistente en él como en todos los humanos. Angustiado por su propia salvación, Lutero llega al claustro a impulsos de su terror al infierno y vive permanentemente aquejado por una conciencia moral hipersensible, escrupulosa. Una interpretación solo psicológica contempla la primeras iniciativas de Lutero como fruto de la angustia, de su abrumador sentido del pecado. Tampoco esta morbosa angustia era solo suya, individual, sino ampliamente compartida. La melancolía depresiva seguramente ha sido uno de los males del momento, heredado del siglo anterior. Con la melancolía como tema hay un enigmático grabado de Durero (1514), así como un cuadro de Cranach el Viejo (1532), pintor oficial, por así decir, de Lutero y de su entorno. Igualmente los cuadros de Bruegel el Viejo (1525 - 1569) documentan que la muerte y la locura obsesionan todavía los contemporáneos, como en el pasado siglo, con la sola, excepción de los humanistas, que escapan a esa obsesión con vitalidad y vitalismo. Erasmo bromea a propósito de la locura, y Montaigne, en uno de los primeros capítulos de sus Ensayos, al disertar sobre la melancolía, comienza por destacar hallarse exento de ella.
Cabe achacar, pues, la doctrina luterana a la fragilidad psicológica y al carácter neurótico de su creador, proclive a angustias y escrúpulos patológicos. Lutero está, además, perplejo por la numerosas y contradictorias opiniones en la teología, todo en ella confuso y sin certeza alguna. Pertenece a una generación muy fatigada, hastiada ya de las cansinas disputas y sutilezas escolásticas, frente a las cuales habría que levantar una certeza, la de la fe. Pero su conflicto con la academia, con la Escolástica, no fue solo una querella entre monjes, como en comentario trivializador podría pretenderse. Asirse al clavo de "sola fe" es un modo de zanjar tanto la incertidumbre teológica como la relativa a la propia salvación, que también obsesionó a Calvino y a tantos otros: al emperador Carlos, atacado en su retiro de Yuste por los terrores del infierno. La confesión luterana es, ante todo, un grito de confianza y hasta de júbilo: ¡Estamos salvados!, ¡Estoy a salvo!. En esa confianza, Lutero tuvo conciencia de estar proclamando algo antes apenas proclamado -ciertamente, sí, por Pablo-, algo no dicho con la pasión suya y, desde luego, apenas escuchado. Quizá vivió una hora singular de claridad fulgurante, un relámpago iluminador, como otros espíritus religiosos y sensibles, como siglos antes Agustín y un siglo después Pascal. A ese propósito se habla de una "experiencia de la torre", en 1517, sucedida en su celda, situada en el torreón del convento.
No debe insistirse mucho, sin embargo, en el emotivo y vulnerable temperamento de Lutero. De tomar solo esa clave, la meta de su disidencia se reduciría a recobrar la propia tranquilidad interior, quedando la reforma eclesiástica como mera consecuencia accesoria o lateral de aquella. Pero es una interpretación insostenible. No cabe hacer descansar el surgimiento de la Reforma sobre un análisis del alma de Lutero, de su personalidad y estados de ánimo, de necesidades psicológicas que ciertamente trató de satisfacer. Pero la pregunta misma de inicio, la de cómo conseguir un Dios misericordioso, no es solo psicológica, sino asimismo y ante todo teológica. La Reforma, además, no ha sido empresa únicamente suya, aunque también muy suya, desde luego. De forma bien estrecha, en él se entrelazan la biografía propia y travesía religiosa personal con la historia objetiva y los acontecimientos históricos en los que participó de modo activo.
Circunstancias biográficas e históricas han pesado poderosamente en la deriva heterodoxa y cismática de Lutero. Entre las interpretaciones al uso está mencionar como experiencia presuntamente desencadenante un breve viaje suyo a Roma, de apenas un mes, en enero de 1511, a instancias de sus superiores… En Lutero se habría cumplido el adagio de "Roma veduta, fede perduta", ver Roma y perder la fe... Pero historiadores fiables ponen en duda que eso haya sido lo esencial. No han sido los abusos los que provocaron la Reforma.
...y por ahí se cuela otro incidente decisivo en la biografía de Lutero: la prédica y mercadeo de indulgencias por parte del dominico Teztzel, en verano de 1517, negocio en el que el arzobispo de Magdeburgo, Alberto, y Roma se llevan a medias los ingresos.
