ESCENA II

CLARíN.

A costa le cuatro palos,

que el llegar aquí me cuesta,

de un alabardero rubio

que barbó de su librea1,

tengo de ver cuanto pasa:

que no hay ventana más cierta

que aquella que, sin rogar

a un ministro de boletas2,

un hombre se trae consigo;

pues para todas las fiestas,

despojado y despejado,

se asoma a su desvergüenza.

CLOTALDO.

Este es Clarín, el criado

de aquélla (jay cielos!), de aquella

que, tratante de desdichas,

pasó a Polonia mi afrenta.

Clarín, ¿qué hay de nuevo?

CLARíN.

Hay,

señor, que tu gran clemencia,

dispuesta a vengar agravios

de Rosaura, la aconseja

que tome su propio traje.

CLOTALDO.

Y es bien, porque no parezca

liviandad.

CLARíN.

Hay que, mudando

su nombre, y tomando cuerda

nombre de sobrina tuya,

hoy tanto honor se acrecienta,

que dama en palacio ya

de la singular Estrella

vive.

CLOTALDO.

Es bien que de una vez

tome su honor por mi cuenta.

CLARíN.

Hay que ella se está esperando

que ocasión y tiempo venga

en que vuelvas por su honor.

CLOTALDO.

Prevención segura es ésa;

que al fin el tiempo ha de ser

quien haga esas diligencias.

CLARíN

Hay que ella está regalada,

servida como una reina,

en fe de sobrina tuya,

y hay que, viniendo con ella,

estoy yo muriendo de hambre

y nadie de mí se acuerda,

sin mirar que soy Clarín,

y que si el tal Clarín suena,

podrá decir cuanto pasa

al rey, a Astolfo y a Estrella;

porque Clarín y criado

son dos cosas que se llevan

con el secreto muy mal;

y podrá ser, si me deja

el silencio de su mano,

se cante por mí esta letra:

Clarín que rompe el albor,

no suena mejor.

CLOTALDO.

Tu queja está bien fundada;

yo satisfaré tu queja,

y en tanto sírveme a mí.

CLARíN

Pues ya Segismundo llega.