LA CAUTIVA REFIERE SUS TRABAJOS

Más tarde supe por ella,
De manera positiva,
Que dentró una comitiva
De parnpas a su partido,
3335 Mataron a su marido
Y la llevaron cautiva.

En tan dura servidumbre
Hacían dos años que estaba;
Un hijito que llevaba
3340 A su lado lo tenía.
La china la aborrecía,
Tratándola como esclava.

Deseaba para escaparse
Hacer una tentativa,
3345 Pues a la infeliz cautiva
Naides la va a redimir,
Y allí tiene que sufrir
El tormento mientras viva.

Aquella china perversa,
3350 Dende el punto que llegó,
Crueldá y orgullo mostró
Porque el indio era valiente:
Usaba un collar de dientes
De cristianos que él mató.

3355 La mandaba a trabajar,
Poniendo cerca a su hijito,
Tiritando y dando gritos,
Por la mañana temprano,
Atado de pies y manos
3360 Lo mesmo que un corderito.

Ansí le imponía tarea
De juntar leña y sembrar
Viendo a su hijito llorar;
Y hasta que no terminaba,
3365 La china no la dejaba
Que le diera de mamar.

Cuando no tenían trabajo
La emprestaban a otra china.
«Naides, decía, se imagina
3370 Ni es capaz de presumir
Cuánto tiene que sufrir
La infeliz que está cautiva.»

Si ven crecido a su hijito,
Como de piedá no entienden
3375 Y a súplicas nunca atienden,
Cuando no es éste, es el otro:
Se lo quitan y lo venden
O lo cambian por un potro.

En la crianza de los suyos
3380 Son bárbaros por demás;
No lo habla visto jamás:
En una tabla los atan,
Los crian ansí y les achatan
La cabeza por detrás.
3185 Aunque esto parezca estraño,
Ninguno lo ponga en duda:
Entre aquella gente ruda,
En su bárbara torpeza,
Es gala que la cabeza
3390 Se les forme puntiaguda.

Aquella china malvada
Que tanto la aborrecía,
Empezó a decir un día,
Porque falleció una hermana,
3395 Que sin duda la cristiana
Lo había echado brugería.

El indio la sacó al campo
Y la empezó a amenazar
Que le había de confesar
3400 Si la brugería era cierta,
O que la iba a castigar
Hasta que quedara muerta.

Llora la pobre, aflijida;
Pero el indio, en su rigor,
3405 Le arrebató con furor
Al hijo de entre sus brazos,
Y del primer rebencazo
La hizo crugir de dolor

Que aquel salvaje tan cruel
3410 Azotándola seguía;
Más y más se enfurecía
Cuanto más la castigaba,
Y la infeliz se atajaba
Los golpes como podía.

3415 Que le gritó muy furioso:
«Confechando no querés»,
La dio güelta de un revés,
Y por colmar su amargura,
A su tierna criatura
3420 Se la degolló a los pies.

«Es increíble, me decía,
Que tanta fiereza esista.
No habrá madre que resista:
Aquel salvage inclemente
3425 Cometió tranquilamente
Aquel crimen a mi vista.»

Esos horrores tremendos
No los inventa el cristiano.
«Ese bárbaro inhumano,
3430 Sollozando me lo dijo,
Me amarró luego las manos
Con las tripitas de mi hijo. »

 

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