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Recuerdos. Ideas y escenas de una vida. |
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Las
cuevas de Altamira.
El día que visité la neo
cueva de Altamira y mientras todo el mundo miraba hacia arriba, yo, durante un
momento, cerré los ojos y recordé la primera vez que vi la cueva auténtica.
Debía tener unos ocho años.
La puerta era una reja de
hierro oxidada con un candado. El anciano que nos abrió – que no debía ser tan
anciano, pero a mí me lo parecía- entró el primero, encendió la luz y empezó a
bajar con la cola de niños tras de sí. Por la derecha de los resbaladizos
escalones había un cable en el suelo con una bombilla cada ocho o diez metros.
Mirábamos al suelo, claro. Y nos apoyábamos en las paredes, y todos gritaban.
Llegamos a una sala grande
con una gran roca en el centro. El guía nos hizo parar. Enfocó su potente
linterna hacia el techo y todos miramos. De repente se hizo un estremecedor
silencio. Qué miedo. Parecían de verdad. Parecía que estaban vivos. Además el
guía comenzó a mover la linterna, y las sombras de las rocas se movían. Pensé
en salir corriendo.
Pero nadie se movió.
Aquello era fascinante. ¿Cuántos miles de años dice que tienen? ¡Si que pintaban bien!.
Siempre he tenido este recuerdo grabado en algún rinconcito de mi memoria. Y
ahí sigue.
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Las
nevadas de mi infancia.
Actualmente es raro que
nieve tanto como hace cincuenta años. Yo recuerdo nevadas impresionantes cuando
era niño. Tanto que no se podía salir de casa en días. O que salíamos a la
calle por las ventanas del primer piso y a pie plano. Si la nieve estaba dura y
helada no te hundías. También recuerdo que para ir a misa los domingos, los
hombres del pueblo iban media hora antes y hacían un túnel en la nieve para
acceder a la puerta.
Yo iba a la escuela a dos
quilómetros de mi casa. Más de un día fui el único en llegar. Ni el maestro
salía de casa, y eso que vivía al lado. Y también recuerdo cuando iba con mi
padre al bosque a buscar un árbol de navidad. Cortábamos una rama de un árbol
grande, nunca cortábamos el árbol entero. Y si difícil lo teníamos para llegar
allí, más difícil era volver a casa cargados con el arbolito. Montaña abajo, a
veces andando, a veces bajando de culo hasta que un árbol te paraba. Llegábamos
calados, y congelados, pero ¡qué emocionante era aquello!.
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Las máquinas de la
Robla.
Aquellos monstruos de hierro que resoplaban
por arriba y por abajo, que tiraban un humo negro con carbonilla y si habías
tendido la ropa, ya podías volver a lavarla, pasaban justo por debajo de mi
casa. Aceleraban porque acababan de salir de la estación, y pitaban para avisar
de su partida, y hacían cha-ca-cha porque las vías
tenían juntas de dilatación muy separadas
y padecían el enorme peso de los diez o quince vagones que soportaban, y
todo ello al unísono sonaba como un terremoto que durante unos minutos, te dejaba anclado, estupefacto y por
supuesto sordo.
Ahí,
en la máquina, iba mi tio Matías. Atizando la
caldera, controlando los manómetros de presión y preparando la puchera para
comer al llegar a Bilbao. El viaje duraba todo el día, desde La Robla. Pero no
siempre hacía viajes largos, a veces se quedaba en Mataporquera
con la máquina pequeña –como él decía- para hacer maniobras. Esto consistía en
pasar vagones de una vía a otra, preparándoles para el próximo convoy. O pasando
vagones del ferrocarril de vía estrecha a la Renfe. Empezaba a hacer maniobras
a las seis de la mañana y cada vez que la maniobra le llevaba hasta debajo de
mi casa, paraba la máquina, saltaba a la carretera y se metía en la cantina del
Gurugú para pegarse un lingotazo de orujo. Esto cada
media hora, así que a las nueve de la mañana, después de unos cuantos tragos,
la máquina ya debía ir sola. Eso sí, pienso yo que él debía ir caliente. Aunque
tengo que decir que nunca le vi borracho, por más que bebiera.
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