
Presentación
La Ciencia es una actividad humana. Pocas veces esta aserción tan
evidente sintetiza tan brevemente la controversia que suscita un libro como
el presente y su autor, Halton Arp. Las teorias científicas elaboran
modelos de la realidad, construidos a partir de las evidencias observacionales
y capaces de efectuar predicciones observables y por tanto están
sujetas al tamiz inapelable de la experimentación. Pero estos modelos,
en principio asépticos y objetivos, son obra de hombres y mujeres
que en muchas ocasiones dedican la mejor y mayor parte de su vida y sus
esfuerzos a construirlos y darles solidez. Estos científicos viven
de presupuestos ajustados que se les otorgan en función de sus resultados;
tienen alumnos a los que guian en sus investigaciones y cuya promoción
depende del éxito de sus maestros; tienen su ética y su estética;
son seres sociales; son personas. Sus teorias, sus modelos, no son entes
matemáticos fríos y no están dispuestos a tirarlos
a la papelera a las primeras de cambio. Trabajan en ellos pero también
creen en ellos, a veces por conveniencia pero otras por razones estéticas
y las más por una íntima convicción de seguir el camino
correcto, avalado por los resultados de otros colegas; estamos ante los
"paradigmas" que según T.S. Kuhn mueven el progreso de
la Ciencia. Cuando aparecen resultados o argumentaciones que parecen hacer
peligrar el paradigma la reacción es a menudo inesperada. Astrólogos,
futurólogos, parapsicólogos i otros parecidos 'ólogos'
no generan en la comunidad científica inquietud alguna; más
bien sonrisas o desdén. Pero cuando alguien con una sólida
formación científica, autor de trabajos seminales en el campo
de la astrofísica extragaláctica, con un curriculum profesional
impecable y que utiliza concienzudamente el método científico
y los canales sólidamente establecidos de comunicación de
los resultados, como es el caso de Halton Arp, plantea objeciones al paradigma
bien establecido, la comunidad científica no siempre reacciona con
el rigor y espirítu crítico que seria de esperar.
El Big Bang, la teoría de que el Universo (todo lo que en el existe,
incluyendo espacio y tiempo) comenzó hace entre 10 y 20 mil millones
de años en una gran explosión, es uno de los grandes paradigmas
científicos del presente siglo. La evidencia en su favor és
sólida y sus predicciones se han confirmado experimentalmente, sobre
todo en lo que concierne a la abundancia de los elementos químicos
y, especialmente, la radiación de fondo de 2,7 grados Kelvin. Precisamente
la observación de pequeñas fluctuaciones en la homogeneidad
de esta radiación de fondo ha llevado recientemente al Big Bang a
ser el foco de atención de los medios. Cabe decir que la observación
de estas fluctuaciones no es, estrictamente hablando, una confirmación
experimental del Big Bang, sino que más bien aleja de él (y
de cualquier otro modelo cosmológico) el quebradero de cabeza que
suponia no poder explicar el origen de las galaxias. En cualquier caso el
Big Bang goza de una buena reputación como paradigma. El número
de "creyentes" es elevadísimo y solo tres "herejes"
de peso (y su escaso número de colaboradores) cuestionan, más
o menos explícitamente, el modelo: un reputado teórico, Fred
Hoyle, un prestigioso teórico-observador, Geoffrey Burbidge, y un
experimentado observador, Alton Harp, el autor del libro que nos ocupa.
A decir verdad Arp, en tanto que observador, no cuestiona explícitamente
el Big Bang (aunque la interpretación que hace de sus observaciones
si lo hace). Formado en Harvard y Caltech, Arp era hasta bien entrados los
sesenta uno de los astrónomos mejor situados en el "ranking"
astronómico internacional. Por aquellos años se acababan de
descubrir los quasares y, con la interpretación usual de que el corrimiento
al rojo en sus espectros está directamente relacionado con su distancia
se empezó a pensar que los quasares eran núcleos de galaxias
extraordinariamente activas y lejanas. También por entonces Arp comenzó
su trabajo en lo que después sería una pieza básica
de la astronomía extragaláctica, el Atlas de Galaxias Peculiares.
En este trabajo comenzó a hallar indicios de asociaciones significativas
de estas galaxias, cercanas, con quasars, que se creen lejanos; los corrimientos
al rojo de los espectros de galaxias i quasares aparentemente relacionados
resultaban ser muy diferentes. La interpretación oficial era que
la asociación era aparente; Arp creia en su realidad. Su situación
en el "ranking" cayó espectacularmente y lo continuó
haciendo a medida que continuó su trabajo en la dirección
de investigar la existencia de lo que serían corrimientos al rojo
no debidos a la velocidad. Pese a la oposición de directores y comités
de asignación de tiempo de observatorios siguió observando;
pese a la oposición de editores y "referees" siguió
publicando. A mediados de los ochenta se le vetó en los grandes observatorios
norteamericanos. Se exilió a Europa, a una institución tan
poco sospechosa de heterodoxia científica como el Max Planck Institut
alemán y ha continuado su trabajo en la misma dirección.
Arp es una piedrecita en el cómodo zapato que se ha ido forjando
la cosmologia moderna. Todo parece ir cuadrando; incluso las objeciones
que parecen levantar las observaciones de Arp parecen posibles de explicar
en el marco de la ortodoxia. Pero a cualquier astrónomo que lleve
años trabajando en cosmologia, con docenas de artículos publicados,
de tesis dirigidas, de proyectos de investigación a las espaldas,
le pone los pelos de punta la posibilidad de que Markarian 205 y NGC 4319
estén físicamente conectados (capítulo 3); de que el
brazo espiral que sale de NGC 7603 acabe realmente en la pequeña
galaxia compañera (capítulo 5); de que los corrimientos al
rojo estén realmente cuantizados (capítulo 7); de que la galaxia
en formación descubierta en Virgo esté relacionada con el
quasar 3C 273 (capítulo 12). Sea como fuere, en la ciencia deberia
primar el juego limpio y no la pequeña paranoia a dos bandas que
se ha generado entre la inmensa mayoria partidaria del Big Bang (respaldada
en el prestigio ganado por el modelo a base de años de contrastación
teórico-experimental) y una pequeña minoria que, aún
utilizando los mismas herramientas profesionales que sus colegas se siente
(y en realidad a veces es) perseguida por el status quo. Cuando otros sectores
de la actividad intelectual como artistas o filósofos admiten y dan
cabida en sus círculos, medios y academias a los díscolos
o heterodoxos no parece hablar mucho en favor de la comunidad astronómica
el negarle a un ilustre colega, por obsesionado o molesto que parezca, el
pan y la sal de su actividad. Aunque solo sea por no convertir en un Galileo
a quien, o quienes, probablemente no sean más que piedrecitas en
el zapato. Por bien que a veces las piedras acaben siendo más fuertes
que el zapato. Que el lector interesado juzgue...i disfrute.
Manuel Sanromà