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COSTUMBRES RELIGIOSAS

 

 

MANOS UNIDAS PARA LA PLEGARIA  (Europa, siglo IX)

 

 

        Para nuestros antepasados, uno de los gestos más antiguos y reverentes que acompañaban a la plegaria era alzar brazos y manos hacia el cielo. Con el tiempo, los brazos se replegaron y se cruzaron ante el pecho, colocando las dos muñecas sobre el corazón.

 

        Cada una de estas posturas posee una lógica intrínseca y una intención obvia, puesto que Dios reside en el cielo y se tiene la creencia de que el corazón es la sede de las emociones. La práctica, mucho más reciente, de unir las manos formando una especie de triángulo parece menos obvia, e incluso resulta intrigante.

 

        No se la menciona para nada en la Biblia y no apareció en la Iglesia cristiana hasta el siglo IX. Posteriormente, escultores y pintores la incorporaron en escenas que representaban épocas muy anteriores a su origen, el cual, al parecer, nada tiene que ver con la religión o la adoración, y sí mucho con la subyugación y la servidumbre.

 

        Los historiadores de la religión remontan este gesto al acto de atar las manos de un prisionero, y aunque los juncos, las cuerdas o más tarde las esposas siguieron cumpliendo su función de defensa de la ley y el orden, las manos unidas pasaron a simbolizar la sumisión del hombre respecto a su Creador.

 

        Pruebas históricas contundentes indican que la unión de las manos se convirtió en un gesto corriente y ampliamente practicado mucho antes de que se lo apropiara y lo formalizara la Iglesia cristiana. Antes de que enarbolar una bandera blanca simbolizara la rendición, un romano capturado podía evitar la muerte inmediata adoptando esta postura de las manos atadas.

 

        Para los antiguos griegos, este gesto tenía el poder mágico de refrenar a los espíritus ocultos hasta que éstos se doblegaran al dictado de un sumo sacerdote. En la Edad Media, los vasallos rendían homenaje y prometían fidelidad a los señores feudales uniendo las manos. A partir de prácticas tan evidentes, todas ellas con una intención común, el cristianismo asumió el gesto como signo de la obediencia total del hombre a la autoridad civil. Más tarde, muchos autores cristianos ofrecieron y alentaron un origen más piadoso y pintoresco, como que las manos unidas representaban el puntiagudo campanario de una Iglesia.

 

 

EL ROSARIO   (India, antes del año 500 a.C.)

 

        El término “rosario”, que significa “corona de rosas”, apareció en la Europa del siglo XV, pero la práctica de recitar oraciones valiéndose de una sarta de nudos o cuentas se remonta a los sacerdotes hindúes de antes del año 500 a.C.. También se propagó en el mundo occidental antes de la aparición del cristianismo.

 

        Para muchas religiones antiguas, la repetición frecuente de una plegaria había de incrementar su eficacia. Implorar a los dioses, a Dios o a un santo, para que librase a los fieles, por ejemplo de una epidemia, recitando cien veces una oración, era dos veces más efectivo que rezar la misma plegaria tan sólo cincuenta veces.

 

        Muchas religiones prescribían el número exacto de repeticiones de una oración específica. Por ejemplo, los templarios, orden fundada en el año 1119 para luchar en las Cruzadas, viajaban continuamente y no podían asistir con regularidad a las ceremonias religiosas, por lo que se les exigía recitar el Padrenuestro cincuenta y siete veces al día. Cuando moría uno de ellos, el número se incrementaba hasta cien veces diarias durante una semana.

 

        Sencillamente, contar y rezar simultáneamente, aunque sea con la ayuda de los dedos, es imposible en la práctica, y por tanto se requería una ayuda. El rosario era la ayuda perfecta para la memoria. Los sacerdotes de la Iglesia griega calculaban sus numerosas genuflexiones y signos de la cruz mediante cordones provistos de un centenar de nudos. Las personas ricas unían en sartas piedras preciosas, trozos de vidrio y pepitas de oro.

 

        En el siglo XI, lady Godiva, una dama anglosajona célebre por haber protestado contra los impuestos cabalgando desnuda a través de la ciudad inglesa de Coventry, legó a un monasterio “un pequeño círculo de gemas que ella misma había ensartado, para que, pasándolas una tras otra mientras recitaba sus oraciones, no quedara por debajo del número exacto”.

 

        En el siglo siguiente el rosario fue popularizado en la Iglesia católica por el español santo Domingo, fundador de la orden de predicadores, después llamados dominicos. En una aparición, la Virgen María le pidió que rezara el rosario “como remedio espiritual contra la herejía y el pecado”.

 

        Los etimologistas ofrecen dos posibles orígenes para la palabra “rosario” en sí. Muchos rosarios antiguos tenían sus cuentas talladas en la misma madera preciosa conocida como palo rosa y se les conocía

como coronas de rosas. Otra teoría sostiene que el origen hay que buscarlo en la palabra francesa “rosaire".

 

 

LA AUREOLA   (Europa y Asia, Antigüedad)

 

        El círculo luminoso utilizado durante siglos por los artistas para coronar las cabezas de figuras religiosas no fue originariamente un símbolo cristiano, sino pagano, y está incluso en el origen de la corona real.

 

        Hay antiguos escritos y dibujos llenos de referencias a los nimbos de luz que rodeaban las cabezas de las deidades.

