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  Decía mi abuelo ...

 

                      … y lo decía con gracia.

 

 

 

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Las historias de mi abuelo.

“Para saber a dónde vas, es imprescindible saber de dónde vienes. Si conoces el pasado, entenderás el presente, y con suerte y sabiduría podrás intuir el futuro.”

 

Cosas como éstas –quizás con otras palabras- me explicaba mi abuelo cuando yo era niño. Pero no en plan rollo, como mi profesor de filosofía, no. Él me explicaba una historia, en plan cuento de niños, y entre acontecimiento e incidente, entre relato y descripción, insertaba un pensamiento filosófico de lo más profundo. Quizás cuándo eres niño no te das cuenta, pero todo va quedando en tu interior, se va depositando en el fondo, como los posos del café. Y con el tiempo, cuando a vida te agita las ideas, o las circunstancias revuelven tus pensamientos, ¡zas! Aparece aquella historia, aquel pensamiento, aquella descripción y entonces te das cuenta de que aquello que sólo parecía un cuento, en realidad era toda una  lección de filosofía, de sociología, de historia, de ética, de ... Y todo en la universidad de mi abuelo, un hombre de lo más normal, de lo más humilde, pero ahora que lo pienso... ¡Que listo era!

Todo empezó cuando yo tenía unos ocho o diez años. Algunas tardes que yo no salía con mis amigos, iba a buscar a mi abuelo a la cantina, donde seguro que le encontraba con la pipa en la boca y contemplando el vasito de vino que por lo menos hacía durar una hora. Sentado en un banco junto a la ventana, apoyaba la barbilla en las manos que a su vez sujetaban la cachaba y pasaba horas "meditando" -como decía él.

La cantina era un local enorme con dos puertas de entrada y unos grandes ventanales. La barra iba de punta a punta y tras ella había una zona con una larga fila de cubas grandes. Algunas tenían etiquetas como moscatel o mistela, pero la mayoría eran de vino tinto, clarete, o blanco. Todas eran viejas y ennegrecidas por el paso de los años, la escasa higiene del local, el humo del tabaco y el hollín de las estufas. En otra zona más a la izquierda de la barra podían verse unas estanterías bastante rudimentarias con botellas de coñac, anís y otros licores que acostumbraba a demandar la clientela. En el centro de la barra, la cafetera. Un artefacto infernal que lanzaba chorros de vapor por un sin fin de tubos y rendijas, pero que tenia a los dueños de la cantina llenos de orgullo. No todos los bares podían permitirse una máquina como aquella. Hemos de pensar que acabamos de estrenar los años sesenta y estamos en un pueblo pequeño. Por cierto, mi pueblo se llama Mataporquera, que significa algo así como lugar de matas altas donde habitan muchos jabalíes.

Por las mañanas, hasta el medio día, los únicos clientes que tenía la cantina, eran señoras y ancianos que venían a llenar una garrafita o una botella de vino para llevar a casa. A partir del mediodía empezaba a llenarse. A la una sonaba la sirena de la fábrica y no pasaban ni cinco minutos que los primeros clientes llegaban a hacer el vermut. Bueno, ellos no decían hacer el vermut, decían “tomar unos blancos”, porque por la mañana se bebía blanco. Cuando estos marchaban a casa a comer ya llegaban los que habían comido. Entonces era la hora del café. Café y copa para los más estirados. A las tres sonaba nuevamente la sirena de la fábrica y volvía a quedar la cantina desierta. Hasta las seis o las siete no volvía a tener clientes. Era la hora de los “chatos”. Vasitos de vino tinto o clarete que no paraban de servir hasta la hora de cenar. Obreros, jubilados, jóvenes, pero nunca mujeres, eso no, estaba muy mal visto. A veces alguna forastera de la capital se atrevía a acompañar a los hombres, pero todos la miraban mal, y si era joven y guapa, la miraban demasiado. Era algo inusual, raro, y ya no digamos si se le ocurría pedir coca cola o algún otro brebaje extraño que no fuera vino o cerveza.

Mi abuelo bajaba a las seis o las siete - en esta época ya estaba jubilado- y solía quedarse hasta la hora de cenar que era hacia las nueve.  

Yo iba a ver si me daba dos reales para comprarme pipas o regaliz. No siempre me los ofrecía y yo no osaba pedírselos, pero le ponía cara de necesidad y a veces me los daba. Si me quedaba con él un rato, al final decía “venga chaval, vamos a dar un paseo hasta el rio que la cantina no es sitio para ti”.  Y nos íbamos buscando la sombra en verano y el sol si era invierno, hasta la orilla del arroyo que baja de Hormiguera para echar sus aguas en el Camesa que más tarde las llevará al Pisuerga.

