rene gonzalez: Y ME TRAJE TU APRETÓN DE MANOS

NUESTRAAMERICA 251202

(Carta escrita por René González al Che, en vísperas del 35 aniversario del asesinato del Guerrillero Heroico en Bolivia, como colaboración exclusiva del joven héroe preso en Estados Unidos, para la revista Tricontinental)

Este es el primer recuerdo coherente que tengo de ti:

Era el 28 de diciembre de 1963 y se inauguraba la fábrica de “Plásticos Habana”. Bajo ese sol de invierno que calienta de manera tan peculiar en Cuba una multitud entusiasta de trabajadores se concentraba entre dos andenes para escucharte mientras mi hermano y yo, junto a nuestros padres, ocupábamos un sitio estratégico sobre el andén a la espalda de la concurrencia y tú nos dirigías a todos la palabra, desde un púlpito improvisado, en el andén opuesto. A mis cortos siete años y desde la altura de mi posición alrededor de cincuenta metros que nos separaban parecían reducirse y tu figura se me antojaba la de un gigante, ¿O es que acaso lo eras?.

Espero que me perdones, pero mi corta edad en aquel entonces no me permite recordar lo que dijiste. Lo que quedó grabado para siempre en mi memoria fue que al terminar, dejaste tu púlpito y bajaste del andén atravesando la multitud, cuyo entusiasmo se multiplicó, y los trabajadores te envolvieron dejándote apenas caminar. Nosotros solicitamos de nuestros padres autorización para lanzarnos al ruedo y ya fuera empujando, o gateando por entre las piernas de los mayores o ayudados por estos en un gesto de condescendencia logramos llegar hasta ti.

Al regresar junto a nuestros padres despeinados, desaliñados y satisfechos, nos parecía que habíamos salido victoriosos de una batalla: 

–“¡Papi, Mami!” –alborotábamos desbordando alegría– “¡¡Le dimos la mano al Che!!”.

Desde ese momento aquel lugar pasó ser “La fábrica de mi papá”. En ella nos hicimos obreros. En ella, sólo unos meses después, me gané mi primer bono de trabajo voluntario en lo que en aquellos momentos me parecía una aventura sin saber que se formaba mi carácter. En ella tuve tíos y tías, padre y madres postizos, padrinos y madrinas humildes, trabajadores, honrados y buenos entre quienes aprendí el valor del trabajo fundiendo plástico o cargando sacos en aquellos maratones de trabajo voluntario que luego terminaban en fiesta precisamente en aquel mismo espacio, entre ambos andenes, en donde tu presencia sembrara para siempre el entusiasmo.

Luego te nos fuiste y nos llegó tu mensaje a la Tricontinental y tu carta a Fidel, y seguí creciendo entre un pueblo que cuidó como sagrada cada huella dejada por tu presencia mientras esperaba, como quien espera a un hijo, a que de un golpe de rienda dieras vuelta a Rocinante y regresaras, victorioso, con la adarga en alto.

Un día, mientras jugábamos por el barrio, mi madre salió a interceptarnos. “Acaban de anunciar el rumor de que el Che puede haber caído –nos dijo– “y Fidel comparecerá en la televisión para esclarecer los hechos”. Que fuéramos fuertes nos dijo y que nos preparáramos para lo peor. Que ese era el momento de ser valientes y enfrentar los acontecimientos con la entereza del revolucionario.

Casi estoy seguro de que era domingo, pues recuerdo el viaje a la beca y la tensión en el ómnibus escolar. Luego compareció Fidel y sólo de verlo, para decirlo en tus propias palabras, “supimos que era cierto”. Con voz trémula nos dio la infausta noticia y ya con once años me fue más fácil dar sentido a sus palabras: “Si queremos saber como deseamos que sean nuestros hijos debemos expresar, con todo el corazón de vehementes revolucionaros: Queremos que sean como el Che”.

Al siguiente día salió tu foto a toda primera plana en el periódico. Recuerdo que lo tomé y me quedé mirando tu rostro largamente y tus ojos profundos y nobles parecieron devolverme la mirada; entonces se me humedecieron las pupilas y se me hizo un nudo en la garganta, y tu mirada me hizo recordar las palabras de Fidel.

Han pasado ya 35 años y me enorgullezco de haber pertenecido a una generación de jóvenes cubanos que aprendió a venerarte compartiendo tus anécdotas, leyendo tu diario de campaña o aprendiendo a ser mejores hombres y mujeres con tus “Pasajes de la Guerra Revolucionaria”, el libro que más veces he leído en mi vida y el que ese culto a la verdad y ese apego inflexible al rigor histórico que te caracterizaran sólo ceden un ápice ante tu modestia. Hoy me acompaña una edición en mi celda que hago circular entre el resto de la población penal para recibir luego, con orgullo, los comentarios de admiración con que los lectores te identifican con la Revolución Cubana.

Aprendiendo a ser como el Che, más allá de cuánto o no lo hayamos logrado, todos hemos terminado siendo mejores seres humanos y así Cuba ha dado al mundo la generación más desprendida de toda la historia humana. “Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos” –nos dijiste para borrar en nuestros conceptos las fronteras y hacernos ver que Cuba comparte sus problemas con el mundo. Nunca me pareció más vivo el verde olivo que la noche en que lo vestí antes de desembarcar a Cabinda, a diez años de tu caída, y a sólo millas del lugar en que uniste para siempre tu suerte a la de nuestros hermanos del África. Casi estuvimos de nuevo a punto de darnos las manos.

Nos legaste la advertencia de que “en el imperialismos no se puede confiar pero ni un tantico así”, y con ella en mente el deber nos señaló nuevamente el camino, esta vez hacia el corazón del imperio, donde con nueva saña y ante una regresión de la historia humana nuevos peligros se cernían sobre Cuba. A malograrlos nos llamó la patria y así seguimos, una vez más, la huella que dejara contigo a la grupa Rocinante.

Hoy la adversidad me ha puesto nuevamente a prueba y, cuando desde la perspectiva más desventajosa a un enemigo que se afilaba con odio los dientes pudimos romperle la dentadura con la verdad y la moral de Cuba, me he podido dar cuenta de cuantas cosas me había traído conmigo desde allá: Me traje el revés del Moncada y la riposta de “La Historia me Absolverá”. Me traje el Granma y el infortunio de Alegría de Pío, pero también el encuentro cargado de optimismo de Cinco Palmas. Me traje los sueños realizados y los por realizar, las satisfacciones y las insatisfacciones, las victorias   y los reveses, lo que aprendí y lo que enseñé, los afectos y los desafectos, los amores y los desamores, los acuerdos y los desacuerdos, los sabores y sinsabores. Me traje las mañanas de La Habana llenas de niños en uniforme con sus tropelajes, sus risas y sus cantos. Me traje los carnavales y los trabajos voluntarios y me traje, por supuesto, la fábrica de mi papá.

Y ante todo el espectáculo vergonzoso y patético de unos testaferros del imperio derrotados, desmoralizados y abatidos me pude percatar también de que; sujetándolo todo bien fuerte y como en un puño; como para que no quedara vivencia sin atar, ejemplo sin seguir y llamado sin escuchar...

ME TRAJE TU APRETÓN DE MANOS.

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE.

René González Sehwerert