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La responsabilidad de los dispositivos de salud mental en los trastornos de conducta. |
A
càrrec de la Sra. Marta Serra i el Sr. Francesc Vilà del Cassià Just.
Las
estadísticas de control de los programas de Salud Mental para adolescentes y
adultos jóvenes en nuestro país, arrojan un balance sorprendente: la consulta
moda es el trastorno de personalidad.
Es
el epígrafe utilizado para individuos que presentan efectivamente un traspaso
del límite en la vida personal y en los ámbitos familiar y comunitario.
Sujetos que rechazan las instituciones humanas y, en consecuencia, son
segregados del mundo de la educación y de los dispositivos de salud ambulatoria
u hospitalaria. Ellos no se
consideran locos, no subjetivan su malestar y, la angustia, repetidamente los
empuja a la actuación y a la impulsión.
Son
el poema del horror bárbaro, del horror inasimilable de la barbarie.
No
encuentran una institución a su medida y la clínica clásica no encuentra un rótulo
para clasificarlos, en su lugar una nebulosa de intentos invade los informes clínicos:
trastorno de conducta, caso límite, episodio impulsivo, pre-psicosis, desorden
agresivo en individuo psicopático, etc.…
¿Por
qué son inclasificables? Por qué la clínica clásica toma como punto de apoyo
para la determinación del diagnóstico a los síntomas -ya sean neuróticos -como
la duda y las ideas obsesivas, o la repugnancia sexual y los síntomas de
conversión histéricos- ya sean
psicóticos - como la vivencia de fragmentación corporal, el sentimiento de
intrusión en el pensamiento o las vivencias persecutorias del paranoico.
Los
síntomas son las puntas del iceberg que, emergiendo
muy a pesar de la voluntad yóica y consciente del individuo, testimonian
de una determinada estructuración del inconsciente, e implican una forma
concreta de “pensar” la vida y de ubicarse como ser viviente y sufriente en
el mundo. El síntoma provoca la consulta en tanto genera un enigma en quien lo
porta y le empuja - cuando el malestar es suficiente-
a buscar un saber que pueda desentrañar su sentido, su origen y, por
supuesto, su atenuación o desaparición.
El
trabajo con los síntomas es, por tanto, el
más conocido por los especialistas en Salud Mental y es, además, el que
permite también la obtención de un mayor beneficio subjetivo al paciente.
Pero
en los casos que nos ocupan, los inclasificables de la clínica, del único
malestar subjetivo y queja que podemos hablar es del que generan en los demás,
ellos no son portadores de preguntas sobre su ser y mucho menos sobre su
quehacer. Son sujetos que no logran constituir un síntoma, y en lugar de éste
lo que aparece es una evolución progresiva de ciertas conductas a la constitución
de una personalidad.
En
tanto carentes de síntomas, sus conductas son tomadas por fuera del
inconsciente, hasta el punto que, en ocasiones, es fácil quedarse pegado al único
discurso que emiten sobre las mismas, del tipo: “lo hago porque quiero…no me
importa nada”, etc., creándose así la idea de que esas conductas dependen de
la “voluntad” del sujeto, ósea son algo que podría a nivel consciente
controlar y evitar.
La
idea que queremos aportar y discutir con Uds. es que aplicando la sabiduría
popular, en estos casos, “las apariencias - como siempre- engañan”, el
inconsciente también está aquí implicado, pero bajo otra modalidad a la
habitual. Implicado, no por las formaciones del inconsciente que emergen sino
por las figuras oscuras del destino que se dibujan en sus actos.
Estos
individuos no saben porque hacen las cosas, pero tienen una conducta impulsiva -casi
siempre sin beneficio objetivable- en contra del bien que se les ofrece, en
contra de la humanización y culturización que los dispositivos proponen. Algo
oscuro les empuja de forma imperativa a demostrar que tienen algo de inhumano en
su constitución de ser viviente, de lo que nosotros concluimos que lo afectado,
lo que está profundamente enfermo es el sentimiento de la vida.
La
personalidad se construye por la articulación de las pulsiones que se portan y
las identificaciones que se incorporan, y constituye la respuesta específica
que cada uno obtiene a partir de, por un lado,
lo que sus mayores desearon
de él y para él, acompañado de
aquello que, a cambio, le ofrecieron como don de amor. La personalidad no es una
falta de saber, sino todo lo contrario, la personalidad implica una significación
de destino, una demostración del destino que el sujeto asume para sí a partir
de lo que fue para el Otro en su constitución.
El
inclasificable clasificado de trastorno de personalidad testimonia de un
desorden en la juntura más íntima del sentimiento de la vida. Él
responde a la cuestión de su existencia afirmando un destino en el que
imperativamente debe reconocerse como no humano, sin tener razón alguna para
desenchufarse de ese Otro, de todos esos Otros que le otorgan, una y otra vez,
la identidad de inhumano. El
trastornado del deseo de la vida en lugar haber encontrado un “tú eres vital
en mi falta, un “me haces falta”, encontró un “tú eres una molestia, un
error de la vida”.
Su
conducta sólo da cuenta de la imposibilidad de rectificar esa creencia de
destino una vez que ha roto anclajes con la infancia y sus personajes
principales, esto es, al inicio de la adolescencia. El imperativo sigue voceando
en su interior sin que sea capaz más que de actuarlo de forma repetitiva.
¿Qué
aparece como preámbulo a sus actos?
El
aburrimiento, el sentimiento de mortificación, la falta de deseo, la
interrogación sobre la identidad sexual.
De
ahí pasa, sin solución de continuidad, a la impulsión a realizar acciones que
muestren su indignidad: elige figurar irrisorias o siniestras de la
rebelión que vivifican a los de su entorno, otorgándoles la posibilidad de
ejercer de represores. Así que, frente a la incertidumbre sobre la propia
existencia recurre a vitalizar a algún Otro que quizás podría concluir por el
sujeto.
La
tarea común de educadores, trabajadores sociales, psiquiatras y psicoanalistas
con los inclasificables es, a nuestro parecer, la de dignificar su enfermedad
mental, favoreciendo que el sujeto pueda descolgarse del destino que la vida le
otorgó, que pueda ser capaz de “dejar caer su destino”, favoreciendo la
sintomatización.
Nuestra
tarea común implica también abandonar el discurso de la
impotencia para quizás, en muchas ocasiones quedarnos sólo en el de la
imposibilidad.
Porque impotencia implica que no hay energía capaz de lograr modificación alguna, posición que favorece la desvinculación subjetiva del profesional, mientras que la imposibilidad implica un “no conozco la vía adecuada para tratar el tema” que empuja a la investigación y la búsqueda de nuevas formas de abordaje, por fuera de la segregación y la creación de ghetos.