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ESCENA VI Tocan, y sale el REY BASILIO, viejo, y acompañamiento. ESTRELLA. Sabio Tales, ASTOLFO. docto Euclides, ESTRELLA. que entre signos, ASTOLFO.. que entre estrellas, ESTRELLA. hoy gobiernas, ASTOLFO.. hoy resides, ESTRELLA.. y sus caminos, ASTOLFO.. sus huellas ESTRELLA.. describes, ASTOLFO.. tasas y mides... ESTRELLA.. deja que en humildes lazos, ASTOLFO.. deja que en tiernos abrazos ESTRELLA.. hiedra de ese tronco sea, ASTOLFO.. rendido a tus pies me vea. BASILIO. Sobrinos, dadme los brazos, y creed, pues que, leales a mi precepto amoroso, venís con afectos tales, que a nadie deje quejoso y los dos quedéis iguales; y así cuando me confieso, rendido al prolijo peso, sólo os pido en la ocasión silencio, que admiración ha de pedirla el suceso. Ya sabéis, estadme atentos, amados sobrinos míos, corte ilustre de Polonia, vasallos, deudos y amigos: ya sabéis que yo en el mundo, por mi ciencia he merecido el sobrenombre de docto; pues, contra el tiempo y olvido, los pinceles de Timantes, los mármoles de Lisipo, en el ámbito del orbe me aclaman el gran Basilio. Ya sabéis que son las ciencias que más curso y más estimo, matemáticas sutiles, por quien al tiempo le quito, por quien a la fama rompo la jurisdicción y oficio de enseñar más cada día; pues cuando en mis tablas miro presentes las novedades de los venideros siglos, le gano al tiempo las gracias de contar lo que yo he dicho. Esos círculos de nieve, esos doseles de vidrio que el sol ilumina a rayos, que parte la luna a giros; esos orbes de diamantes, esos globos cristalinos, que las estrellas adornan y que campean los signos, son el estudio mayor de mis años, son los libros, donde en papel de diamante, en cuadernos de zafiros, escribe con líneas de oro, en caracteres distintos el cielo nuestros sucesos ya adversos o ya benignos. Estos leo tan veloz, que con ml espíritu sigo sus rápidos movimientos por rumbos y por caminos. ¡Pluguiera al cielo, primero, que ml ingenio hubiera sido de sus márgenes comento y de sus hojas registro! ¡Hubiera sido mi vida el primero desperdicio de sus iras, y que en ellas mi tragedia hubiera sido, porque de los infelices aun el mérito es cuchillo; ¡que a quien le daña el saber, homicida es de sí mismo! Dígalo yo, aunque mejor lo dirán sucesos míos, para cuya admiración otra vez silencio os pido. En Clorilene mi esposa, tuve un infelice hijo, en cuyo parto los cielos se agotaron de prodigios, antes que a la luz hermosa le diese el sepulcro vivo de un vientre, porque el nacer y el morir son parecidos. Su madre infinitas veces, entre ideas y delirios del sueño, vio que rompía sus entrañas atrevido un monstruo en forma de hombre, y entre su sangre teñido, le daba muerte, naciendo víbora humana del siglo. Llegó de su parto el día y, los presagios cumplidos (porque tarde o nunca son mentirosos los impíos), nació en horóscopo tal, que el sol, en su sangre tinto, entraba sañudamente con la luna en desafio; y siendo valla la tierra, los dos faroles divinos a luz entera luchaban, ya que no a brazo partido. El mayor, el más horrendo eclipse que ha padecido el sol, después que con sangre lloró la muerte de Cristo, éste fue; porque anegado el orbe entre incendios vivos, presumió que padecía el último parasismo. Los cielos se oscurecieron, temblaron los edificios, llovieron piedras las nubes, corrieron sangre los ríos. En este mísero, en este mortal planeta o signo nació Segismundo, dando de su condición indicios, pues dio la muerte a su madre, con cuya fiereza dijo: hombre soy, pues que ya empiezo a pagar mal beneficios. Yo, acudiendo a mis estudios, en ellos y en todo miro que Segismundo seria el hombre más atrevido, el príncipe más cruel y el monarca más impío, por quien su reino vendría a ser parcial y diviso, escuela de las traiciones