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TRADICIONES
FÚNEBRES (Asia occidental,
hace 50.000 años)
La prueba más antigua de una tradición
funeraria ha sido adjudicada al hombre de Neanderthal, del Asia occidental,
clasificado, al igual que nosotros, como Homo sapiens. A menudo, las
ilustraciones representan al hombre de Neanderthal como una criatura primitiva,
con una frente estrecha, nariz ancha y expresión bruta. En realidad, muchos
neandertalenses poseían clásicas facciones europeas, así como una piel blanca
y desprovista de vello.
A
juzgar por los cráneos descubiertos, los paleontólogos calculan que el hombre
de Neanderthal tenía una capacidad cerebral equivalente a la nuestra. Estos
antepasados nuestros iniciaron la práctica de enterrar a sus muertos acompañándolos
con unos ritos funerarios. Inhumaban el cuerpo del difunto, junto con alimentos,
armas de caza y carbón vegetal, y cubrían el cadáver con flores. Una tumba de
Neanderthal descubierta en Shanidar, Irak, contenía el polen de ocho especies
florales diferentes. Hace 50.000 años, el hombre ya asociaba el fuego con los
entierros, puesto que hay restos de antorchas en tumbas del Neanderthal, aunque
todavía desconocemos su significado.
Mucho más tarde, los antiguos romanos
creían que las antorchas funerarias guiaban el alma del difunto hacia su morada
eterna, y nuestras palabras “funeral” procede del latín “funus”, que
quiere decir precisamente “antorcha”. Además de la palabra “funeral”,
los romanos nos legaron la moderna práctica de encender cirios en las
ceremonias fúnebres.
Unas
velas encendidas alrededor del difunto se suponía que ahuyentaban los espíritus
que intentaban reanimar el cadáver y tomar posesión de él. Y puesto que el
dominio de los espíritus era la oscuridad, se suponía que huían de la luz.
Fue el temor al mundo de los espíritus, más bien que el respeto a los seres
queridos difuntos el origen de la mayoría de nuestras tradiciones funerarias
modernas.
EL
NEGRO PARA EL LUTO
Nosotros
llevamos prendas negras en un entierro o funeral como signo de respeto al
difunto. Sin embargo, fue el temor a un pariente muerto, y no digamos a un
enemigo o extraño difunto, lo que restauró el negro como nota distintiva de
luto en el mundo occidental.
Esta
costumbre es muy antigua. El hombre primitivo creía que sin una vigilancia
continua, el espíritu del muerto entraba en el cuerpo de los vivos y los poseía.
Pruebas antropológicas sugieren que los hombres blancos primitivos se pintaban
de negro el cuerpo para asistir a los entierros, a fin de disfrazarse de espíritus.
Y hay pruebas mucho más recientes, en este siglo y en el pasado, procedentes de
tribus africanas negras que se embadurnaban los cuerpos con el color opuesto, un
blanco de yeso, para evitar el reconocimiento y la posesión por parte de los
muertos recientes.
A
partir de la pintura negra corporal, los antropólogos llegan al atuendo
funerario negro, que en muchas sociedades vestían los parientes más próximos
del difunto o difunta, durante semanas o meses, como un camuflaje protector. El
velo que cubría la cara de la mujer enlutada tuvo su origen en este temor.
En
los países mediterráneos, la viuda llevaba un velo y prendas negras durante
todo el año, para ocultarse del espíritu merodeador de su marido. Por tanto,
el color negro no significa respeto, sino que para una persona con piel blanca
constituye una máscara defensiva.
EL ATAÚD
Los
antiguos sumerios enterraban a sus difuntos en cestos tejidos con juncos
trenzados. Pero, una vez más, el temor a los difuntos explica los orígenes del
ataúd o del sarcófago.
En
el norte de Europa se tomaban medidas drásticas para impedir que los muertos
persiguieran a los vivos. Frecuentemente se ataba el cuerpo del difunto, después
de decapitarlo y amputarle los pies. Para plantearle más obstáculos, camino
del cementerio se seguía un trayecto sinuoso, para que no supiera encontrar de
nuevo la ruta de su casa.
En
muchas culturas, los muertos eran sacados de sus casas no a través de la puerta
principal, que tan familiar les había sido, sino por un agujero en la pared,
practicado para la ocasión y que era cerrado inmediatamente.
Si
bien un entierro a un metro y medio o dos bajo tierra se consideraba una buena
precaución, resultaba más seguro encerrar primero al difunto en un ataúd de
madera. Clavar la tapa proporcionaba una protección adicional. No sólo muchos
de los ataúdes primitivos eran asegurados con numerosos clavos, demasiados, según
los arqueólogos, no sólo para evitar que se cayera la tapa durante la procesión
funeraria, sino que, una vez depositado el ataúd en la tumba, se colocaba una
piedra grande y pesada sobre su tapa, antes de cubrirlo con tierra.
Cerrado
ya el sepulcro, se colocaba en él otra piedra todavía mayor, que más tarde
dio lugar a las lápidas. Mucho más adelante en la historia, los deudores
encargaban con todo su afecto una lápida provista de inscripciones, y visitaban
con el mayor respeto la tumba, pero antes de que se instaurase esta práctica
piadosa, los familiares y los amigos jamás se aventuraban a pasar cerca del
lugar donde reposaban sus difuntos.
COCHE
FÚNEBRE
Después
de labrar sus campos, el campesino romano rastrillaba la tierra con un “hirpex”,
un útil triangular, de madera o de hierro, con púas fijadas a un lado. En el año
51 a.C., cuando los romanos, bajo el mando de Julio César, completaron su
conquista de la Galia, introdujeron el “hirpex”, rastrillo en latín, en
Europa occidental.
Los
habitantes de las Islas británicas llamaron “harrow” a esta herramienta, y
el nombre cambió de nuevo en el siglo XI cuando los normandos invadieron
Inglaterra y adoptaron la pronunciación “herse”. Los conquistadores
normandos observaron que el rastrillo, una vez invertido, se parecía a sus
candelabros de iglesia, y tales candelabros, que suelen encontrarse sobre el
altar, siempre han sido parte integrante de las ceremonias fúnebres. En
aquellos tiempos, los de mayor tamaño se colocaban sobre el túmulo durante las
exequias de las personas distinguidas.
En
el siglo XI, el progreso del rastrillo fue tal que llegó a medir casi dos
metros de longitud, por lo que precisaba docenas de velas o cirios, y constituía
en muchas ocasiones una obra maestra de artesanía. Durante el cortejo funerario,
se le trasladaba ya sobre la tapa del ataúd.
En
el siglo siguiente, en Inglaterra, el carro con ruedas que transportaba el féretro
fue conocido como “hearse”, que era entonces la pronunciación usual británica.
Así fue como el rastrillo agrícola se convirtió en el coche funerario, todavía
hoy llamado en inglés “hearse”.
El
paso del coche o carroza de caballos al vehículo motorizado es, desde luego,
muy reciente. Resulta interesante observar que la marcha lenta de los entierros
no es tan sólo una señal de respeto para el dlifunto. Recuerda días ya muy
remotos, en los que las velas encendidas formaban parte de este ceremonial,
pues, por más que los acompañantes caminaran con mesura y reverencia, la
solemnidad de su paso estaba influida también por la necesidad práctica de
mantener las velas encendidas. |