Juan Salvador Gaviota:
un relato
Segunda Parte
Primera parte
De modo que
esto es el cielo, pensó, y tuvo que sonreírse. No era
muy respetuoso analizar el cielo justo en el momento en
que uno está a punto de entrar en él.
Al venir de la Tierra por encima de las nubes y en
formación cerrada con las dos resplandecientes gaviotas,
vió que su propio cuerpo se hacía tan resplandeciente
como el de ellas.
En verdad, allí estaba el mismo y joven Juan Gaviota, el
que siempre había existido detrás de sus ojos dorados,
pero la forma exterior había cambiado.
Su cuerpo sentía como gaviota, pero ya volaba mucho
mejor que con el antiguo. ¡Vaya, pero si con la mitad
del esfuerzo, pensó, obtengo el doble de velocidad, el
doble de rendimiento que en mis mejores dias en la
Tierra!
Brillaban sus plumas, ahora de un blanco resplandeciente,
y sus alas eran lisas y perfectas como láminas de plata
pulida. Empezó, gozoso, a familiarizarse con ellas, a
imprimir potencia en estas nuevas alas.
A trescientos cincuenta kilómetros por hora le pareció
que estaba logrando su máxima velocidad en vuelo
horizontal. A cuatrocientos diez pensó que estaba
volando al tope de su capacidad, y se sintió ligeramente
desilusionado. Había un límite a lo que podía hacer
con su nuevo cuerpo, y aunque iba mucho más rápido que
en su antigua marca de vuelo horizontal, era sin embargo
un límite que le costaría mucho esfuerzo mejorar. En el
cielo, pensó, no debería haber limitaciones.
De pronto se separaron las nubes y sus compañeros
gritaron:
-Feliz aterrizaje, Juan -y desaparecieron sin dejar
rastro.
Volaba encima de un mar, hacia un mellado litoral. Una
que otra gaviota se afanaba en los remolinos entre los
acantilados. Lejos, hacia el Norte, en el horizonte
mismo, volaban unas cuantas mas. Nuevos horizontes,
nuevos pensamientos, nuevas preguntas. ¿Por qué tan
pocas gaviotas? ¡El paraíso debería estar lleno
de gaviotas! ¿Y por qué estoy tan cansado de pronto?
Era de suponer que las gaviotas en el cielo no deberían
cansarse, ni dormir.
¿Dónde había oído eso? El recuerdo de su vida en la
Tierra se le estaba haciendo borroso. La Tierra había
sido un lugar donde había aprendido mucho, por supuesto,
pero los detalles se le hacían ya nebulosos; recordaba
algo de la lucha por la comida, y de haber sido un
Exilado.
La docena de gaviotas que estaba cerca de la playa vino a
saludarle sin que ni una dijera una palabra. Sólo
sintió que se le daba la bienvenida y que esta era su
casa. Había sido un gran día para él, un día cuyo
amanecer ya no recordaba.
Giró para aterrizar en la playa, batiendo sus alas hasta
pararse un instante en el aire, y luego descendió
ligeramente sobre la arena. Las otras gaviotas
aterrizaron tambien, pero ninguna movió ni una pluma.
Volaron contra el viento, extendidas sus brillantes alas,
y luego, sin que supiera él cómo, cambiaron la
curvatura de sus plumas hasta detenerse en el mismo
instante en que sus pies tocaron tierra. Había sido una
hermosa muestra de control, pero Juan estaba ahora
demasiado cansado para intentarlo. De pie, allí en la
playa, sin que aún se hubiera pronunciado ni una sola
palabra, se durmió.
Durante los proximos días vió Juan que había aquí
tanto que aprender sobre el vuelo como en la vida que
había dejado. Pero con una diferencia. Aqui había
gaviotas que pensaban como él. Ya que para cada una de
ellas lo más importante de sus vidas era alcanzar y
palpar la perfección de lo que más amaban hacer: volar.
Eran pájaros magníficos, todos ellos, y pasaban hora
tras hora cada día ejercitándose en volar, ensayando
aeronáutica avanzada.