Tal es la ocasión, en octubre de ese mismo año, de las 95 tesis de Lutero acerca de las indulgencias. Tuvieron esas tesis un preludio apenas un mes antes. En septiembre, Lutero había presidido una disputa académica, para un estudiante candidato a doctor, en torno a 97 asertos contra la teología escolástica: allí se avanzaban ya serias reservas sobre las indulgencias. La colocación de las 95 tesis en la capilla del castillo de Wittenberg, el 31 de octubre, suele relatarse con pinceladas legendarias -las de un Lutero desafiante-, que han de ser drásticamente rebajadas. Desde luego, no fue un gesto de provocación por parte de Lutero. Las clava este en una puerta lateral del templo como anuncio del tema de otra disputa pública, también de carácter académico, al día siguiente, fiesta de Todos los Santos cuando solían acudir numerosos peregrinos a Wittengerg para ganar unas indulgencias por visitar las reliquias, indulgencias ajenas a las de Tetzel, cuya prédica, por tanto, tampoco fue la espoleta de disparo de esas tesis.
Pág. 321
Para ese momento, Lutero no está pensando en separarse de la iglesia romana. Es la evolución de los acontecimientos la que le lleva paulatinamente al cisma. De 1520 es su obra sobre La cautividad de Babilonia de la Iglesia y también la bula pontificia Exurge Domine, que condena errores de Lutero en cuarenta sentencias. Sin embargo, más bien el año siguiente, 1521, ha de reputarse fecha de la ruptura y todavía esta en dos pasos decisivos: en enero, Lutero es excomulgado [3 de enero 1521]; en abril se celebra la Dieta de Worms [del 28 de enero al 25 de mayo de 1521]. A ella acude con un salvoconducto del emperador Carlos donde este se refiere a él como su "honorable, querido, devoto Martín Lutero". Tampoco eso le eximía de peligros: no estaba tan lejano el precedente de Huss. Igual que este se arriesgó a acudir al concilio de Constanza [5 de noviembre de 1414 al 22 de abril de 1418] y eso le costó la vida (1415), Lutero arriesga no poco al presentarse en Worms. Tuvo mucho coraje en ello, pues comportaba un peligro cierto, pese al salvoconducto imperial; y también este coraje le destaca para la historia como protagonista mayor de la Reforma. En el catolicismo posterior más de uno ha lamentado no haber hecho entonces con él como con Huss.
En 1850, el secretario de Estado de Pío IX deploraba que Lutero no hubiera sido enviado a la hoguera en aquella ocasión: eso hubiera evitado la condenación en el infierno de innumerables personas, cuyo cálculo demencial realiza, por su parte, el católico francés Veuillot.
No fue por falta de ganas católicas que Lutero no acabara en la mazmorra y luego, enseguida, en el cadalso, fue porque para entonces ya tenía poderosos valedores. Lutero es el patrón indiscutible de las herejías logradas, de los que no acaban en la hoguera.
A Worms el papa no envía legados, porque Lutero desde hace tres meses está excomulgado; y allí no hay ninguna negociación o diálogo; simplemente se le pregunta si se retracta. El propio césar Carlos le interroga; y él pide un día para reflexionar. Al día siguiente habla Lutero de nuevo ante la asamblea de príncipes y nobles [16-18 de abril]. Y no se retracta, ni se corta; mientras no se lo demuestren con testimonios de las Escrituras, no cree ni en el papa ni en los concilios. Dice tener su conciencia cautiva de las palabras de Dios y no poder obrar contra conciencia. Es ahí, en la negativa suya a retractarse, pese a la excomunión papal que pesa ya sobre él, cuando no hay vuelta atrás y la disidencia, la "herejía", se coagula en cisma.
Cuando regresa de Worms a Wittenberg, en mayo de 1521, Lutero es "raptado"; en realidad, puesto a salvo por encargo y por agentes del elector de Sajonia, adepto suyo. Lutero se libra de la cárcel y la hoguera por hallarse a resguardo bajo el amparo de tan alto protector. El Elector le pone a buen recaudo en su fortaleza de Wartburg, donde Lutero permanece bajo el anonimato de "caballero Jorge" y de donde al cabo de un años se evade para no permanecer rehén de aquel.
