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Relatos y crónicas. Afición a escribir sobre la realidad o
sobre la fantasia. |
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RELATOS Y CRÓNICAS
“La
guerra del Seve”
Muchas veces oí a mi padre
hablar de la guerra. Contar las penas que pasaron y relatar algunos episodios
que quedaron grabados en su memoria e incluso en sus huesos y su piel.
Hablaba de la Guerra Civil
Española del año 1936, y lo explicaba con tal emoción, con tal apasionamiento,
que he querido escribir algunas de esas cosas, para que tampoco se borren nunca
de mi memoria. No pretendo hacer una reseña histórica ni escribir una novela
basada en hechos reales. Solo recoger el relato de un superviviente de la
quinta del biberón, para poder refrescar la memoria cada vez que el tema se me
venga a la cabeza, por la razón que fuere.
Mi padre se llamaba
Severino, aunque todo el mundo le llamaba Seve, y
relataba sus días de guerra así.
“Yo
tenía 16 años cuando empezó la guerra el 18 de julio de 1936. Me encontraba en mi pueblo, llamado Hormiguera,
situado al sur de la provincia de Santander (hoy Cantabria), casi en el límite
con la provincia de Palencia. Tendría entonces unos 200 habitantes dedicados a
la agricultura y la ganadería, como era el caso de mi familia. Tenía una escuela en bastante malas condiciones y
con una señora maestra ya muy mayor. Escuela para niños y niñas, hasta los 12 años o menos, pues algunos
abandonaban antes de tiempo para atender los quehaceres de la familia, como
podía ser cuidar las vacas, segar la hierba, o recoger el trigo.
A
dos quilómetros de mi pueblo, hay otro pueblo mayor, con unos dos o tres mil
habitantes, en la actualidad, dedicado en su mayoría a la industria, se llama Mataporquera. En el año 36 ya era un pueblo grande pues,
aunque aún no tenía mucha industria, era un punto de encuentro entre los
ferrocarriles nacionales de la Renfe y el ferrocarril de la Robla a Bilbao que
transportaba carbón para los altos hornos. Algunos habitantes de mi pueblo
trabajaban en Mataporquera, iban por la mañana, por
supuesto andando o en bicicleta, y regresaban por la tarde.
Otro
pueblo cercano y mayor aún que el anterior,
a unos quince quilómetros, es Reinosa, capital del partido judicial y sede de juzgados que contaba además con una
importante industria metalúrgica. Ahora venida a menos.
Mi
padre, aunque de profesión labrador, era un hombre que apreciaba la cultura y
como económicamente podía permitírselo, quiso que después de acabar la escuela, fuera a
estudiar a Reinosa, a los frailes. Estuve dos años, y a los dieciséis regresé a
casa para ayudarle con el trabajo de las tierras y ya no pude volver a estudiar
porque estalló la guerra.
Los
primeros días andábamos todos un poco asustados. Nadie sabía quien había
empezado, ni porqué luchaban. En aquel tiempo no había televisión, solo
teníamos la radio y la prensa escrita que siempre llegaba con un día de
retraso, así que tardamos varios días en enterarnos que algunos militares se
habían levantado en armas contra el gobierno. Les llamaban los sublevados.
Decían que eran de derechas, que les apoyaban los falangistas y que a la cabeza
estaba un general llamado Francisco Franco.
Evidentemente,
el otro bando eran los del gobierno, los republicanos. Elegidos
democráticamente, aunque parece ser que no lo hacían muy bien.
En
el pueblo de Mataporquera había un comisario o jefe
de Comité que era la autoridad más alta representante del gobierno de la
República. Cada día daban el parte de guerra, y los que queríamos escuchábamos
lo que ocurría, los avances de los ejércitos, la situación de los frentes, el
resultado de las batallas, y por supuesto las consignas que el gobierno quería
hacer llegar a la población. La gente
estaba dividida en cuanto sus opiniones. Unos defendían la República y llamaban
sublevados a los otros; los otros aplaudían a los militares sublevados porque
estaban hartos –decían- de los desmanes de la República. Si ya hacía años que
discutían, ahora con la guerra las discusiones eran más acaloradas.
Me
llamaron a filas antes de cumplir los 17 años. Me dieron cuatro días de
instrucción y empecé a formar parte del ejército republicano. Estuve desde
julio del 36 hasta primeros de agosto del 37. Desde entonces hasta el final de
la guerra formé parte del otro bando, los sublevados, que ya se hacían llamar
los nacionales.
