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SALUDOS  ( Egipto, 2.500 a.C.)

 

 

        En su uso más antiguo, al menos que sepamos, un apretón de manos significaba la transmisión de poder de un Dios a un gobernante terrenal. Esto se refleja en el verbo egipcio “dar”, cuyo jeroglífico era una representación de una mano extendida.

 

        En Babilonia, alrededor del año 1.800 a.C., se exigía que el rey estrechara las manos de una estatua de Marduk, la deidad principal de la civilización. Este acto, que tenía lugar anualmente durante las fiestas del Año Nuevo, servía para transferir autoridad al soberano durante un año más.

 

        Tan persuasiva era la ceremonia que, cuando los asirios derrotaron a Babilonia y la ocuparon, los subsiguientes reyes asirios se sintieron obligados a adoptar el ritual, por temor a ofender a un poderoso ser celestial.

 

        Es este aspecto del apretón de manos el que Miguel Ángel pintó tan soberbiamente en el techo de la capilla Sixtina.

 

        El folklore ofrece un origen anterior y más hipotético del apretón de manos. El aldeano de la antigüedad que encontraba a un hombre al que no reconocía, reaccionaba automáticamente echando mano a su daga. El desconocido hacía lo mismo y, durante un rato, los dos describían círculos cautelosamente, uno frente al otro. Si ambos llegaban al convencimiento de que la situación exigía un parlamento en vez de un combate a muerte, las dagas eran enfundadas de nuevo y se extendían las manos diestras como gesto de buena voluntad. Esto explica que las mujeres, que a lo largo de la historia nunca han portado armas, no adoptaran la costumbre del apretón de manos.

 

        Otras costumbres relacionadas con el saludo tienen también orígenes antiguos. La práctica caballeresca de quitarse o levantar el sombrero se remonta a la época de los asirios, cuando a los cautivos se les exigía desnudarse por completo para demostrar que aceptaban ser subyugados por sus conquistadores.

 

        Los griegos exigían a sus nuevos criados desnudarse de la cintura para arriba. Quitarse una prenda de vestir se convirtió en un acto de respeto corriente.

 

        Los romanos no se acercaban a un santuario sin antes haberse despojado de las sandalias, y una persona de menos rango se descalzaba antes de entrar en la casa de un superior, costumbre que los japoneses mantienen todavía, aunque modificada.

 

        En Inglaterra, las mujeres se quitaban los guantes al ser presentadas a los personajes de la realeza. De hecho, otros dos gestos, masculino uno y femenino el otro, son vestigios de actos de subyugación o respeto como la inclinación y la reverencia. Esta última fue, en otro tiempo, una genuflexión completa.

 

        En Europa, durante la Edad Media, el símbolo de servidumbre ante un señor feudal consistía en descubrirse la cabeza. El mensaje implícito era el mismo de tiempos anteriores: “Soy tu obediente servidor”. Tan persuasivo era este gesto que lo adoptó la Iglesia, al exigir que los hombres se destocaran al entrar en un templo.

 

         Con el tiempo, para el hombre se convirtió en una regla corriente de etiqueta mostrar respeto a un igual simplemente levantando su sombrero.