|
Reflexión sobre la inestabilidad actual de los equipos educativos y las diferencias que se crean entre educadores |
A
càrrec del Sr. Antoni Rubio.
El
Educador Social y dentro de su trabajo diario, ha de adecuar de forma continuada
su reflexión hacia posturas que sitúen, faciliten, mejoren y regularicen su
trabajo en pro de la población tanto infantil como adolescente que se está
atendiendo.
Esta
reflexión ha de ser crítica, objetiva y constructiva de forma que nos permita
sostener, mantener y solidificar el PEC (Proyecto Educativo de Centro), bajo
directrices organizativas que aseguran la existencia de un Equipo Educativo Estable.
No
podemos mantener un proyecto educativo sobre cimientos caducos y aposentados
sobre teorías poco realistas que esgrimen como emblema la frase: “ Yo tengo
experiencia... y la experiencia lo es todo “.
Cuando
hablo de experiencia, no me refiero a esa acumulación de realidades vividas
sobre el día a día y que se comparte y extrapola desinteresadamente al resto
del equipo educativo del centro, sino a la “experiencia” del Yo Educador -ego-,
que domina cualquier situación, espacio y/o conflicto pero que no tiene en
cuenta que cada niño es “ único “ y por ello tenemos la obligación de
acercarle nuestro “ saber hacer “ sin esperar de ellos que se integren en
nuestros “ modus operandi “. El trabajo diario nos demuestra que la “
experiencia “ nos facilita la función más metodológica y de elaboración,
pero no nos asegura, que el niño nos faculte para la función educativa. La
autoridad técnica o capacitación que nos concede el menor va más allá de la
propia experiencia; es el resultado de una relación al mismo nivel, en el que
el educador, ya sea por empatía, simpatía o compresión, es capaz de sentarse
al lado para escuchar que es lo que realmente necesita el niño y vehiculizar
aquello que no puede o que no es capaz de expresar mediante la palabra.
La
suerte de haber trabajado en diferentes centros, me ha permitido observar y
comentar con el resto de compañeros, la existencia de una situación
generalizada, que no sólo dificulta un trabajo responsable y profesional, sino
que anula, en muchos de los casos, una atención y una actuación plenamente
educativa con los menores y adolescentes.
Todo
el proceso de movilidad profesional que existe en el campo de la educación
social, está provocando un cambio constante entre los equipos educativos de los
diferentes centros. Este proceso genera la formación de diferentes
posibilidades: educador de plantilla, educadores sin experiencia, pero
plenamente capacitados y educadores con experiencia en otros centros pero en
proceso de formación en el indicado.
Esta situación facilita un proceso de desconfianza que potencia la desautorización entre los educadores en la intervención directa con el menor, dificultando y desestructurando la tarea educativa. El centro ha de tener la capacidad de prever y coordinar todo un proceso global que premita al educador entrante, conocer toda la estructura organizativa, educativa, normativa y personal que conforma el centro, siendo dirección el eje vertebrador de toda la información.
De
la misma manera, es también responsabilidad de dirección, capacitar de
autoridad a cualquier educador aceptado, frente al resto del equipo. Es en la
profesionalización y en la reflexión de todo el equipo, donde se sustenta el
trabajo educativo que se lleva a cabo diariamente.