El Cuervo Ingenuo

Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

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61 El gamo y la vocación

A un gamo de buena familia que se educaba con los jesuitas se le declaró muy tempranamente la vocación de ser rico, Su padre espiritual le aconsejó hacer un mes de ejercicios espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada fuera, a ver qué tal y le dijo que insistiera sobre todo en el juego del un, dos, tres de la segunda semana, a saber, un rey temporal, dos banderas y tres binarios, cosas que a primera vista parecen oscuras, pero que, al cabo de un mes, se sabe de qué van.
Así lo hizo el gamo y le pareció que el rey necesitaría siempre perras para su corte, lo mismo que su bandera para el aparato logística tan importante en las batallas modernas y, por fin, que él había dejado en afecto y en efecto los cien mil ducados de los binarlos, pero que seguía firme como un roble en su vocación de ser rico que le parecía que era la voluntad de Dios, ya que, al aplicar las reglas de discreción de espíritus, veía que tenía una gran experiencia de consolaciones cuando pensaba que era rico y unas extremas desolaciones al imaginarse pobre. Tanto insistió que el padre espiritual le dio su aprobación aunque con grandes remordimientos de conciencia; pero se consolaba pensando que el evangelio no decía que era imposible que los ricos entraran en el reino de los cielos, sino que sólo era más difícil que un camello entrara por el ojo de una aguja, y tal vez un camello deshuesado y lubricado pudiera entrar, ya que había oído un dicho popular que decía que con paciencia y con saliva se la metió el elefante a la hormiga.

62 Quejas de la culebra

A un programa de Radio La Aljorra abierto a las quejas de los vecinos acudió un día una culebra a protestar por el trato injusto que secularmente le habían dado los fabulistas; porque ¿a quién se le iba a ocurrir que ella iba a entrar en casa de un cerrajero a dar mordiscos a una lima, como dijo Samaniego para montarse una fábula suave contra las luchas de los débiles? Y menos aún tener un corazón tan duro como el ministro de Agricultura para matar a un labrador que te hubiera dado de comer en el invierno. Como notaba receptividad en el locutor (y tal vez en la audiencia) se animó a criticar suavemente a los rabinos redactores del libro del Génesis, diciendo que si no se les había ocurrido otra forma literaria de explicar lo mal que andaba el mundo, en vez de colgarle a ella el muerto de la manzana y hacer que Dios la maldijera y acojonar a todas las mujeres hasta hoy. Y, para que todo no fuera negativo, añadió que estaba muy agradecida a Jesús de Nazaret que recomendó a sus discípulos ser sencillos como las palomas y astutos (o prudentes, según las traducciones) como serpientes, y que, si todos los revolucionarios hubieran seguido este consejo, otro gallo nos cantaría y no tendríamos esta mierda de mundo y de reforma política que tenemos hoy 12 de marzo de 1993.

63 El gorgojo y el discernimiento

Un gorgojo militante intentaba con todas sus fuerzas hacer los discernimientos cristianos que se pusieron de moda en su organización a finales de los 8O, pero tenía grandes dificultades, porque como todas las labores del campo se hacían ya con máquinas, él no había visto a nadie en las eras cerniendo el trigo y discerniendo las granzas; y también se preguntaba por qué ahora llamaban discernimiento, que era una palabra muy larga, a la discreción, que, en lo que se refiere a los espíritus, había sido regulada primero por Descartes y luego por San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales; y otra de sus dificultades era si debía llamar discretas a las cosas que habían sido discernidas o más bien a las personas que sabían hacer el discernimiento, o sea, la discreción; y lo que no encajaba era por qué una de las órdenes militares en la guerra fuera fuego a discreción, porque no le parecía que se pudiera matar a nadie discretamente ni tampoco indiscretamente.

64 El cisne y las fórmulas de la revolución industrial

Había una vez un cisne que, a pesar de ser (o quizás porque era) doctor en ciencias físicas o matemáticas (que antiguamente eran exactas y ahora parece que no lo son tanto), era revolucionario y deseaba, de modo parecido al de Newton, formular las leyes de la revolución universal. La causa próxima de su decisión no fue que le cayera una manzana en la cabeza, sino que en una manifa le dio en el ojo una pelota de la policía y lo dejó tuerto como un pirata. Y así como Newton dijo que la fuerza de atracción de los planetas era directamente proporcional al producto de las masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia, también a él le parecía que la fuerza revolucionaria debía ser proporcional no al cociente, sino al producto de las masas (que a él le gustaba llamar personas organizadas, aunque no fuera mucho) por las distancias entre los sueldos. Sólo que por el momento los que organizaban el tinglado habían conseguido desamasar las masas y desplegar los sueldos en abanico de tal manera que, aunque de una punta a la otra del abanico iba un abismo, de una varilla a la otra había poca diferencia, y eso hacía que la fuerza revolucionaria se redujera en ocasiones a una cantidad infinitesimal, o sea, a casi nada.