Durante largo tiempo Juan se olvidó del mundo de donde
había venido, ese lugar donde la Bandada vivía con los
ojos bien cerrados al gozo de volar, empleando sus alas
como medios para encontrar y luchar por la comida. Pero
de cuando en cuando, sólo por un momento, lo recordaba.
Se acordó de ello una mañana cuando estaba con su
instructor mientras descansaba en la playa después de
una sesión de toneles con ala plegada.
-¿Dónde están los demás, Rafael? -preguntó en
silencio, ya bien acostumbrado a la cómoda telepatía
que estas gaviotas empleaban en lugar de graznidos y
trinos-. ¿Por qué no hay más de nosotros aquí? De
donde vengo había...
-... miles y miles de gaviotas. Lo sé. -Rafael movió su
cabeza afirmativamente-. La única respuesta que puedo
dar, Juan, es que tú eres una gaviota en un millón. La
mayoría de nosotros progresamos com mucha lentitud.
Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual,
olvidando en seguida de donde habíamos venido, sin
preocuparnos hacia donde íbamos, viviendo solo el
momento presente. ¿Tienes idea de cuántas vidas debimos
cruzar antes de que lográramos la primera idea de que
hay mas en la vida que comer, luchar. o alcanzar poder en
la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez mil! Y luego cien
vidas más hasta que empezamos a aprender que hay algo
llamado perfección, y otras cien para comprender que la
meta de la vida es encontrar esa perfección y
reflejarla. La misma norma se aplica ahora a nosotros,
por supuesto: elegimos nuestro mundo venidero mediante lo
que hemos aprendido de éste. No aprendas nada, y el
próximo será igual que éste, con las mismas
limitaciones y pesos de plomo que superar.
Extendió sus alas y volvió su cara al viento.
-Pero tú, Juan -dijo-, aprendiste tanto de una vez que
no has tenido que pasar por mil vidas para llegar a esta.
En un momento estaban otra vez en el aire, practicando.
Era difícil mantener la formación cuando giraban para
volar en posición invertida, puesto que entonces Juan
tenía que ordenar inversamente su pensamiento, cambiando
la curvatura, y cambiándola en exacta armonía con la de
su instructor.
-Intentemos de nuevo -decía Rafael una y otra vez-:
Intentemos de nuevo. -Y por fin-: Bien. -Y entonces
empezaron a practicar los rizos exteriores.
Una noche, las gaviotas que no estaban practicando vuelos
nocturnos se quedaron de pie sobre la arena, pensando.
Juan echó mano de todo su coraje y se acercó a la
Gaviota Mayor, de quien, se decía, iba pronto a
trasladarse más allá de este mundo.
-Chiang... -dijo, un poco nervioso.
La vieja gaviota le miró tiernamente.
-¿Si, hijo mío?
En lugar de perder la fuerza con la edad, el Mayor la
había aumentado; podía volar más y mejor que cualquier
gaviota de la Bandada, y había aprendido habilidades que
las otras sólo empezaban a conocer.
-Chiang, este mundo no es el verdadero cielo, ¿verdad?
El Mayor sonrió a la luz de la Luna.
-Veo que sigues aprendiendo, Juan -dijo.
-Bueno, ¿qué pasará ahora? ¿A dónde iremos? ¿Es que
no hay un lugar que sea como el cielo?
-No, Juan, no hay tal lugar. El cielo no es un lugar, ni
un tiempo. El cielo consiste en ser perfecto. -Se quedó
callado un momento-. Eres muy rápido para volar,
¿verdad?
-Me... me encanta la velocidad -dijo Juan, sorprendido,
pero orgulloso de que el Mayor se hubiese dado cuenta.
-Empezarás a palpar el cielo, Juan, en el momento en que
palpes la perfecta velocidad. Y esto no es volar a mil
kilómetros por hora, ni a un millón, ni a la velocidad
de la luz. Porque cualquier número es ya un límite, y
la perfección no tiene límites. La perfecta velocidad,
hijo mío, es estar alli.