 

        En el arte antiguo hindú, indio, griego y romano, las cabezas de los dioses emiten una radiación celestial. Los reyes, para destacar su relación especial con un dios, y la autoridad divina así infundida en ellos, adoptaban una corona de plumas, piedras preciosas u oro. Los emperadores romanos, convencidos de su divinidad, rara vez aparecían en público sin un tocado simbólico. Y la corona de espinas colocada en la cabeza de Cristo era interpretada como una burla pública de su reino celestial.

 

        Con su difusión a lo largo del tiempo, el círculo luminoso perdió su asociación con los dioses paganos y se convirtió en símbolo por derecho propio para numerosas confesiones, con una notable excepción. Los padres de la primitiva Iglesia católica, teniendo en cuenta las raíces paganas de la aureola, trataron de disuadir a los artistas y escritores de que la representaran o describieran. Los manuscritos miniados de la Edad Media revelan que estas admoniciones tuvieron efectos prácticamente nulos.

 

        Los historiadores sitúan la adopción gradual de la aureola por la Iglesia alrededor del siglo VII, pero con una función prosaica y utilitaria, como una especie de parasol para proteger la estatuaria religiosa exterior contra las lluvias, la erosión y las deposiciones de los pájaros. Las aureolas eran entonces amplias planchas circulares de madera o de bronce.

 

        Milenios antes de Cristo, los campesinos trillaban el grano amontonando las heces de espigas sobre terreno duro, y haciendo pasar sobre ellos, una y otra vez, una yunta de bueyes describiendo círculos. Estos circuitos creaban un camino circular, al que los griegos daban el nombre de “halos” (halo), que significa literalmente “suelo circular para el trillado”.

 

        En el siglo XVI, cuando los astrónomos reinterpretaron la palabra, aplicándola a las aureolas de luz solar refractada alrededor de los cuerpos celestiales, los teólogos se la apropiaron para designar la corona que rodea la cabeza de un santo. Así, como observa un moderno historiador religioso, el halo o aureola combina tradiciones de la agricultura griega, la deificación romana de unos gobernantes megalómanos, la astronomía medieval y una antigua medida protectora contra la suciedad y las inclemencias del tiempo.

 

 

TÉRMINOS RELIGIOSOS

 

        Una de las fórmulas religiosas más familia res y utilizadas con mayor frecuencia, “amén”, aparece tanto en los escritos antiguos cristianos como en los musulmanes. Esta palabra hace trece apariciones en la Biblia hebrea, y 119 en el Nuevo Testamento. Para los hebreos, la palabra significa “así sea”, expresando asentimiento o acuerdo, y significando también verdad.

 

        Así, un erudito hebreo que terminaba un discurso o sermón con un “amén” aseguraba a su audiencia que sus afirmaciones eran absolutamente viables. La palabra se originó en Egipto alrededor del año  2.500 a.C. Para los egipcios, Amon significaba “el oculto”, y era el nombre de su principal deidad, que en cierto tiempo fue adorada en todo el Próximo Oriente. Igual que culturas posteriores invocaban a su dios principal con la exclamación “¡Por Júpiter!”, los egipcios apelaban a su deidad, diciendo: “¡Por Amon!”.

 

        Fueron los hebreos quienes adoptaron la palabra, le dieron un nuevo significado y la transmitieron a los cristianos. He aquí los orígenes de otros términos religiosos corrientes:

 

        Cuando Cristo oraba, se refería al Dios Todopoderoso como “abba”, palabra que procede del hebreo “Ab”, que significa “Padre”. San Pablo, al tocar este tema, recomendó a los cristianos emplear el término cuando se dirigieran al Señor. Con el tiempo, el prior de un monasterio recibió el título de “abad”, para indicar que era el padre espiritual de los monjes.

 

        El término “Evangelista” procede del griego “ebangelión”, que significa “buena nueva”, ya que el predicador errante era considerado un mensajero de Dios y portador de buenas noticias. Los cuatro autores de los Evangelios, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, fueron conocidos como los cuatro evangelistas.

 

        La palabra “Monje” viene del latín “monachus”, que significa anacoreta, fraile, y cuyo origen es “el que vive solo”. Muchos de los datos históricos más antiguos, sagrados y seculares, son escritos de monjes, que en la época más oscura de la Edad Media se contaron entre los pocos que tenían cierta ilustración. De esta palabra procede también el femenino “monja”, pero parece que su uso es más reciente, puesto que escritos medievales se refieren todavía a ellas como “mujeres de religión”.

 

        El término “Pastor” tiene su origen en el latín “pastor”. Se aplicó a los ministros de la religión, tradicionalmente considerados como pastores de sus rebaños. Cristo se designó a sí mismo el “Buen Pastor”, dispuesto a ofrecer su vida por sus ovejas.

 

        Reverendo es el tratamiento dado a los clérigos desde los siglos XVI y XVII. Procede del latín “reverendus”, que significa “digno de respeto”.

 

        El término “Vicario” tiene la connotación de “sustituto” o “representante”. Los vicarios son representantes de Cristo en la tierra, y el Papa ostenta el título de “Vicario de Cristo”.

 

        La palabra “pontífice” procede del latín “pontifex”, que quiere decir “constructor de puentes”, ya que una de las principales funciones del pontífice es construir un puente entre Dios y la humanidad.

 

        La palabra “sede” procede también del latín “sedes” y significa “asiento”. Hace referencia al centro que ocupa el obispo de Roma, que ostenta el nivel más alto en la autoridad eclesial. La residencia del Papa es conocida como “Santa Sede”.