En
la primavera del 37, el frente de guerra estaba a unos seis kilómetros de mi
pueblo, en el límite con la provincia de Palencia. Pero los nacionales
avanzaban deprisa y con poca resistencia. Los republicanos huían hacia
Santander y parte de la población civil también. Cuando llegaron a Mataporquera,
donde teníamos el cuartel, nos hicieron cambiar de bando, y como no tenían
uniformes, simplemente nos hacían arrancar la pequeña bandera republicana de
los trajes y nos enganchábamos la de Franco.
Los
de mi quinta no fuimos enviados al frente, nos quedábamos de reserva. Todo el
mundo empezó a llamarnos la quinta del biberón, porque éramos los más jóvenes.
Es
difícil hablar sobre el comportamiento de unos y otros. Los dos dejaban mucho
que desear. No eran los ideales ni la política lo que les guiaba. La gente
mayor hablaba mucho pero con poco conocimiento de causa, y los jóvenes aún
menos. En muchos casos se aprovechaba la guerra para saldar viejas cuenta,
envidias y venganza que no tenían nada que ver. En los dos bandos se veía lo
mismo, aunque los nacionales eran mucho más radicales. Pegaban un tiro a la
gente por cualquier acusación, sin comprobar si era falsa o no. Muchos murieron sin saber porqué, unos
fusilados y otros con largas agonías a causa de las heridas.
Una
vez que los nacionales llegaron a Santander, el 26 de agosto de 1937, todo
cambió a peor. Las tropas de Franco tomaban represalias contra todo el mundo,
sin distinguir entre civiles y militares. Hacían listas de los que habían
destacado más en la defensa de la República y les buscaban casa por casa. Si
les encontraban, allí mismo les pegaban un tiro, si no, quemaban la casa.
La
gente que había llegado huyendo hasta allí, tenía pocas posibilidades. Algunos
embarcaron hacia Asturias o Galicia. También había barcos que se llevaban a los
niños, pero no a sus familias. Decían que se los llevaban a Rusia para
librarlos de la guerra, pero sus familias no volverían a verlos, por eso muchas
madres prefirieron correr el riesgo y seguir junto a sus hijos. Buena parte de
la gente, que no habían participado en la resistencia, se quedaron en
Santander, aunque muertos de miedo. Días más tarde fueron regresando a sus
pueblos.
Después
del paso de los nacionales por mi pueblo, y como el ejército no requería los
servicios de soldados tan jóvenes, pasé unos meses ayudando a mis padres en las
tierras y trabajando en la fábrica de cemento de Mataporquera.
Pero
a primeros de agosto del 38 me llamaron a filas para ir a la guerra, esta vez
de verdad.
Ingresé
en el Regimiento de Flandes, en Vitoria. Me dieron un mes de instrucción y
luego nos metieron en un tren de mercancías con unos tablones que hacían de
asientos y nada más en absoluto. Salimos de Vitoria a las dos de la tarde y sin
parar ni a mear, llegamos a Zaragoza al amanecer. Allí nos dieron de desayunar.
Pan seco y café caliente. Nos abastecieron con más pan y algunas latas y
volvimos al tren sin saber hacia dónde. A media noche llegamos a un pueblo
pequeño y nos hicieron bajar. Era Bot, en la
provincia de Tarragona. Era el 3 de
octubre de 1938, estábamos muy cansados y muy asustados.
El
tren no podía llevarnos más lejos porque allí mismo estaba el frente. Pasamos
todo el día sin hacer nada, comiendo las latas que llevábamos y hartándonos de
uvas que cogíamos de las abundantes viñas que había por los alrededores.
Teníamos miedo a los bombardeos de los aviones y a algunos tiros sueltos que se
oían silbar pero que no podíamos ver de dónde venían.
En
este pueblo pasé mi primera noche durmiendo en el suelo, entre las casa y por
las calles. Por la tarde del día siguiente, los jefes militares nos hicieron
formar en un campo y nos dijeron dónde estábamos y qué hacíamos allí. Nuestro
destino era el frente, posiblemente el más duro y sangriento de toda la guerra.
Ocuparíamos la ladera de las sierras de Pándols y Cavalls, protegiéndonos en trincheras que nosotros mismos
debíamos de cavar.
Nos
ofrecieron algunos destinos especializados en otras divisiones, pero escogieron
a muy pocos. La mayoría nos quedamos y nos dividieron en grupos para decirnos
dónde iríamos al día siguiente.
A
mí me tocó a la 2ª división de Navarra, 2ª bandera de Falange española de
Navarra, 2ª centuria. Al atardecer de este día cada grupo y en camiones, nos
llevaron a otro pueblo, Gandesa. Allí dormimos en un
cine, sin poder salir por los tiros y cañonazos. Al amanecer vimos caer un
avión en llamas que se hizo pedazos al tocar tierra.
