El Cuervo Ingenuo

Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

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251 El anuncio de la revolución

Como todo el mundo sabe, o tal vez no, el movimiento revolucionario o simplemente progresista suele estar sujeto a vicisitudes y tentaciones extrañas, y así sucedió en un país en que mucha gente pensó que la revolución consistía simplemente en emitir en común un buen anuncio por la tele financiado por muchas organizaciones, algo así como el póntelo, pónselo, o el anuncio contra el racismo o el que recomendaba tener cuidado al sacar el pajarito. Y después de muchos esfuerzos y reuniones lograron emitir un par de semanas un anuncio que decía: La revolución es cosa de todos, apúntate ya. Tfno. 900 44,44,44. La estadística de llamadas no fue muy consoladora: 7 personas creían que era un nuevo teléfono erótico; 14 no quisieron dar sus datos personales hasta conocer la cuantía de los premios y el nombre del Notario del Concurso, 2 llamaron brevemente para decir. Viva Franco y su única revolución nacional sindicalista. Y uno llamó para invitar a cenar a la militanta que atendía al teléfono. Al hacer la revisión de la campaña calcularon que el gasto por llamada había sido de 375.000 ptas. IVA incluido y durante un tiempo que no se sabe cómo será de largo figuró como axioma en la experiencia acumulada de los militantes que la revolución no consistía en emitir anuncios por la tele, sino en otra cosa, que no es mucho, pero ya es algo y menos es nada.

252 Los topos y los empleos perdidos

Un grupete de topos montaron una vez en Cartagena una empresa de investigaciones subterráneas para ver dónde habían ido a parar todos los empleos perdidos en Cartagena durante los últimos diez años y por más que rastrearon no los pudieron encontrar, pero en cambio averiguaron que los sueldos correspondientes se habían convertido lindamente en beneficios de las empresas, que solían ser muy cucas y los sacaban hasta de las pérdidas y de las quiebras gracias a otro grupete de topos especialistas en triquiñuelas pecuniarias con los cuales se habían cruzado algunas veces en su investigación.

253 El pollito y la sagrada familia

Había una vez un pollito que se admiraba mucho de que de familias de derechas saliesen algunos pollitos de izquierdas, aunque con el tiempo algunos volvieran al redil de la extrema derecha neocatólica también militante, y tenía miedo que la cosa sucediera al revés, o sea, que de familias de izquierdas saliesen pollitos de derechas, porque pudiera darse y se daba, que un ciudadano relativamente revolucionario fuera un padre más reaccionario que el vizconde de Chateaubriand, por ejemplo; porque la familia bien mirada, era una institución de derechas de toda la vida, sin culpa de nadie, y lo más que había llegado en su conjunto era al feudalismo, y la democracia formal e informal solamente se daba en su fase experimental en algunas pocas, y pensaba que como él era soltero, a lo mejor su análisis era tendencioso, pero quizás no del todo inexacto.

254 Todo por la patria

Un cordero sumiso estaba haciendo el servicio militar y siempre que le tocaba de guardia debajo del letrero "todo por la patria"le venía a la cabeza la extraña división de tareas en eso de patriotismo, porque a él, por ejemplo, le tocaba joderse por la patria y en caso de guerra, que dios no lo quisiera, morir por la patria; y a otros, en cambio, les tocaba vivir de la patria, e incluso joder con la patria, como hicieron Tejero y Milans del Bosch el 23-F; y, en general, si uno era patriota de una patria homologado, valía, pero si uno, como algunos vascos, era patriota de una patria no homologado, pues era terrorista y como había leído algo del poeta Antonio Oliver, pensaba que sería mejor llamar a la patria, matria, porque de ordinario, las madres son más compasivas, tolerantes y generosas que los padres y a lo mejor así, se iban acabando los militares y las guerras.

255 El ejecutivo ejecutor

Hubo una vez un joven ejecutivo agresivo, master por la Universidad de Deusto, especializado en apuntillar empresas que tenían que ir mal y todo el mundo le llamaba el ejecutor aunque hacía muy bien su trabajo y no había empresa floreciente que se le resistiera, tenía frecuentes depresiones gordas de las que no se pasan con culos de whisky, y como llegó un momento en que ya no quedaban empresas que ejecutar y le habían educado para estar siempre haciendo su trabajo, un buen día cuadró el balance de su propia vida en el que figuraba hasta el coste de la energía que gastó en ejecutarse a sí mismo metiendo los dedos en el enchufe de su ordenador personal.

