By Naidel
El cielo estaba nublado, aunque no parecía que fuera a llover.
Seguramente, a estas horas, el sol empezaba a
salir por el horizonte,
pero no poda verse. Era una pena que no pudiera contemplar el
astro rey
por ultima vez...
Náidel suponía que los mismos tétricos pensamientos que tenia
él
también estaban presentes en el resto de los habitantes del
fuerte. Y no
era para menos... En el horizonte ya podía verse la infinita
fila de
orcos que se disponían a atacar, la marea verde que posiblemente
acabaría con ellos. Pocas horas antes, los mensajeros habían
informado
que se aproximaban, lo que les había dado tiempo a ultimar los
preparativos de la defensa; esperaba que no se les hubiera
quedado
ningún cabo suelto, pues ahora ya era demasiado tarde para hacer
cambios.
Los pieles verdes se iban acercando despacio pero sin parar,
cubriendo
lenta e inexorablemente el campo de batalla, como un charco de
sangre
extendiéndose por el suelo. El paladín sonrió tristemente al
darse
cuenta del símil que había hecho, esperando que no fuera algo
premonitorio, aunque, a decir verdad, no confiaba en absoluto en
los
preparativos que habían hecho sus compañeros.
El plan era, básicamente, empujar a los orcos hacia unas estacas
previamente colocadas para acorralarlos entre estas y la
caballería,
como yunque y martillo. También planeaban usar aceite griego, o
algo
así, pero a eso no le había prestado atención. Suponía que
era un buen
plan (él siempre había sido algo torpe con ese tipo de
estrategias, a la
hora de la batalla sólo se preocupaba de colocar adecuadamente
sus
hombres), pero a la vista de la magnitud del ejercito enemigo,
penso que
nada de lo que pudieran hacer serviría para nada, y que ninguna
de las
estratagemas que se le pudieran ocurrir a Ambarim, su compañero
hechicero, darían resultado.
Los orcos ya estaban aproximadamente a un kilometro, era la hora
de
reunirse con sus soldados. Mientras bajaba de las almenas desde
las que
había contemplado todo el paisaje, pensó en las posibilidades
que
tenían, considerando que tal vez tendrían que haber evacuado
previamente
el máximo posible de gente, dejando solo unos cuantos para parar
la
embestida de los atacantes. Ahora ya no había tiempo de hacer
cambios,
el futuro solo dependía del destino y del acero.
Al llegar al patio fue comprobando que todo estuviera listo. La
infantería formaría parte de la primera oleada, posiblemente
eran los
que tenían menos posibilidades de sobrevivir, y él estaría al
mando, y
en primera línea de batalla. Tras asegurarse que todos estaban
en sus
puestos y que sus hombres tenían la moral lo mas alta que
permitían las
circunstancias, hecho un último vistazo al recinto, pensando que
tal vez
no lo volvería a ver, y se fijo en sus compañeros. Habían
pasado
emocionantes aventuras juntos, y esperaba que esta no fuera la
ultima.
Podía ver a Giorg, el príncipe elfo, en las almenas, al mando
de los
arqueros y gritando las ultimas instrucciones; Ambarim el
hechicero, con
una extraña mirada de concentración, algo misterioso, como si
por su
cabeza rondara alguna idea; Rudolf, ese tozudo enano tan
cascarrabias
pero tan buen compañero, afilando su hacha; Gordywool, clérigo
en
teoría, por una vez serio, rezaba a su extraño dios; y la
última, aunque
no por eso menos importante, Duriel, firme e inalterable, con su
aspecto
frío como siempre que se enfrentaba a los orcos, con dolorosos
recuerdos
del pasado rondando por su mente pero sin dejarse ver en ese
bello y
sereno rostro que tanto le había atraído.
A lo lejos se podían oír unas voces, pero no les dio
importancia. Había
entrado en una especie de éxtasis previo al combate,
concentrándose, a
la espera de que anunciaran la salida. Y el momento llegó...
Náidel ordeno con un grito abrir las puertas y acaricio con
suavidad el
pomo de su espada. Eso era lo único que le podía salvar en la
presente
situación, su acero. Y para infundir ánimos a los suyos, se
volvió, lo
desenvaino y lanzo su grito de guerra, curiosamente en el mismo
momento
en que el sol aparecía momentáneamente entre las nubes. Tal vez
fuera un
buen presagio, tal vez no, pero les dio confianzas a los
soldados, que
gritaron al unísono.
El paladín se giro satisfecho, beso su espada, y se preparo para
morir
luchando.
Las puertas estaban abiertas, y era el momento de empezar la
batalla...
Fin