13. Paulino
MASIP (La
Granadella, Lérida, 1899 - Cholula, México, 1963), El diario de
Hamlet García, México, Imp. Manuel León Sánchez, 1944.
Y mira por dónde hemos llegado a la
que considero una de las mejores novelas españolas en lengua castellana
de este siglo: El diario de Hamlet García (1944), de Paulino Masip.
¿Sorprendida? Pues figúrate yo de decirlo y escribirlo.
Antes de la guerra, Paulino Masip se dedicó
al periodismo en Madrid (fue colaborador de Ahora, El Sol y La
Voz, diario este último del que sería director). En 1932 y 1936
estrenó dos comedias teatrales intrascendentes (La frontera y El
báculo y el paraguas). Durante la guerra fue editorialista y editor
técnico de La Vanguardia de Barcelona, colaborando activamente en
pro de la causa republicana. En 1939 se exilió a México. Allí
se gana la vida como comentarista cinematográfico y guionista de más
de cincuenta películas, a juzgar por Román Gubern. Fue también
asiduo colaborador de las revistas del exilio mexicano (Romance, España
Peregrina, Litoral, Las Españas), y publicó algunos
libros (dos obras de teatro: El hombre que hizo un milagro, 1944, y El
emplazado, 1955; dos novelas: El diario de Hamlet García, 1944,
y La aventura de Marta Abril, 1953; y tres volúmenes de relatos:
Historias de amor, 1943, De quince llevo una, 1949, y La trampa,
1954).
No he podido ver la segunda de sus dos obras
teatrales publicadas en el exilio, pero mi impresión es que El diario
de Hamlet García aparece como un monumental oasis en medio de su producción
narrativa. Por de pronto, es la novela de un hombre poderosamente inteligente,
Paulino Masip, y surgida a raíz de una experiencia extraordinariamente
singular: la guerra civil española.
Ya dijo Sender en unos comentarios publicados
hace años en la revista Ínsula, que no había que esperar
demasiado de las obras sobre la guerra civil publicadas en el exilio. Y no le
faltaba razón a Sender, ni coherencia. Y es que la guerra, civil o no,
es una experiencia inasimilable. Sin embargo, puede que haya excepciones, y
la novela de Masip es una de ellas.
No voy a comentarte la novela, cosa que
me llevaría bastante trabajo. Ahora bien, te advierto que es una novela
difícil, muy difícil. Incluso puede resultarle difícil
a un lector experimentado. Habrás visto que, hasta ahora, he tratado de
elegir obras de más o menos asequible lectura, adecuadas al lector ocasional,
sin pretensiones y apresurado, como conviene al lector de hoy. Pero la novela
de Masip es una excepción. Ahora bien, la dificultad no está ni en
el vocabulario ni en que tenga una construcción particularmente extravagante.
Al contrario, es una novela lineal, sin aparentes dificultades formales (eso
sí, con escasos diálogos y largos y densos párrafos). La dificultad
está en otra parte: está en que es la novela de una experiencia —como
te he dicho antes— muy singular. Lo cual se dice rápido. Y una novela
con pocas concesiones al lector que busca el placer de leer por leer y que amenicen
la lectura. En este aspecto, y a pesar de estar impecablemente bien escrita,
es una novela dura de leer. Si la etiqueta «novela intelectual» no
estuviera tan desprestigiada —y aplicada tantas veces tan fuera de lugar—,
no dudaría en calificar el libro de Masip como de novela rigurosamente
intelectual: escrita a pelo con inteligencia y dirigida, pura y dura y sin concesiones,
a la inteligencia del lector. Sin embargo, creo que merece la pena hacer un
esfuerzo y leer esta novela, una de las mejores —si no la mejor—
de este siglo, y, desde luego, sobre la guerra civil.
Por si todo esto fuera poco, El hombre
que hizo un milagro (Farsa en cuatro actos, el segundo dividido en tres cuadros)
(México, Editorial Atlante, 1944), es una soberbia y desconocidísima
obra de teatro, y no exagero un ápice si digo que es una de las mejores
que he leído. Te la recomiendo también vivamente.