Este
día anduvimos campo a través hasta el atardecer, cada grupo mandado por un
sargento. Cuando se hizo de noche nos dieron un descanso y la advertencia que
sólo hasta allí se podía fumar por la cercanía del frente. Todo esto hasta
llegar a cruzar un riachuelo, donde cogían agua otros militares que nos tomaban
el pelo haciendo bromas. Nos decían que donde teníamos nuestros fusiles, bombas
y munición ya que nada llevábamos de esto. Sólo manta y macuto.
Me
había tocado una bandera que iba a primera línea, para romper el frente.
Después estabilizarlo y esperar nuevas órdenes.
Podíamos estar en el nuevo frente un par de días o tres haciendo lo
primero unas zanjas a pico y pala que llamaban trincheras, para defendernos durante la noche y al día
siguiente. También ocupábamos cuevas y zonas rocosas que nos protegieran de las
bombas y los tiros.
La
primera noche que allí llegamos nos mandaron dormir en una ladera del monte,
pero no habrían pasado ni dos horas cuando un oficial a voz impuesta empezó a
gritar ¡todos arriba! Y nos hicieron subir la cuesta, hasta la cumbre, donde ya
había algunas trincheras. Allí nos
dieron un fusil, munición y bombas, y a tirar tiros y bombas casi sin saber
hacia dónde. Pero lo peor de todo era el miedo. Cada vez que oías caer una bomba
te estremecías y te quedabas temblando durante un rato. Casi no sacábamos la
cabeza de la trinchera por miedo a las balas que silbaban por todas partes.
Estaba
en una montaña o cumbre que llamaban de la Ulla, allí estuvimos tres días y
luego nos retiraron del frente. Bajamos unos días cerca de Gandesa,
donde comimos como hacía tiempo que no comíamos y quemamos muchos olivos por el
frío que hacía. Yo no paraba de pensar en los pobres “pageses”
que se habían quedado sin sus reservas de comida y hasta sin sus olivos y
viñas. Que Dios no nos lo tenga en cuenta, pensaba yo.
A
los tres o cuatro días nos volvieron a enviar a romper el frente a una montaña
de la sierra del “Cavall”. Esta vez nos costó más.
Nosotros no nos movíamos y el enemigo tampoco. No podíamos avanzar. Menos mal que al cuarto día se retiraron,
porque no pudieron soportar los bombardeos por aire y por tierra. Nosotros casi
no hicimos nada.
Recuerdo
que bajamos al pueblo que acababan de abandonar. Se llamaba Corbera
y los pocos habitantes que quedaban aún tenían el valor de tirarnos aceite
hirviendo por las ventanas cuando pasábamos. Aquí descansamos un par de días y
luego nos trasladaron hacia el norte, hacia la provincia de Lérida.
Esta
parte de la guerra la recuerdo con más dificultad, quizás
porque no vivimos escenas arriesgadas ni de interés. Eso sí, nos pasamos unos
cuantos días caminando sin parar, la mayor parte de noche, muchos días sin
comer porque el camión de abastecimiento no llegaba y lo peor era la sed.
Acabamos bebiendo hasta el agua del rio. Recuerdo que una noche llegamos a un
pantano, al lado del pueblo llamado Camarasa y
cruzamos el rio por un puente que hicieron los pontoneros de nuestro regimiento
en un solo día. Estábamos agotados, pero no nos dejaron parar hasta llegar a
Artesa de Segre. Por esos días era navidad y allí descansamos hasta el día de
reyes. En el rio pudimos lavar los calzoncillos y la camisa que luego secábamos
en la hoguera o al sol, aunque hacía un frío de narices.
Seguimos
caminando a pesar de estar totalmente agotados, ya íbamos mal pertrechados de
todo, mal vestidos, peor calzados y muertos de hambre.
Lo de la comida era porque nos cambiaban continuamente de dirección y los
acemileros que nos traían la comida en mulas con grandes fiambreras, se perdían
con frecuencia por los montes. Así que comíamos remolacha, aceitunas o
almendras que encontrábamos por el camino.
Recuerdo
un día que huyendo de una loma donde nos bombardeaban con cañones y nos
disparaban, encontramos una masía a nuestro paso. Llamamos a las puertas y
ventanas pero no contestaba nadie así que nos hicimos dueños de cuanto allí
había. Aquella gente tenía chorizos, butifarras, gallinas, huevos, y unos
arcones con muchas reservas de patatas y fruta. También había ropa y algunas
botas. Pobre gente, pensaba yo, pero en aquellos momentos seguro que nosotros
lo necesitábamos más.