256 Lupus lupo homo

Hubo una vez un lobo que quiso ser un hombre para los demás lobos y les predicaba las ventajas de la civilización humana, pero los lobos no le hacían ni puto caso, porque no aceptaban la superioridad de la libertad de mercado y las lobas no querrán ponerse sujetador, ni bragas de Christian Dior, ni se querían aprender el nuevo Catecismo, ni querrán venderte su trabajo, ni pagar el IRPF, ni hacer la mili ni visitar exposiciones de arte postmoderno en el museo Reina Sofía, ni participar en los concursos de la tele, ni llorar con los culebrones ni nada. El lobo que quería ser hombre para los lobos lleno de Santo Celo, como estaba persuadido de la superioridad de la especie humana, comenzó a perseguirlos con las armas reglamentarias de la civilización, como botes de humo, pelotazos y tiros de sal, y los lobos que son pacientes hasta cierto punto, pero más no, se constituyeron en comité natural de autodefensa y lo corrieron hasta cerca de la White House, donde trabaja ahora como asesor presidencial para asuntos de la naturaleza.

257 El autillo y la dialéctica

A un autillo* filósofo dialéctico le parecía que tal vez no había filosofía más dialéctica y contradecida y contradictoria que la filosofía obrera no escrita con la que los currantes filosofaban sobre su condición en los tajos, los bares y las manifestaciones. Porque, como eran forzados a la vez a desear trabajar y a desear no trabajar, aporías mas gordas de las de Zenón de Elea como por ejemplo; pues decían a veces: lo que tiene que hacer un buen trabajador es no trabajar. Y como les pagaban poco para que trabajaran mucho y también a veces les pagaban y otras no (aunque bastante menos) para que no trabajaran también, y, a veces, no les pagaban ni poco ni mucho aunque trabajaran, pues era un lío bastante dialéctico. Aparte de que muchos como se habían acostumbrado desde pequeñitos a trabajar, si no trabajaban se volvían locos o se morían. Y los parados gritaban por las calles: "Trabajo sí, paro no". Pero los que estaban hinchados a trabajar gritaban también: "Paro sí, trabajo no". Por eso, una canción de los años 50, que ya no se cantaba, pero se podía cantar, tenía un estribillo que decía:
Que no, que no, paloma, no
Que así que no trabajo no.
Y si la síntesis de todo fuera una pancarta grande que dijera: "trabajo SI, pero NO" ¿ habría en toda la filosofía occidental algo más dialéctico? Y respondía el autillo: "quizás no".
*Autillo. Ave rapaz nocturna, algo mayor que la lechuza: sinónimo de Cárabo, Úlula.

258 El caracol que echaba un poco más de tiempo a las cosas

Cuando en una época lejana, todo el mundo iba a toda pastilla, justo de tiempo y luego perdía mucho tiempo tontamente, hubo un caracol que decidió echar un poco más de tiempo a las cosas y se pasó unos meses recogiendo el tiempo perdido y lo metió en unos frascos y luego, por ejemplo, cuando se sentaba a comer, además de sal te echaba a la comida un poco de tiempo y hacía unas digestiones perfectas y lo mismo con todo lo demás.

259 La polilla que se salía por la tangente

Había una vez una polilla, mas bien solitaria, que cuando alguna vez participaba en las discusiones embarulladas que suelen tener las polillas alrededor o en busca de la luz, siempre se salía por la tangente, pero las demás polillas no se lo echaban en cara, porque sabían que no era por mala voluntad o debido a la fuerza centrífuga, sino que era un truco para tomar un poco de respiro y que podía volver en cualquier momento al mismísimo centro de la cuestión.

260 El topito y los túneles

Hubo una vez un topito, inquieto y con gafas, profesor de filosofía que desconfiaba de los finales gloriosos, pero se dedicaba, sin embargo, a cavar incesantes túneles filosofales entre el ser y el deber ser, o más en castellano, entre la mierda de mundo existente y el universo ideal, y tenía dos dificultades gordas: la primera, que le hubiese gustado conservar las partículas del deber ser, que ya se encontraban en el ser, porque como su método de excavación era holístico o sea global, estaba seguro de haber mandado a la mierda bastantes cosas potables del ser tal como era, y la segunda, es que los planos del deber ser que poseía se habían deteriorado con algunos derrumbamientos de túneles excavados apresuradamente, y últimamente, ni con gafas los veía del todo claros.

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