Cruzábamos las vías del ferrocarril de La Robla mirando a ambos lados porque las máquinas de vapor continuamente hacían maniobras y cambiaban vagones de una vía a la otra. Era peligroso, pero con el ruido que hacían aquellas andróminas era fácil verlas y oírlas. El paso tenia barreras que bajaba o subía el “guardabarreras” continuamente.  Después cruzábamos las vías del ferrocarril de la Renfe. Estas eran otra cosa. Tenían catenaria y las máquinas eran eléctricas o de gasoil. Todo seguido pasábamos el puente del rio y seguíamos la carretera que bordea los prados hasta llegar a un camino que sube por la ladera de la montaña serpenteando paralelo al arrollo que baja de Hormiguera. Este era nuestro paseo. Por la carretera raramente pasaban coches particulares -había muy pocos- solo algún taxi -en el pueblo había tres-, algún camión pequeño de los constructores, algún carro de vacas de los labradores y ganaderos, y sobre todo camiones grandes que cargaban cemento en la fábrica Alfa o carburo de la Unquinesa, las dos fábricas que había en el pueblo. Pero cuando salíamos de la carretera y cruzábamos la primera chopera, ya no se veía la civilización. Todo era naturaleza pura. Grandes árboles, prados verdes – en primavera amarillos por estar llenos de lirones- y el cantar del arroyo que salteaba las piedras con melodías diversas, según la cantidad de agua que llevaba. Allí nos sentábamos. Allí empezaba la mejor clase del día. O al menos, la única que yo escuchaba.



Lo primero era … “¡Ala chaval ! busca una piedra buena para afilar la navaja”. Mi abuelo siempre llevaba una navaja en el bolsillo que utilizaba frecuentemente, ya fuera para limpiar la pipa, cortar una cuerda, incluso para comer en casa, despreciando siempre los cuchillos de la cocina que decía que no cortaban. Y yo bajaba al arroyo y escogía un canto rodado de arenisca, como él me había enseñado. Luego me sentaba a su lado y mientras yo tiraba piedrecitas al arroyo y él afilaba pacientemente la navaja, yo escuchaba con suma atención lo que él tenía a bien contarme, ya fueran historias verídicas, adornadas, imaginadas o … yo que sé!

 

“Ahora me acordaba yo de un día, poco después de acabar la guerra, que un guardafrenos de la Robla trajo de León un saco de patatas …”  

¡ Ya empezaba ! Ahí va una historia. Atento, a ver si pillas el mensaje -o la moraleja, como él decía. Yo sabía que al final del cuento me preguntaría mi opinión y yo debía explicarle lo que había entendido, qué me parecían los hechos, y lo que aquella historia me enseñaba.

Historias como estas, que explico a continuación.

 

 

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HISTORIA 1   El estraperlo

 

Ayudar al prójimo siempre es un buen negocio, pero por si acaso, es mejor elegir bien al prójimo.

 

“Ahora me acordaba yo de un día, poco después de acabar la guerra, que un guardafrenos de la Robla que trabajaba conmigo, había comprado a un estraperlista  de León un saco de patatas y lo había escondido en el vagón de cola del tren que traía carbón de las minas de León y lo llevaba a los altos hornos de Bilbao. Le llaman el ferrocarril de la Robla, porque es de este pueblo de León de donde parte en dirección a Bilbao.

 

El caso es que al bajar del tren en Mataporquera, donde vivíamos,  se chocó de cara con la pareja de la guardia civil que al ver el saco quisieron saber qué contenía, quién se lo había dado, que haría con él, y un sinfín de preguntas más, que el pobre guardafrenos iba contestando con más desatino que acierto, pues el miedo de que le confiscaran el saco le quitaba el habla.

 

La verdad es que un saco de patatas, en aquellos días, no lo podía conseguir cualquiera. En el economato había muy pocas y como todo lo demás, había que apuntarlo en la cartilla de racionamiento, pues no se podía comprar todo lo que tú quisieras, aunque tuvieras dinero. Bueno, si tenías mucho dinero 

 

El caso es que yo, que también bajaba del tren en aquel momento, vi todo lo que ocurría y el hombre me dio pena. Lo estaba pasando muy mal. En un primer momento me hizo gracia, y pensé “a este le han pillado, este mes no comerá patatas”. Pero al pasar por su lado uno de los guardias civiles me miró fijamente y pronunció mi nombre. Me quedé sorprendido y en cierto modo temeroso, porque, aunque no tenía nada que ocultar, el hecho de que la guardia civil te llamara ya era para asustarse. Yo me paré y sin tener otra cosa que decir, pregunté:

-       ¿Cómo sabe mi nombre? ¡Yo no he hecho nada, eh!

-       ¿Tú no eres de Villallano? –me preguntó.

-       Pues sí. ¿Cómo lo sabe?