Sin aviso, y en un abrir y cerrar de ojos, Chiang
desapareció y apareció al borde del agua, veinte metros
más allá. Entonces desapareció de nuevo y volvió en
una milésima de segundo, junto al hombro de Juan.
-Es bastante divertido -dijo.
Juan estaba maravillado. Se olvidó de preguntar por el
cielo.
-¿Cómo lo haces? ¿Qué se siente al hacerlo? ¿A qué
distancia puedes llegar?
-Puedes ir al lugar y al tiempo que desees -dijo el
Mayor-. Yo he ido donde y cuando he querido. -Miró hacia
el mar-. Es extraño. Las gaviotas que desprecian la
perfección por el gusto de viajar, no llegan a ninguna
parte, y lo hacen lentamente. Las que se olvidan de
viajar por alcanzar la perfección, llegan a todas
partes, y al instante. Recuerda, Juan, el cielo no es un
lugar ni un tiempo, porque el lugar y el tiempo poco
significan. El cielo es...
-¿Me puedes enseñar a volar asi? -Juan Gaviota temblaba
ante la conquista de otro desafío.
-Por supuesto, si es que quieres aprender.
-Quiero. ¿Cuándo podemos empezar?
-Podríamos empezar ahora, si lo deseas.
-Quiero aprender a volar de esa manera -dijo Juan, y una
luz extraña brilló en sus ojos-. Dime qué hay que
hacer.
Chiang habló con lentitud, observando a la joven gaviota
muy cuidadosamente.
-Para volar tan rápido como el pensamiento y a cualquier
sitio que exista -dijo-, debes empezar por saber que ya
has llegado...
El secreto, según Chiang, consistía en que Juan dejase
de verse a sí mismo como prisionero de un cuerpo
limitado, con una envergadura de ciento cuatro
centímetros y un rendimiento susceptible de
programación. El secreto era saber que su verdadera
naturaleza vivía, con la perfección de un número no
escrito, simultáneamente en cualquier lugar del espacio
y del tiempo.
Juan se dedicó a ello con ferocidad, día tras día,
desde el amanecer hasta después de la medianoche. Y a
pesar de todo su esfuerzo no logró moverse ni un
milímetro del sitio donde se encontraba.
-¡Olvídate de la fe! -le decía Chiang una y otra vez-.
Tú no necesitaste fe para volar, lo que necesitaste fue
comprender lo que era el vuelo. Esto es exactamente lo
mismo. Ahora intentalo otra vez...
Así un día, Juan, de pie en la playa, cerrado los ojos,
concentrado, como un relámpago comprendió de pronto lo
que Chiang habíale estado diciendo.
-¡Pero si es verdad! ¡Soy una gaviota perfecta y
sin limitaciones! -Y se estremeció de alegría.
-¡Bien! -dijo Chiang, y hubo un tono de triunfo en su
voz.
Juan abrió sus ojos. Quedó solo con el Mayor en una
playa completamente distinta; los árboles llegaban hasta
el borde mismo del agua, dos soles gemelos y amarillos
giraban en lo alto.
-Por fin has captado la idea -dijo Chiang-, pero tu
control necesita algo mas de trabajo...
Juan se quedó pasmado.
-¿Dónde estamos?
En absoluto impresionado por el extraño paraje, el Mayor
ignoró la pregunta.
-Es obvio que estamos en un planeta que tiene un cielo
verde y una estrella doble por sol.
Juan lanzó un grito de alegría, el primer sonido que
haba pronunciado desde que dejara la Tierra:
-¡RESULTO!
-Bueno, claro que resultó, Juan. Siempre resulta cuando
se sabe lo que se hace. Y ahora, volviendo al tema de tu
control...
Cuando
volvieron, había anochecido. Las otras gaviotas, miraron
a Juan con reverencia en sus ojos dorados, porque le
habían visto desaparecer de donde había estado plantado
por tanto tiempo.
Aguantó sus felicitaciones durante menos de un minuto.
