Alegrías MIGUEL ÁNGEL MÉNDEZ ROJAS |
| El otro día que me encontraba enfrascado en esa constante plática conmigo mismo, la cual puntualmente inicia cada tarde luego de que termina la programación decente en la televisión, tocaron a mi puerta y pues tuve que abrir y atender al inoportuno visitante. Buenas tardes. Vendo alegrías. ¿Quiere comprarme una alegría? me interpeló un individuo de aspecto más bien humilde, pero aun así con cierto aire de pulcritud y orgullo. Mmhhh... alegrías pensé de inmediato. ¿Quién en este mundo es este tipo, que va de puerta en puerta vendiendo alegrías? pensé. Yo que él, no las vendería, me quedaría con ellas, las disfrutaría, las gastaría con una amante distinta cada noche, las acumularía hasta el techo y luego reiría viendo como se caen y rompen en miles de sonrisas pequeñas. Obviamente, pensaba en eso en ese momento porque no tenía alegrías desde un buen tiempo. Mi última alegría había sido más bien artificial y forzada cuando le prometí a mi ex-novia (ahora novia de mi mejor amigo), sonreir cada mañana cuando los viera pasar por mi puerta, tomados de la mano y diciendo no sé cuantas palabras de amor, que para mí eran como alfilerazos en mi orgullo. No, no, esas no eran alegrías. Era hipocresía pintada de sonrisa. Por eso, como no me gusta la hipocresía, el otro día tomé la Colt de mi abuelo y la limpié, la engrasé, le puse con cariño y cuidado tres balas del 65 y me senté en la puerta de mi casa a esperar a la feliz pareja. Tres balas: una para cada uno de ellos, y la tercera para mí o para ellos también si es que no se morían rápido. Desgraciadamente esa tarde llovió y no pasaron, yo me resfrié esperando y la Colt se oxidó, y el gatillo ahora está atascado y no puedo moverlo. Ah... pero aún sigue ese tipo enfrente de mí, mira pues. ¡Vendiéndome alegrías!, qué desfachatez... Como si hubiera ser humano en el mundo que pudiera tener tantas como para ponerse a venderlas. Espéreme un momento, voy por cambio le dije, mientras medio cerré la puerta y subí las escaleras, hurgué en el cajón y saqué la Colt oxidada. Aún tenía tres balas, y el gatillo se movía un poco, aunque con dificultad. Bajé, abrí la puerta y sin más, le pegué un tiro en la frente al vendedor de alegrías. Como soy malo tirando, le pegué en un hombro, y el pobre hombre salió corriendo calle abajo, aullando de dolor y dejando un reguero de sangre. Dejó su mercancía en la puerta. Con cierto asco, limpié las gotas de sangre de sobre la bolsa de plástico que dejó y miré el contenido: alegrías. ¡Ah! ¡Alegrías! De amaranto y caramelo. Era eso lo que vendía. Haberlo dicho antes. Ahora he malgastado una bala. Bueno, me sentaré a esperar a esa pareja, mientras mastico una alegría y sonrío. Tendrán que morirse a la primera, sino, tendré problemas para conseguir más balas. ¡Mmm..., qué ricas alegrías! |
Frank Kalero