La
resistencia que encontrábamos era fácil de desbaratar, pues eran campesinos o
pequeños grupos de guerrilleros, nosotros éramos un ejército muy numeroso y
algo mejor organizado que ellos. Por esta zona no encontramos resistencias
serias ni ejércitos republicanos. Según nos explicaban, después de la batalla
del Ebro, se iban retirando ante nuestro avance. Para mí, aquello terminó cerca
de Olot, en Castellfullit
de la Roca.
Aquí
nos informaron que la guerra en el frente de Cataluña, había terminado.
Podríamos volver a casa.
Me
dieron doce días de permiso y tardé seis en llegar a casa.
Aunque
ya nos habíamos presentado en el cuartel de destino, cerca de mi pueblo, no fue
hasta finales del mes de febrero que nos volvieron a movilizar. Nos llevaron a
Toledo, a romper el frente con dirección a Ciudad Real. Después de la batalla
del Ebro, aquello nos parecía un juego de niños. Desde que rompimos el frente
de la provincia de Toledo, aquello fue un paseo. No había frentes, no había
resistencia, no había guerra.
Pasamos
caminando de pueblo en pueblo hasta llegar a Manzanares, mas tarde acampamos en
Villarta de San Juan donde descansamos unos días.
Ya no había guerra pero nos quedaba el
cansancio de tanto andar cargados con el macuto, las bombas, el fusil y la
munición. Todo ello innecesario, pues ya no encontrábamos resistencia alguna,
al menos mi centuria. Menos mal que podíamos dormir en los pueblos, en las
plazas, en los cines, o en pajares y casas medio abandonadas. También comíamos
bastante mejor que en el Ebro. Los camiones de abastecimiento nos tenían
localizados en todo momento y casi todas las carreteras eran transitables y
estaban controladas por falangistas.
En
el pueblo de Villarta de San Juan en la provincia de
Ciudad Real estuvimos cerca de dos meses. Hacíamos guardias día y noche, por el
pueblo y los alrededores, el banco y la cárcel,
pero comíamos bien y bebíamos buen vino que robábamos de las bodegas,
unas veces pidiendo permiso pero sin pagar, y otras a punta de fusil. Los
oficiales miraban para otro lado. ¡Claro!,
ellos se instalaban en la mejor casa del pueblo y se hacían traer de todo, hasta chicas guapas.
Ya
en abril nos llevaron a Madrid para participar en el desfile de la victoria.
Estuvimos cinco días y luego nos separaron. A la mitad de mi centuria nos
trasladaron a Calahorra (Logroño). Dormíamos en un almacén de frutas, todo para
nosotros. Hacíamos guardias por el pueblo y robábamos fruta en los huertos.
Muchos días nos llevaban, formados por la carretera hasta un pueblo llamado San
Adrián, donde nos bañábamos en el Ebro.
A
los que éramos de Santander y Bilbao nos llevaron a desfilar en el aniversario
de la toma de Bilbao. Allí dormíamos en unas escuelas y comíamos y bebíamos
espléndidamente. Tanto que algunos de nosotros cogíamos la comida de soldados
que no se presentaban a comer y la repartíamos entre algunas familias del
barrio que estaban muertos de hambre. Sin que se enteraran los oficiales, claro.
Que Dios me perdone, pensaba yo, por lo que había robado en otros lugares.
Transcurrían
los meses de julio y agosto de 1939. Al fin se disolvió la primera división de
Navarra, a la que pertenecía mi centuria, y nos volvieron a repartir por otros
lugares de España.
A
mí me mandaron a Burgos, al Regimiento de Infantería número 22 y allí estuve
hasta el día 25 de noviembre de 1939 en que me licenciaron por serme concedido
el beneficio de Prórroga de Primera Clase.
Dos
días después llegué a mi pueblo y empecé a trabajar en las tierras de la
familia y en el taller de carpintería. Un año después quise independizarme y
compré una máquina de carpintero para dedicarme a este oficio. Había aprendido
mucho con mi padre y me pareció una buena manera de ganarme la vida, aunque
también seguía ayudando con las fincas. Bajaba a trabajar a Mataporquera
pero seguía viviendo en Hormiguera. Hasta que me eché una novia bien guapa y
bien lista llamada Marina, y con la que me casé y …
…
aquí empieza la postguerra, y ¡eso es otra historia!
Seve (1920-2013)
Quinta
del biberón 1938
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