-Soy nuevo aqui. Acabo de empezar. Soy yo quien debe
aprender de vosotros.
-Me pregunto se eso es cierto, Juan -dijo Rafael, de pie
cerca de él-. En diez mil años no he visto una gaviota
con menos miedo de aprender que tú. -La Bandada se
quedó en silencio, y Juan hizo un gesto de turbación.
-Si quieres, podemos empezar a trabajar con el tiempo
-dijo Chiang-, hasta que logres volar por el pasado y el
futuro. Y entonces, estarás preparado para empezar lo
más difícil, lo más colosal, lo más divertido de
todo. Estarás preparado para subir y comprender el
significado de la bondad y el amor.
Pasó un mes, o algo que pareció un mes, y Juan
aprendía con tremenda rapidez. Siempre había sido veloz
para aprender lo que la experiencia normal tenía para
enseñarle, y ahora, como alumno especial del Mayor en
Persona, asimiló las nuevas ideas como si hubiera sido
una supercomputadora de plumas.
Pero al fin llegó el día en que Chiang desapareció.
Había estado hablando calladamente con todos ellos,
exhortándoles a que nunca dejaran de aprender y de
practicar y de esforzarse por comprender más acerca del
perfecto e invisible principio de toda vida. Entonces,
mientras hablaba, sus plumas se hicieron más y más
resplandecientes hasta que al fin brillaron de tal manera
que ninguna gaviota pudo mirarle.
-Juan -dijo, y estas fueron las últimas palabras que
pronunció-, sigue trabajando en el amor.
Cuando pudieron ver otra vez, Chiang había desaparecido.
Con el pasar de los días, Juan se sorprendió pensando
una y otra vez en la Tierra de la que había venido. Si
hubiese sabido allí una décima, una centésima parte de
lo que ahora sabía, ¡cuanto más significado habría
tenido entonces la vida! Quedóse allí en la arena y
empezó a preguntarse si habría una gaviota allá abajo
que estuviese esforzándose por romper sus limitaciones,
por entender el significado del vuelo más allá de una
manera de trasladarse para conseguir algunas migajas
caídas de un bote. Quizás hasta hubiera un Exilado por
haber dicho la verdad ante la Bandada. Y mientras más
practicaba Juan sus lecciones de bondad, y mientras más
trabajaba para conocer la naturaleza del amor, más
deseaba volver a la Tierra. Porque, a pesar de su pasado
solitario, Juan Gaviota había nacido para ser
instructor, y su manera de demostrar el amor era
compartir algo de la verdad que había visto, con alguna
gaviota que estuviese pidiendo sólo una oportunidad de
ver la verdad por sí misma.
Rafael, adepto ahora a los vuelos a la velocidad del
pensamiento y a ayudar a que los otros aprendieran,
dudaba.
-Juan, fuiste Exilado una vez. ¿Por qué piensas ahora
que alguna gaviota de tu pasado va a escucharte ahora? Ya
sabes el refran, y es verdad: Gaviota que ve lejos,
vuela alto. Esas gaviotas de donde has venido se lo
pasan en tierra, graznando y luchando entre ellas. Están
a mil kilómetros del cielo. ¡Y tú dices que quieres
mostrarles el cielo desde donde están paradas! ¡Juan,
ni siquiera pueden ver los extremos de sus propias alas!
Quédate aquí. Ayuda a las gaviotas novicias de aqui,
que están bastante avanzadas como para comprender lo que
tienes que decirles.
Se quedó callado un momento, y luego dijo:
-¿Qué habría pasado si Chiang hubiese vuelto a sus
antiguos mundos? ¿Dónde estarías tú ahora?
El último punto era el decisivo, y Rafael tenía razón.
Gaviota que ve lejos, vuelta alto.
Juan se quedó y trabajó con los novicios que iban
llegando, todos muy listos y rápidos en sus deberes.
Pero volvióle el viejo recuerdo, y no podía dejar de
pensar en que a lo mejor había una o dos gaviotas allá
en la Tierra que también podrían aprender. ¡Cuánto
más habría sabido ahora si Chiang le hubiese ayudado
cuando era un Exilado!
