Otros dos niños cubanos en la ruta de Elián

GRANMA, CUBA 140103 -Félix López y Enrique Atiénzar

La historia sufrida por el pequeño Elián González —todavía sin cicatrizar en la memoria de su familia y de todos los cubanos— estuvo a punto de repetirse en días recientes. Dos niños de cuatro y siete años, arrebatados a su mundo de fantasías, alejados de su escuela y del cariño de un padre, estuvieron a punto de zozobrar en el Estrecho de la Florida, el día en que su madre decidió ir en busca de los "beneficios" de la criminal Ley de Ajuste Cubano.

Yamilet Cobas Gainza, la madre de Rosana y Gilberto Fonseca Cobas, no solo cometió la grave irresponsabilidad de involucrar a sus hijos en una riesgosa salida ilegal, en un medio inseguro sobrecargado con 22 personas, sino que ocultó al padre de los menores (del que está separada) el objetivo final de un simulado viaje de veraneo a la playa Los Pinos, en las cercanías de Cayo Sabinal, desde donde abandonaron el país el pasado 25 de agosto.

Ese día, Alejandro Campanioni, el actual esposo de Yamilet, y un grupo de personas del municipio de Nuevitas, al Norte de Camagüey, abordaron una chernera (bote plástico de siete metros de largo) que fue robada a la Empresa Pesquera. Las consecuencias eran previsibles. La difícil travesía solo podría llevarlos a la desgracia. Aunque el tiempo era bueno y todo parecía ir bien, no demoraron en toparse de frente con la furia del mar. A los dos días, afortunadamente, fueron rescatados por un Guardacostas y llevados a un centro de detención de inmigrantes en Bahamas...

 

LA ANGUSTIA DE UN PADRE

Desde hace poco más de cuatro meses, Gilberto Fonseca Isaac, el padre de los dos niños, vive una angustiante pesadilla. El 25 de agosto del 2002, al regresar de la salina El Real, en la playa Santa Lucía, se enteró de la "locura" que acababa de realizar su ex esposa. Pero Gilberto, un joven militante del Partido Comunista de Cuba y trabajador del puerto de Nuevitas, no se quedaría con los brazos cruzados.

"Apenas supe lo que había ocurrido —cuenta Gilberto a Granma— me monté en una bicicleta, fui hasta la capitanía del puerto y comencé a averiguar los trámites que tenía que hacer para reclamar a los niños y establecer contacto con el Ministerio de Relaciones Exteriores. Estos últimos me facilitaron la comunicación, una o dos veces por semana, con el cónsul cubano en Bahamas, quien me mantuvo al tanto de la situación de los niños.

"Durante los últimos 137 días, añade, he sentido el mayor dolor de mi vida, pero también una indescriptible solidaridad y apoyo de familiares, amigos y compañeros de trabajo. Siempre he sido un buen padre, y aunque estamos separados, los niños están muy apegados a mí... Estaba claro que no aceptaría que alguien, por el motivo que fuera, nos separara. Cuando ellos sean mayores podrán decidir por voluntad propia dónde y con quién vivir, pero ahora nadie puede llevarlos a una aventura, porque eso es criminal."

Con 32 años, y desde su humildad, Gilberto hace recordar la firmeza con que Juan Miguel González reclamó la devolución de su pequeño Elián. Hay una increíble coincidencia en sus sentimientos y convicciones, prueba de que la dignidad está sembrada en cualquier parte de esta Isla. También los abuelos de los niños, Osvaldo y Roselia, se mantuvieron firmes en el reclamo de que nada podría separarlos de sus nietos.

El pasado 25 de noviembre, para felicidad de toda la familia, Gilbertico enviaba una cartica a su padre, desde Bahamas, donde —además de felicitarlo por el cumpleaños— aseguraba extrañar a sus abuelos, a sus amiguitos de clases y a su maestra. En la escuela primaria Amalia Simoni, donde el curso anterior el pequeño obtuvo la segunda mejor calificación, los pioneros también esperan por el retorno de un amigo leal.

Tras cuatro meses de tragedia, en una apacible tarde camagüeyana, Gilberto abrazó a sus hijos Rosana y Gilbertico. Los niños, aferrados a su padre, eran el mejor testimonio de que habían sido llevados adonde ellos no eligieron. Pero con cuatro y siete años todavía son demasiado pequeños para entender que al otro lado del mar, en la ciudad de Miami, también habita la maldad y existen leyes absurdas que —prometiendo libertad a los cubanos— la mayoría de las veces les arranca la vida.

Para Yamilet el escarmiento no podía ser peor. Primero tuvo que soportar dos días de peligro en el mar, con sus hijos cerca de la muerte. Después la experiencia de vivir cuatro meses encerrada en un campamento de inmigrantes ilegales, los hijos sufriendo ese medio hostil, lejos del hogar y de la escuela... Un "sueño" personal que estuvo a punto de convertirse en otra pesadilla colectiva.