El Cuervo Ingenuo

Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

.

91 La ratita y el subsector servicios familiares

La famosa ratita del cuento que limpiaba su casita agarraba unos cabreos de miedo que los cuentistas censuraron creyendo hacer bien a los niños. Porque se quejaba con frecuencia de que si un día no limpiaba su casita, se notaba mucho; pero, si la limpiaba no se notaba nada; y que, si hacia una buena comida, el ratón y los ratoncitos venían y se la comían toda y, aunque a veces le decían que estaba muy buena, como no dejaban nada, al otro día había que volver a hacer otra y distinta; y pensaba que era una lata producir, en el subsector servicios familiares, productos de consumo inmediato, porque una nunca veía objetivado siquiera un rato largo el fruto de su trabajo y mucho menos veía el sueldo que como trabajadora merecía; y por eso y otras cosas, agarraba unas depresiones tremendas.

92 Oportunidades para los dragones

Curiosamente, señalaba un crítico socioliterario, los dragones, en paro tecnológico desde finales de la Edad Media, estaban ahora cobrando unos sueldos de fábula por la gran demanda de literatura fantástica y también como porteros y agentes de seguridad de los nuevos brujos, magos, nigromantes, quirománticos, astrólogos y cosas de esas de las que se rió Quevedo, pero que la gente se toma hoy en serio y es que hay que reconocer que en esos sitios un dragón en la puerta queda literalmente de miedo.

93 El amor y la amistad

Había una vez un palomino que comparaba el amor con la amistad y veía que se parecían mucho, pero no del todo; y que a veces era mejor la amistad, porque los amigos, aunque fueran inseparables, de vez en cuando se separaban y descansaban el uno del otro y duraba bastante la amistad aunque fuera eterna como el amor eterno que no duraba tanto.

94 Los fabricantes de noticias

En una época lejana, la importancia de los medios de comunicación llegó a ser tanta que una cosa no había pasado de verdad, hasta que no daban la noticia por la tele, y algunas cosas que no hablan sucedido de verdad, resulta que sí habían sucedido para la gente porque lo había dicho el telediario. Hubo entonces una eclosión de empresas fabricantes de noticias con una sofisticado organización: pues, si la noticia que ofrecían gustaba y se la compraban, la empresa garantizaba que se iba a realizar, aunque fueran guerras, desastres, hundimientos de casas o asesinatos sádicos que eran los que más éxito tenían; y por eso las noticias eran carísimas, pero no importaba porque ya para entonces eran tan grandes el éxito y la audiencia de los telediarios, que empezaron dando uno, dos o tres cortes para publicidad, y ahora sólo daban anuncios y con una noticia que dieran al día, valía, y se financiaba sola.

95 La abeja y el fruto íntegro de su trabajo

A las patitas de una abeja obrera llegó una vez una copia del programa máximo o fundacional de la UGAT, Unión General de Abejas Trabajadoras, y desde entonces deseaba percibir el fruto íntegro de su trabajo, como decía el programa. Porque ahora, por ejemplo, el empresario te daba, pongamos, el 20% del fruto, y de ese 20%, el 25% se lo llevaba Hacienda con los impuestos directos, amén de que con los indirectos se llevaba un promedio del 15 % largo; una buena parte de los cuales impuestos se empleaban en mantener el aparato del Estado propio de los empresarios; y otra buena parte, en subvenciones e incentivos a los mismos empresarios para innovaciones tecnológicas que crearan más paro y a la vez lo paliaran, etc. Y hacia el final de su vida tendía a pensar que tal vez las únicas abejas obreras eran los zánganos grandes empresarios, porque ellos sí percibían el fruto íntegro de su trabajo de ella y de su descanso de ellos.

96 La lechera y el fabulista

Un cuervo fabulista, mientras llevaba sus fábulas al mercado, iba haciendo sus cálculos mentales sobre cómo emplearía el dinero de sus derechos de autor, y fue pensando en un proyecto de desarrollo Comunitario en un país del tercer mundo que había sido propuesto por el Comité de Solidaridad Monseñor Oscar Romero; y en cómo ese proyecto podría autofinancianciarse más tarde e incluso promover otros proyectos que, a su vez, se financiaran y promovieran otros, etc. y con el contento que le dio, empezó a dar saltitos y se le cayeron un par de hojas del manuscrito que llevaban precisamente escritas un par de fábulas un pelín subversivas que fueron a dar en manos de un madero que lo detuvo y lo llevó al comisario y el comisario al juez y a la cárcel, de donde, para sacarlo en libertad provisional el Comité y algunas otras organizaciones igualmente pobres tuvieron que reunir trescientas mil pesetas de fianza.

