REBELION 230200 -Heinz Dieterich Steffan -El Siglo, de Chile, febrero del 2000
La economía de mayor crecimiento en América Latina en 1999 fue la de Cuba. El Producto Interno Bruto (PIB) subió un 6,2 por ciento comparado con el del año anterior. Para el año 2000 se proyecta un crecimiento de alrededor del 5 por ciento. Y todo esto sin el terrorismo social de los neoliberales y del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Las dos cifras son más impresionantes aun si se considera que fueron logradas pese a la constante agresión económica de Washington, que bloquea virtualmente el financiamiento externo en condiciones aceptables. La restricción del financiamiento externo es, probablemente, el aspecto más dañino de la agresión estadounidense, sin la cual la economía cubana crecería a un promedio anual de ocho a nuevo por ciento.
Si se busca una explicación para este notable avance, la respuesta general sería que los engranajes del nuevo sistema económico de la isla empiezan a integrarse, después de los años de desintegración, de 1990-1993, cuando el Producto Interno Bruto cayó en picada un 35 por ciento, dejando el sistema prácticamente desarticulado.
Sin posibilidad de regresar a la economía del periodo socialista -basada en la reproducción ampliada vía el mercado mundial socialista- se tenía que diseñar una estrategia de desarrollo que frenara el rampante déficit público, la creciente inflación, la devaluación de la moneda, y que lograra incentivar la producción y los circuitos económicos externos.
La estrategia emprendida consistió en una racionalización y planificación radical de los recursos disponibles, concentrándolos: a) en la producción agropecuaria, para garantizar la alimentación de la población; b)en el desarrollo de la infraestructura turística como el sector de mayor atracción posible de divisas; y, c) en el desarrollo de la biotecnología como vector estratégico de la evolución del país.
La implementación de este cambio radical de un sistema económico-social a otro, en medio de una creciente agresión estadounidense (ley Helms-Burton-Clinton), se dificultó aun más por tres imperativos políticos de La Habana: a) no ceder la soberanía del país ni a Washington ni a los agentes del capital mundial, como son el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio; b) mantener las conquistas sociales de la revolución; y, c) no dejar ni la conducción ni la asesoría del proceso en menos de los "expertos" internacionales.
Los resultados de esta estrategia han sido espectaculares. El déficit fiscal cayó en 1999 al 2.4% del PIB. El peso cubano se revaluó en casi 700 por ciento. Si en el mercado negro un dólar estadounidense valía en 1993, 140 pesos cubanos, hoy día se obtiene legalmente en el mercado libre por 20 pesos. Si antes de 1996, las instituciones bancarias y financieras no otorgaban prestamos en moneda libremente convertible, en 1999 ya lo hicieron por encima de los 1.400 millones de dólares.
La tasa de desempleo es del 6 por ciento, es decir, una fracción de las tasas de desempleo latinoamericanas. Pese a la crisis y reestructuración del sistema, el índice de mortalidad infantil ha bajado ¡al 6.4 por mil nacidos vivos!, menor que el de Estados Unidos. Según datos de la UNESCO, la tasa de mortalidad infantil de bebés blancos en Estados Unidos es 7 por mil nacidos vivos, la de bebés afroamericanos es 14.1 por mil. Asimismo, se ha logrado aumentar la escolaridad promedio de la población a nueve años.
Todos estos avances fueron posibles por la conjugación de tres factores: a) una vanguardia patriótica que supo diseñar una estrategia de desarrollo basada en los intereses y posibilidades nacionales y no en las recetas de los economistas del capital transnacional, como Ruediger Dornbusch, Milton Friedman y Jeffrey Sachs, y sus epígonos latinoamericanos; b) la unidad del pueblo, y c) la de las fuerzas armadas.
En las recetas de desarrollo de los mandarines y economistas neoliberales no existen los conceptos de vanguardia, unidad popular y fuerzas armadas patrióticas, porque, supuestamente, no son conceptos económicos.
En América Latina, la realidad muestra lo contrario: sin ellos no habrá desarrollo en beneficio del pueblo.