65 El país de las escaleras

Había una vez un país que estaba todo en cuesta y los hombres y mujeres se pasaban la vida subiendo y bajando escaleras; y en las épocas de gran movilidad social lo tenían que hacer más deprisa y bastantes tropezaban y caían rodando y se hacían unos chichones de miedo. Cuando vino la revolución y se abajaron los montes y se rellenaron los barrancos y se suprimieron todas las escaleras, escalas y escalafones, al principio la gente no sabía andar por terreno llano y se quejaban de que la vida ya no tenía aliciente y que no se podía poner zancadillas al prójimo tan fácilmente y se aburrían. Aunque luego, poco a poco, se fueron acostumbrando y andaban mejor y más deprisa o mas despacio, según querían, y en vez de ver como antes solamente la coronilla de los de abajo y el culo de los de arriba, se podían mirar a la cara y basta sonreírse.

66 El perro y el cocodrilo

El famoso perro que bebía en el Nilo y al mismo tiempo corría vivía en la Península desde hacía tiempo, lo mismo que el cocodrilo, y, cuando vino la democracia que dicen, se resistía a aceptar plenamente la reforma política. -¿Prefieres seguir viviendo en la clandestinidad?- te preguntaba ahora el cocodrilo, que seguía siendo bastante taimado. -La dictadura es cosa dañosa-, repuso el perro prudente, -Pero ¿es sano el aceptar que ahora me puedas morder mejor con todas tus libertades y con las bendiciones del partido que todos los perros hemos votado para que no nos mordieras, o, por lo menos, para que te limara un poco los dientes?

67 El panal de rica miel y las moscas

Según el testimonio de las abejas en el Tribunal de la Haya, el famoso panal en el que murieron presas de patas las dos mil moscas, no era miel natural, sino un sucedáneo rechazado por la legislación comunitaria y que había sido introducido de oferta en la península por una multinacional de la alimentación. Y al pastel, dentro del cual otra mosca enterró su golosina, además de introducirle conservantes no autorizados, le habían cambiado dos veces la fecha de caducidad. El Tribunal ha decretado cuantiosas indemnizaciones que, por un lado, no se harán efectivas, ya que la empresa se ha declarado en quiebra fraudulenta y sigue envenenando y consumiendo consumidores con otro nombre jurídicamente inocente y, por otro lado, de poco les iban a servir a las moscas difuntas. Una asamblea de moscas afectadas ha propuesto cambiar la moraleja de la fábula, recomendando ver la composición de los alimentos y las fechas de caducidad y, dejándose de sermones sobre vicios y pasiones de los humanos corazones, pedir la pena de reclusión perpetua para las multinacionales y el vicio que las domina, que es multiplicar los beneficios caiga quien caiga.

68 El pato y las conferencias

Un pato manso había asistido durante su vida a una multitud innumerable de charlas, discursos, mítines, lecciones Y conferencias y ya mayor y un poco a regañadientes porque sabia que algunas eran necesarias, aceptaba para casi todas una clasificación conocida que las ordenaba en tres clases distintas: una, las que mejor hubiera sido que no asistiera el conferenciante, dos, las que mejor hubiera sido que no asistiera él, y tres, las que mejor hubiera sido que no asistieran ninguno de los dos. En la clasificación incluía las que había dado él mismo; y cuando le pedían, muy de tarde en tarde, que diera otra, les remitía al Sermón de Nasrudín que el lector puede consultar en un libro de la colección Paidós Orientalia y en uno de los primeros números del tebeo "El Víbora".

69 Los sabios y las hierbas

Un erudito autodidacta (cuyo ex-líbrís reza mundo et lego, que traducido quiere decir limpio y leo, aludiendo a que por la mañana limpia portales y escaleras y por las tardes se dedica a los placeres de la lectura y la investigación incontrolada) acaba de hacer publica una carta dirigida a D. Pedro Calderón de la Barca por uno de los sabios de la famosa décima. Magro consuelo es, querido don Pedro, dice la carta, ver a otro sabio cogiendo las hierbas que uno arrojó, pues, como dice el refrán, mal de muchos, epidemia; y triste destino el de los sabios de estas tierras de no servir para otra cosa más que para que los literatos como usted se marquen décimas famosas, pero a los que no hemos querido entrar en las sociedades científicas de bombos mutuos, ni depender de alguno de los establecidos gansters de la ciencia, no nos queda más remedio que emigrar a Flandes o hacernos vegetarianos; pero no hay mal que por bien no venga, y con mi sabio compañero de décima estoy preparando unas adiciones al Dioscórides que espero sean de alguna utilidad a los siglos venideros; y si usted sabe de algún puesto de trabajo de Conserje en alguna institución educativa, o incluso de celador o limpiadora de la Seguridad Social, le agradecería que me lo comunicara, pues el relente de la noche campesina no le va bien a un tabardillo que aqueja a este s. s. q. b. s. m. Firma ilegible.

70 La paloma y el cuervo

Del diario del cuervo del arca de Noé. Ya me advirtió el pobre Caín que no me fiara de los grandes rabadanes del mundo que escriben la historia a su capricho o, si no saben escribir, la encargan a plumíferos rastreros, uno de los cuales ha sido la pelotillero de la paloma que me pasó un plano de navegación aérea perfectamente equivocado, con el cual acabé en Las Chimbambas, y todo porque a toda costa quería salir ella en primera plana con el ramo de olivo en el pico.

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