Allí goza entre tanto de seguridad y tranquilidad para escribir algunas de sus obras. Ninguno de los disidentes medievales obtuvo nunca una protección tan poderosa y eficaz. Y ese es el momento -Lutero en Wartburg y escribiendo un opúsculo tras otro- en que resulta irreversible la Reforma: no existe vuelta atrás posible.
En su relación con Roma y la ortodoxia, en vida de Lutero queda poco para consumar la escisión. En 1529, ante decisiones de la Dieta de Spira, algunos nobles alemanes de adhesión luterana protestan; y de ahí viene la designación de "protestantes", tan manejada luego.
Al año siguiente, un joven y conciliador Melanchton redacta junto con Lutero los 28 artículos de la Confesión de Augsburgo, presentados a la Dieta del Imperio en esa ciudad. Convertidos luego en el credo básico de la Reforma, esos artículo sorprendieron por su comedimiento a los católicos, que, sin embargo, no los aceptaron.
La Reforma había comenzado por recusar la concepción papista, pero termina por llevarla muy lejos; no solo cuestiona el primado del obispo de Roma, resta importancia a la tradición eclesiástica, a los concilios, reconoce tan solo a los cuatro primeros, los de Nicea [325], Constantinopla [381], Efeso [431], Calcedonia [451]; admite nada más bautismo y eucaristía, no otros sacramentos, tampoco la confesión auricular, eficaz instrumento de control clerical en el catolicismo.
En estos puntos se extenderá prolijo el concilio de Trento, que, además, anatematiza la versión reformada de la justificación por la gracia de Cristo. Ante esta versión, de todos modos, se dieron en el catolicismo destacadas aproximaciones e intentos de mediación: quizá el más notable, Del beneficio de Cristo, obra con significación programática, publicada anónima en 1543 por Benito de Mantua [1495-1556], un monje de Montecasino, que adopta una postura intermedia y mediadora entre católicos y luteranos. En la mediación andaba incluso un cardenal, como el inglés Reginald Pole [1500-1558], exiliado de su país durante más de treinta años, visible cabeza del ala liberal de Trento, de los católicos partidarios del diálogo, y no la coerción, con los reformados. Junto con otros dos legados papales, Pole presidió sesiones de este concilio; y a punto estuvo, a un voto, de ser elegido papa en 1449 a la muerte de Pablo III.
Pág. 324
Alfredo Fierro
Después de Cristo
Pàg 277-326
Editorial Trotta
Apostilla 1
En la Universidad de Berlín en las conferencias del otoño 1899
Nos atrevemos a decir, con el peligro de ser contado entre los detractores de Lutero, que aquel hombre genial poseía una fe tan robusta como la de Pablo, gracias a la cual cobró tan maravilloso poder sobre los espíritus, pero
Ya no era una época ingenua, sinó profundamente inquieta y progresista... él no disponía de todos los conocimientos de su tiempo.
Y, ciertamente, con el mismo peligro también de ser contado entre los detractores del santo.
Esta falta de "conocimientos ya corrientes en aquellos tiempos" ¿explicaría -entre otras cosas- el no-entendimiento con Luis Vives, con quien se encontró en Brujas, en la cuaresma de 1529 durante su primer viaje a Flandes, realizado siguiendo los consejos de un fraile español?
Apostilla 2
Nos encontramos a punto de llegar a una conclusión que a muchos aún les parece revolucionaria: ¿acaso no sería simplemente una leyenda la "edad de oro" del cristianismo medieval? ¿No se ha confundido la religión de la masa de los habitantes de Occidente con la de una élite de clérigos? Partiendo del postulado de que el cristianismo alcanzó un notabilísimo nivel durante el siglo XII y XIII, se ha creído en la existencia de una decadencia posterior, contra la que se habría alzado la Reforma protestante, y a continuación la Reforma católica. Pero, ¿acaso es válido el postulado inicial?
Podemos distinguir sumariamente tres planos culturales distintos en las poblaciones de épocas pasadas. Por una parte, una élite; por otra parte, una amplia fracción de habitantes de las ciudades entre los que se fue difundiendo progresivamente en los siglos XV a XVIII una instrucción, al menos rudimentaria, gracias a la multiplicación de libros y de pequeñas escuelas; y finalmente, las capas rurales, frecuentemente sumidas en la ignorancia.