y academia de los vicios: y él, de su furor llevado, entre asombros y delitos, había de poner en mí las plantas, y yo rendido a sus pies me había de ver: (¡con qué congola lo digo!) siendo alfombra de sus plantas las canas del rostro mío. ¿Quién no da crédito al daño, y más al daño que ha visto en su estudio, donde hace el amor propio su oficio? Pues dando crédito yo a los hados, que, adivinos, me pronosticaban daños en fatales vaticinios, determiné de encerrar la fiera que había nacido, por ver si el sabio tenía en las estreJias dominio. Publicóse que el infante nació muerto y, prevenido, hice labrar una torre entre las peñas y riscos de esos montes, donde apenas la luz ha hallado camino, por defenderle la entrada, sus rústicos obeliscos. Las graves penas y leyes, que con públicos edictos declararon que ninguno entrase a un vedado sitio del monte, se ocasionaron de las causas que os he dicho. Allí Segismundo vive, mísero, pobre y cautivo, adonde sólo Clotaldo le ha hablado, tratado y visto: éste le ha enseñado ciencias, éste en la ley le ha instruido católica, siendo solo de sus miserias testigo. Aquí hay tres cosas: la una, que yo, Polonia, os estimo tanto, que os quiero librar de la opresión y servicio de un rey tirano, porque no fuera señor benigno el que a su patria y su imperio pusiera en tanto peligro. La otra es considerar que si a mi sangre le quito el derecho que le dieron humano fuero y divino; no es cristiana caridad, pues ninguna ley ha dicho que por reservar yo a otro de tirano y de atrevido, pueda yo serlo, supuesto que si es tirano mi hijo, porque él delitos no haga, vengo yo a hacer los delitos. Es la última y tercera, el ver cuánto yerro ha sido dar crédito fácilmente a los sucesos previstos; pues aunque su inclinación le dicte sus precipicios, quizá no le vencerán, porque el hado más esquivo, la inclinación más violenta, el planeta más impío, sólo el albedrío inclinan, no fuerzan el albedrío. Y así, entre una y otra causa, vacilante y discursivo, previne un remedio tal que os suspenda los sentidos. Yo he de ponerle mañana, sin que él sepa que es mi hijo y rey vuestro, a Segismundo (que aqueste su nombre ha sido) en mi dosel, en mi silla, y, en fin, en el lugar mío, donde os gobierne y os mande y donde todos rendidos la obediencia le juréis; pues con aquesto consigo tres cosas, con que respondo a las otras tres que he dicho. Es la primera, que siendo prudente, cuerdo y benigno, desmintiendo en todo al hado que de él tantas cosas dijo, gozaréis el natural príncipe vuestro, que ha sido cortesano de unos montes y de sus fieras vecino. Es la segunda, que si él, soberbio, osado, atrevido y cruel, con rienda suelta corre el campo de sus vicios, habré yo piadoso entonces con mi obligación cumplido, y luego en desposeerle haré como rey invicto, siendo el volverle a la cárcel no crueldad, sino castigo. Es la tercera, que siendo el príncipe como os digo, por lo que os amo, vasallos, os daré reyes más dignos de la corona y el cetro; pues serán mis dos sobrinos, (que) junto en uno el derecho de los dos. y convenidos con la fe del matrimonio, tendrán lo que han merecido. Esto como rey os mando, esto como padre os pido, esto como sabio os ruego, esto como anciano os digo. Y si el Séneca español, que era humilde esclavo, dijo, de su república un rey, como esclavo os lo suplico. ASTOLFO.. Si a mí el responder me toca como el que en efecto ha sido aquí el más interesado, en nombre de todos digo que Segismundo parezca. pues le basta ser tu hijo. TODOS. Danos al príncipe nuestro que ya por rey le pedimos. BASILIO.. Vasallos, esa fineza os agradezco y estimo. Acompañad a sus cuartos a los dos Atlantes míos, que mañana le veréis. TODOS. ¡Viva el grande rey Basilio! Entranse todos. Antes que se entre el Rey, sale CLOTALDO, ROSAURA y CLARíN, y detiene al REY. |