HABLAMOS DE UN PRINCIPIO INVIOLABLE
GRANMA, CUBA 190600 -MARIA JULIA MAYORAL
¡Oye... cómo nos vas a coger de base material de estudio por el periódico... mira, después que te invitamos a la provincia, te atendimos bien... ! Cada sílaba, cada palabra, llegó a mí como una bofetada aunque la jocosidad de la frase pretendía proporcionar un margen de amparo para la postura del cuadro: al final, todo debía quedar como una broma.
¿Acaso no le importaba conocer las debilidades detectadas por la reportera en su modesta investigación? ¿Eran realidades ignoradas por él y el órgano bajo su conducción? El problema de fondo a mi entender es otro: un estilo de trabajo y de dirección distorsionados que dan cabida a la crítica en lo interno, pero hacia fuera pretenden obligar a una sola lectura enfilada hacia los "logros alcanzados" y los "avances por el camino correcto", los cuales -dicho sea de paso- no ignoro ni dejo de alabar.
¿Cómo calificar una actuación así? ¿Solicitud de complicidad, fraude, mentira, engaño? Parecen ser a primera vista términos demasiado fuertes; sin embargo no encuentro otros.
Lamentablemente no se trata de un incidente poco usual, a menudo nos enteramos de una entidad en autocontrol a la carrera para tratar de eludir señalamientos por parte de auditores externos; conocemos evaluaciones administrativas y políticas donde no aparecen errores y deficiencias que luego "explotan" por denuncias y controles cuando ya lo único posible son las medidas más severas o vemos informes con cifras e interpretaciones armadas para describir un comportamiento casi por entero exitoso e inexistente en la realidad.
Sucede también, y no pocas veces, que penetrar en las interioridades de los problemas resulta un laberinto con innumerables barreras tangibles e invisibles, aunque las "fuentes" se manifiesten a favor de un periodismo crítico, analítico, profundo y responsable.
En una ocasión, en medio de un debate, quien dirigía la reunión preguntó a dos de sus subordinados sobre determinada solución y la respuesta fue: "eso está en la mano". Sin demasiadas indagaciones poco después supe que aquello había sido una contesta para salir del paso y no coger "un tablazo". Al cabo de dos o tres meses las cosas seguían igual, pero aquel jefe no se preocupó por poner en claro el engaño: le habían dado la contesta que él quería escuchar e informar a los niveles superiores. Es tan solo otra anécdota.
Tales distorsiones no quedan en el ámbito de instituciones y entidades o de roles sociales, políticos o laborales, están y se reproducen en familias, a veces sin darnos cuenta. He sabido, por ejemplo, de padres convertidos en hacedores de los trabajos prácticos encargados a sus hijos en las escuelas, en aras de la buena nota, olvidando la importancia del aprendizaje de los menores y que sin pretenderlo pueden crear en estos una actitud fraudulenta en el desenvolvimiento escolar y hasta en su manera futura de asumir la vida. Y este es apenas otro hecho en la gran madeja cotidiana.
Si esta fuera una sociedad viciada -como las que no dejan de abundar en este mundo- los apuntes anteriores podrían resultar innecesarios. Pero haciendo Revolución hemos aprendido cuánto valen la verdad, la ética, la honestidad y la limpieza de ideas. Esos valores son orgullo nacional, nos unen e identifican como pueblo y constituyen cordón umbilical de nuestras familias.
El 1ro. de Mayo último, Fidel precisó que Revolución "... es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas".
Esos principios y sólidas prácticas revolucionarias constituyen probadas y poderosas armas para seguir venciendo a nuestros enemigos en su constante y creciente guerra propagandística e ideológica o para rectificar errores internos en el ámbito social o en determinados sectores bajo la conducción del Partido, por tanto, pueden y deben manifestarse con mayor fuerza en la realidad de cada día, esa que vivimos en la familia, en el colectivo laboral y en la comunidad donde residimos.
Venga de quien venga, las personas honestas y revolucionarias no podemos permitir orientaciones, decisiones ni métodos de trabajo que sirvan para encubrir deficiencias o tiendan a estimular o condicionar valoraciones faltas de objetividad, con el fin muchas veces de evitar críticas o recibir estímulos y reconocimientos inmerecidos.
Quizás evidencias de cómo las apreciaciones sobre los hechos pueden torcerse por el camino de la falta de objetividad, podríamos encontrarlas en algunas de las emulaciones desarrolladas en el país, cuando se quiere escalar a un buen lugar nacional, socavando el estricto respeto a la verdad que exige una revolución socialista como la nuestra, olvidando cuán desmoralizador puede resultar para un colectivo el otorgamiento de reconocimientos no ganados.
Para los militantes del Partido las exigencias están bien claras: "Ser objetivo y veraz en los informes que brindan sobre su trabajo o el trabajo de otros, así como sobre el cumplimiento de los planes o cualesquiera otros asuntos".
En el propio artículo 7 de sus Estatutos, la organización demanda a sus miembros "desarrollar la crítica y la autocrítica, poner al desnudo los defectos y errores en el trabajo y tratar resueltamente de eliminarlos, ser exigente y luchar contra toda manifestación de indolencia ante las cosas mal hechas, contra el formalismo y la tendencia a la exageración de los éxitos; combatir enérgicamente todo intento de amordazar u obstaculizar la crítica; mantenerse vigilante contra cualquier manifestación o hecho que perjudique los intereses del Partido, del Estado, de la Revolución y la sociedad socialista, combatirlos con el ejemplo, la palabra y la acción y ponerlos directamente en conocimiento de su organización de base, así como de los organismos del Partido, incluido el Comité Central, cuando ello fuere necesario. El militante del Partido tiene el deber de comunicar tales hechos y nadie puede ponerle obstáculos en el cumplimiento de esta obligación".
Con la verdad como escudo y estandarte de lucha anda la inmensa mayoría de los cubanos haciendo Revolución y nada justifica ni la más mínima violación de ese principio, ya desde los primeros años después del triunfo popular en 1959, Fidel lo recalcó, en el acto de presentación del primer Comité Central en 1965, "... no hay mejor táctica, ni mejor estrategia que luchar con las armas limpias y que luchar con la verdad, porque esas son las únicas armas que inspiran confianza, ...ningún revolucionario serio tiene necesidad de acudir a una mentira nunca; su arma es la razón, la moral, la verdad, la capacidad de defender una idea, un propósito, una posición".