97 El agüil y el 3-F

Un agüil muy tímido y nada violento iba paseando por las calles de Cartagena, un día 3 de febrero de 1992
cuando ,se encontró con una manifestación de hormigas laboriosas de Peñarroya Metaleurop (q.e.p.d.) y de la Empresa Nacional Bazán, que era disuelta reglamentariamente con botes de humo, pelotazos y tiros de sal por una manada de ciervos voladores venidos expresamente de la poética Granada; y, con su mecanismo instintivo de defensa soltó (el agüil) su pestoso chorro cerca de la Asamblea Regional, donde los elegidos por el pueblo discutían parlamentariamente de no me acuerdo qué, y acertó a darle involuntariamente a una de sus señorías (de ellos), que, cuando llegó a su casa, y su mujer le iba a meter la ropa en la lavadora, oyó que le decía (su mujer): la manifestación sería de hormigas laboriosas y los ciervos volantes tirarían botes, pelotas y sal, pero a ti parece mismamente que te han follado los agüites.

98 Cuanto vale la paz

Cuando la preponderancia de la economía de mercado llegó a su cenit, todas las cosas tenían un precio hasta en lo político y los gobiernos todo lo vendían o concedían por el precio justo más o menos. Y así, unos semáforos valían tres muertos y dos manifestaciones, cambiar un paso a nivel, cinco muertos, tres encierros y siete manifestaciones en años sucesivos; conceder el tercer grado a un insumiso preso valía cinco días de huelga de hambre, y algunos que se juntaban cada quince días a llorar en los Comités de Solidaridad con Euskadi se preguntaban en voz baja cual seria el precio de la necesaria y justa paz en el País Vasco, y si los que podían venderla o concederla no tenían ya bastante con la cantidad de muertos (que, una vez muertos se parecían muchísimo los unos a los otros), la cantidad de torturados, encarcelados, desterrados, huelgas de hambre, manifestaciones, encarceladas, marchas, etc.; porque, una de dos, o los amos de la paz no querían venderla a los vascos o debía de ser una cosa tan valiosa que tal vez había que pagar por ella mucho más, y que te íbamos a hacer sino aguantar mecha pensando que ya faltaba menos que al principio, aunque parecía que no.

99 El gorrión y la inspiración

Un gorrión, que a veces era cuervo y otras gorrión, según, vivía en un tercer piso y su inspiración vivía en el cuarto y habían hecho en común algunas coplas y cantares, salmos y profecías y un diario anual, pero, por lo general y durante años, solamente se saludaban en la escalera y nada más. Pero hacia el mes de febrero de 1993, la inspiración le tiró los tejos al gorrión y vivieron un idilio apasionado demasié, de modo que el gorrión escribía sin parar hasta por la calle y, si se despertaba a media noche, escribía otro poco; en su trabajo se paraba de repente y escribía; y llevaba el bolsillo de la camisa lleno de fábulas y retazos de fábulas; y cuando las leía te temblaban las manos; y él y la inspiración se querían, hacían el amor y luego se insultaban como un verdadero matrimonio; hasta que un día, sin saber por qué, la inspiración volvió a saludarle solamente en la escalera y él volvió a sus trabajos y descansos con más normal dad y tranquilidad, aunque algunos días los dos echaban de menos los fenómenos meteorológicos de su relación tempestuosa, si bien estrictamente literaria.

100 El pajarillo y las cárceles

Había una vez un pajarillo que iba casi todas las semanas en vespa a la cárcel a recoger, después de las visitas y visa vises, a las compañeras de otros pajarillos enjaulados allí, y mientras esperaba sentado y caía la tarde y oía a los pajarillas de verdad que cantaban en los árboles como si nada, a veces perdía un poco el sentido de la realidad y no sabía exactamente si la cárcel estaba dentro o fuera de los muros; y se acordaba de un amigo suyo que, cuando venía del jardín Zoológico que había en el Retiro de Madrid, le confesaba que nunca sabía de qué lado caían las jaulas; y otro amigo ateo vasco, que curiosamente hablaba de que no había que ofrecer sacrificios al César, llamaba a las prisiones cárceles chiquitas y a las ciudades cárceles grandes, y a veces pensaba que la tan traída y llevada construcción de la Macrocárcel en el campo de Cartagena no era más que la construcción de un polígono de viviendas de promoción pública (que es como llaman ahora a las viviendas de protección oficial); pero luego, al rato, veía cómo salía de la cárcel la compañera del pajarillo preso y veía que no, que no era así exactamente y que seria bueno que pronto se derrumbaran un poco los muros de la cárcel y que no hubiera ninguna cárcel ni por dentro ni por fuera.

Volver