-       Porque yo conocía a tu padre. Trabajamos juntos en la mina de carbón de Barruelo. Y cuando él se murió de silicosis, yo cogí miedo y lo dejé. Y ahora ya ves, soy guardia civil, que aunque me sobre disciplina y hambre, al menos todo el mundo me respeta y siempre es mejor morir de un tiro que de una penosa enfermedad.

Mis temores se fueron disipando al notar en el guardia un cierto tono amistoso. Ahora que me fijaba e intentando imaginármelo sin el traje de guardia, creía recordar a un amigo que había visitado a mi padre en sus últimos días. Nos preguntamos por nuestras familias respectivas, y después de no muchas explicaciones le dije que el hombre al que interrogaban era vecino mío y que tenía cuatro hijas y la mujer enferma. Les expliqué que las patatas se las había dado un hermano suyo de León y que eran para que la familia pudiera comer algo el invierno que se acercaba. Le aseguré que era un buen hombre y que no las quería para venderlas, ni las había robado.

El caso es que se dirigió a  su compañero y le dijo:

-       Anda deja a este infeliz y vamos a mirar lo que descargan del tren.

Y acto seguido se alejaron despidiéndose de mí con un saludo poco militar.

 

Sin perder un segundo, el hombre del saco, salió del andén y entró en la estación. Yo, con más calma, hice lo mismo para salir por la parte de atrás hacia mi casa. Ni rastro del hombrecillo de las patatas, había pasado tanto miedo que ya debía de estar en casa, a pesar de lo que pesaba el saco.

 

Yo, que también trabajaba en el ferrocarril, aunque de revisor  y también venia de La Robla, no tenía mucha amistad con aquel hombre, pero si sabía que pasaba mucha necesidad y que su mujer estaba enferma, así que suponiendo que realmente era buena persona, quise aprovechar la suerte de conocer al guardia, para ayudarle, y mira, salió bien.

 

La prueba de que no me había equivocado, la tuve al cabo de unos días, cuando el hombre se presentó en mi casa con una cesta de mimbre llena de patatas.

Me dio las gracias por haberle ayudado y no permitió que le rechazara las patatas. La verdad es que a mí me vinieron muy bien porque después de la guerra pasábamos bastante hambre. No había ni qué comprar ni dónde comprar. Si tenías dinero podías buscar a algún estraperlista que te vendía lo que tenía, que normalmente tampoco era gran cosa, pero en este pueblo, con el cruce de los dos ferrocarriles y la fábrica había unos cuantos que se dedicaban a este negocio, y entre unos y otros siempre encontrabas algo.

-       Abuelo. ¿Qué es un estraperlista? Pregunté yo.

Pues es una persona que compra y vende cosas de contrabando. Contestó mi abuelo.  O sea que no las consigue legalmente.

Después de la guerra casi no había comida, las tierras no se habían podido cultivar, a veces  por falta de semillas otras veces porque los hombres habían muerto en la guerra y las familias no tenían ni vacas para arar, ni trigo para sembrar ni hombres para trabajar. Lo poco que había lo acaparaban los que mandaban y lo repartían en raciones pequeñas. Esto se llamaba el racionamiento, y te apuntaban en una cartilla lo que te llevabas cada mes. Ya no podías volver hasta el mes siguiente. Así que la gente se espabilaba como podía. Como nunca te daban carne, -por ejemplo- si la querías, buscabas un estraperlista que te la vendiera. A precios astronómicos, claro.  En general nos manteníamos con legumbres y trigo, alguna verdura de los huertos que cada uno cuidaba y sobre todo de patatas. Comíamos carne el día de navidad y poco más.

 

-       Oye. ¿Y a ti qué te parece que yo ayudara a aquel guardafrenos del saco de patatas? ¿Crees que hice mal? El saco de patatas no lo había robado, pero lo había conseguido en el estraperlo. ¿Tú que hubieras hecho?

 

No recuerdo lo que le contestaba en su interrogatorio final, quizás un “no sé”, por no pararme a pensar. Quizás un “lo mismo que tú”, por la admiración que le tenía. Pero escuchaba con suma atención la síntesis de la historia, cuando decía…

-       Si sabes que un hombre es bueno, trabajador y honrado lo lógico es que le ayudes, si tienes la oportunidad. Sólo has de tener en cuenta dos cosas. Una, que al hacerlo no hagas daño a terceras personas. Que por ayudar a un prójimo no perjudiques a otro. Y la segunda, que al ayudar a alguien no corras demasiados riesgos. Si te pillan ayudando a un contrabandista te pueden meter en la cárcel.

Así que ya sabes… Hay que ayudar al prójimo siempre que puedas, pero por si acaso, elige bien al prójimo.

 

 

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HISTORIA 2