-Rafa, tengo que volver -dijo por fin-. Tus alumnos van
bien. Te podrán incluso ayudar con los nuevos.
Rafael suspiró, pero prefirió no discutir. -Creo que te
echaré de menos, Juan -fue todo lo que le dijo.
-¡Rafa, qué vergüenza! -dijo Juan reprochándole-.
¡No seas necio! ¿Qué intentamos practicar todos los
días? ¡Si nuestra amistad depende de cosas como el
espacio y el tiempo, entonces, cuando por fin superemos
el espacio y el tiempo, habremos destruido nuestra propia
hermandad! Pero supera el espacio, y nos quedará sólo
un Aqui. Supera el tiempo, y nos quedará sólo un Ahora.
Y entre el Aqui y el Ahora, ¿no crees que podremos
volver a vernos un par de veces?
Rafael Gaviota tuvo que soltar una carcajada.
-Estás hecho un pájaro loco -dijo tiernamente-. Si hay
alguien que pueda mostrarle a uno en la Tierra cómo ver
a mil millas de distancia, ése será Juan Salvador
Gaviota. -Quedóse mirando la arena-: Adiós, Juan, amigo
mío.
-Adiós, Rafa. Nos volveremos a ver. -Y con esto, Juan
evocó en su pensamiento la imagen de las grandes
bandadas de gaviotas en la orilla de otros tiempos, y
supo, con experimentada facilidad, que ya no era sólo
hueso y plumas, sino una perfecta idea de libertad y
vuelo, sin limitación alguna.
Pedro Pablo
Gaviota era aún bastante joven, pero ya sabía que no
había pájaro peor tratado por una Bandada, o con tanta
injusticia.
-Me da lo mismo lo que digan -pensó furioso, y su vista
se nubló mientras volaba hacia los Lejanos Acantilados-.
¡Volar es tanto más importante que un simple aletear de
aqui para alla! ¡Eso lo puede hacer hasta un... hasta un
mosquito! ¡Sólo un pequeño viraje en tonel
alrededor de la Gaviota Mayor, nada más que por
diversión, y ya soy un Exilado! ¿Son ciegos acaso? ¿Es
que no pueden ver? ¿Es que no pueden imaginar la gloria
que alcanzarían si realmente aprendiéramos a volar?
Me da lo mismo lo que piensen. ¡Yo les mostraré lo que
es volar! No seré más que un puro Bandido, si eso es lo
que quieren. Pero haré que se arrepientan...
La voz surgió dentro de su cabeza, y aunque era muy
suave, le asustó tanto que se equivocó y dio una
voltereta en el aire.
-No seas tan duro con ellos, Pedro Gaviota. Al
expulsarte, las otras gaviotas solamente se han hecho
daño a sí mismas, y un día se darán cuenta de ello; y
un día verán lo que tú ves. Perdónales y ayúdales a
comprender.
A un centímetro del extremo de su ala derecha volaba la
gaviota más resplandeciente de todo el mundo, planeando
sin esfuerzo alguno, sin mover una pluma, a casi la
máxima velocidad de Pedro.
El caos reino por un momento dentro del joven pájaro.
-¿Qué está pasando? ¿Estoy loco? ¿Estoy muerto?
¿Qué es esto?
Baja y tranquila continuó la voz dentro de su
pensamiento, exigiendo una contestación:
-Pedro Pablo Gaviota, ¿quieres volar?
-¡SI, QUIERO VOLAR!
-Pedro Pablo Gaviota, ¿tanto quieres volar que
perdonarás a la Bandada, y aprenderás, y volverás a
ella un día y trabajarás para ayudarles a comprender?
No había manera de mentirle a este magnífico y hábil
ser, por orgulloso o herido que Pedro Pablo Gaviota se
sintiera.
-Sí, quiero -dijo suavemente.
-Entonces, Pedro -le dijo aquella criatura
resplandeciente, y la voz fue muy tierna-, empecemos con
el Vuelo Horizontal...
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