Los caminos del Señor son infinitos

SÒNIA BARROSO


 

 

El cura insistía repetidamente: Dios todo lo ve. Lo dijo muchísimas veces, cada viernes en misa. Alguna con un dedo levantado. No conseguía aclarar que quería decir todo. Al preguntar a las cómplices del cura, envueltas en sus túnicas negras, respondían: todo es TODO.

Busqué siempre la mirada del Señor. Lo hice mientras robaba rotuladores en la escuela. Y mientras pegaba a las otras niñas. Y en toda clase de cabronadas propinadas a los demás. Sólo hallé sentimiento de culpa.

 

Frank Kalero

Perdí de vista al cura al dejar aquel centro pero sus palabras no me abandonaban. Miraba repentinamente a los rincones mientras follaba en agujeros oscuros. En la adolescencia. En las noches de insomnio, que no han sido pocas, le di alguna vuelta al asunto. Mi conclusión fue que por más que insistiera jamás le pillaría. Era demasiado rápido. Encontré un único consuelo: indudablemente Él nunca hablaba con nadie. Ni siquiera con los curas. O sea que aunque no pudiera deshacerme del mirón ni en el labavo al menos mis secretos estaban a salvo. Llegué a meterme rayas a su salud. Alguna vez le pregunté si quería. Nunca contestó. Sólo le gusta mirar. Mis polvos no se los dedicaba aunque le cogí gusto a que hubiera alguien mirando. 

Como he ido explicando, me adapté a la situación. Me resigné de la mejor manera pero no podía dejar de pensar en ello. Lo más misterioso era como una sola mirada podía abarcar a tanta gente y a tantas cosas todo el tiempo. Juega con ventaja, no sé con cuanta. Algunas épocas olvidé el tema, otras me obsesionaba hasta tal punto, que me giraba súbitamente hacia atrás para ver si e veía. No rezaba pero el tiempo que le dedicaba era suficiente.

Los años no lo han suavizado. A pesar de la presión, me he formado como una persona sencilla de gustos sencillos. Lo he pasado más o menos bien. Tengo menos dinero del que necesito, no me importa. Tengo debilidades como todos. En mi caso no son las drogas ni la lectura. Es difícil de explicar. Me molesta que me miren los hombres. Pero no una mirada cualquiera. Hay miradas ofensivas. Y no me molestan todos los hombres, sólo algunos. Sobre todo los gordos y feos. Te desvisten de arriba a bajo con sus miradas lascivas. No lo aguanto. Me molesta hasta tal punto que no dudo en dejarme llevar por mis impulsos y me los cargo. No soy una sádica. No les corto el rabo ni les destripo ni toda esa mierda. Sólo les pego un tiro en la cabeza cuando se despistan. Normalmente antes de llegar al hotel o al salir. Creo que a muchos les hago un favor. Lo hago con una pistola con silenciador que conseguí de un detective que también murió.

Una vez se me fue la olla y maté a uno dentro del hotel. A Él no le sentó bien. Me hubiera hecho monja si no estuviera en la cárcel. No entiendo por qué habló después de tantos años de silencio. De muda mirada. Lo contó todo. No sé a quién, tal vez a un juez. Vinieron dos hombres a mi casa. Me esposaron, hablaban mucho. En el juicio no paraban de decir que me habían visto. Yo eso ya lo sabía pero él nunca se había chivado. Tampoco entiendo qué relación tiene una cámara de video con la mirada de Dios. Nadie me dijo que Él usara cámaras. Mi abogado insistía en que el procedimiento era ilegal. Yo le miraba con compasión. Si Dios había hablado no había nada que hacer. Asumí mi culpa, qué remedio. Ahora estoy en la cárcel. Me considero una elegida. He hablado con muchas presas. A ninguna le ha delatado Cristo. Bueno hay una que dice que es posible pero es más posible que esté loca. Yo rezo cada día para que no diga nada más. Hay un cura que habla conmigo. Dice que las razones no importan, que lo importante es que haya vuelto a Él. Que los caminos del Señor son infinitos.