La muerte clandestina.
(fragmento)
Milagros Pérez Oliva
EL PAÍS, 01-06-2005
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Pero no existe una "píldora mágica" de la muerte. Existen diferentes cócteles y no es sencillo asegurar que todos los ingredientes están en las dosis precisas. Como tampoco es fácil, en un momento como ése, llegar a tragar la cantidad de pastillas necesarias para conseguir el efecto letal. Algunas guías aconsejan triturarlas y tomarlas mezcladas con mermelada, yogur u otro alimento.
Todas las guías advierten de que tan importante como el método es el plan. Asegurarse de que transcurran entre ocho y 12 horas sin presencias extrañas porque, aunque el sueño suele llegar a 15 minutos, los efectos del cóctel varían en cada persona y el proceso, que termina en un coma farmacológico, puede durar de 45 minutos a 12 horas. Pensar en los demás y dejar una carta al juez. Y, sobre todo, "no cometer la estupidez de llamar a alguien para despedirse", porque en ese caso, el plan puede acabar en un servicio de urgencias.
Ésta es una forma posible de morir, pero ¿es una muerte digna? Desde luego más digna que tirarse por la ventana o a la vías del tren. O que matarse con cianuro, como tuvo que hacer Ramón Sampedro. Porque las personas válidas pueden encontrar la forma de suicidarse con ciertas garantías, pero los inválidos tienen muy difícil conseguir ayuda. Cuando en la última escena de Mar adentro Ramón Sanpedro dice: "Vamos allá", en la cinta real queda todavía más de media hora de convulsiones. "Lo triste del caso de Ramón es que tuviera que morir sufriendo. No era ésa la muerte que él quería", recuerda Carlos Peón, el que fue su médico de cabecera.
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