Puesto que la población rural constituía la inmensa mayoría en Europa, queremos presentar a título de guía para la investigación la siguiente hipótesis: en la época inmediatamente anterior a la Reforma, el occidental medio se hallaba cristianizado sólo superficialmente. En tales condiciones, ambas reformas, la de Lutero y la de Roma, han de ser consideradas como dos procesos aparentemente opuestos, pero cuyos objetivos convergían finalmente en un intento de cristianización de las masas y espiritualización del sentimiento religioso.
El catolicismo de Lutero a Voltaire
Pàg. 196ss
...y he propuesto finalmente una tesis que, por el hecho de chocar con las concepciones más extendidas, debería fecundar la investigación. Para mí, la "Edad Media cristiana", al nivel de las masas -esencialmente rurales , es una leyenda que tiene siete vidas. Y si es cierto que la leyenda existe, las dos Reformas -la de Lutero y la de Roma- constituyeron, a pesar de las recíprocas excomuniones, dos aspectos complementarios de un mismo proceso de cristianización. Adoptar este punto de vista, que el estudio de la mente colectiva debería confirmar, es acometer una lectura nueva de toda la historia moderna de Occidente.
La verdad es que las dos Reformas que se creyeron y se quisieron enemigas, y de las que solamente ahora percibimos los puntos de semejanza, sacaron su sustancia de un pasado común, un pasado hecho indudablemente de miserias y "abusos" de todas clases, pero también de esfuerzos para renovar la piedad volviéndola más personal a nivel de la élite y más viva a nivel del pueblo.
En el momento preciso en que los "abusos" se multiplicaban -acumulación de beneficios, encomienda, laicización creciente y vida cada vez más mundana del alto clero, absentismo e ignorancia de los pastores- nacía la Devotio moderna. Por diversas razones, Lutero (1483-1546)y Bérulle (1575-1629), Erasmo (1466-1536) y San Ignacio (1491-1556) fueron herederos de la Devotio moderna. Ésta constituía ciertamente un alimento espiritual para las almas escogidas. Pero nunca se había predicado tanto al pueblo como en el siglo XV. Cuando Lutero, Calvino (1509-1564) y los padres del Concilio de Trento insistieron para que la palabra de Dios fuera enseñada a los fieles, se situaron en la estela de los grandes predicadores de la Prerreforma: Juan Huss (1369-1415), Bernardino de Siena (1380-1444), Savonarola (1452-1498), etc.
El catolicismo de Lutero a Voltaire (1973)
Or. Le catholicisme entre Luthet et Voltaire (1971)
Pàg. V i 3
Apostilla 3
"A ese propósito se habla de una "experiencia de la torre", en 1517, sucedida en su celda, situada en el torreón del convento".
Ya hace unos años me vi obligado a "precisar" a Jaume Botey:
"Es un cambio que denomina "revelación de la torre", en alusión a la celda donde se retiraban los monjes a orar".
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Miquel Sunyol sscu@tinet.cat 11 diciembre 2024 |
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En otoño de 1899, Harnack pronuncia, en la Universidad de Berlín y en presencia de más de seiscientos estudiantes, provenientes de todas las facultades, sus famosas conferencias sobre la esencia del cristianismo, que le habían de reportar no sólo elogios y reconocimiento, sino también amargas y duras críticas. Estas conferencias se publicaron al año siguiente con el título Das Wesen des Christentums. Se trata de unas conferencias pronunciadas sin manuscrito a partir de unas notas breves y publicadas según el texto estenografiado por un oyente (el estudiante de teología Walther Becker). Este texto, una vez revisado y aprobado por el mismo Harnack, ha pasado a ser el texto oficial de las conferencias. Y, otra vez, la llegada de esta obra a manos del público provocó un gran revuelo, tanto en el mundo eclesial y teológico como en el cultural en general. A pesar de las severas críticas a que fue sometida esta obra teológica por parte de los estamentos más tradicionales, el nombre de Harnack se hizo más famoso en toda Europa y de Norteamérica. De hecho, todavía no tenía cuarenta años ...
L'essència del cristianisme
Prólogo de Josep Castanyé