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José Luis de Vilallonga. El buen morir. La Vanguardia, 26-6-1995


En el transcurso del año 91 escribí en esta misma página una crónica a propósito del suicidio, que, si mal no recuerdo, levantó ampollas. Confesaba yo mi pertenencia a Exit, una sociedad inglesa de difícil acceso que ayudaba a bien morir a aquellos de sus socios para quienes la vida ya no valía la pena de ser vivida. Por aquel entonces, apenas si se hablaba de eutanasia y yo todavía no sabía de la existencia de Sol, una poderosa razón para seguir viviendo.

Arthur Koestler, el autor de "Le zero et l'infini", había sido, junto con Stefan Zweig, el fundador de una sociedad muy parecida a Exit. Las dos sociedades facilitaban los medios necesarios -por lo general, fármacos inocuos que mezclados a otras sustancias se convertían en letales- para desaparecer discretamente de este bajo mundo sin manchar las alfombras de sangre o reventar el coche del vecino tirándose por la ventana. Es decir, que tanto Exit como la sociedad de Koestler ofrecían un modo de morir en completo acuerdo con los cánones éticos de la gente bien educada. Koestler siempre supo que un día se suicidaría. Lo llevaba en la sangre, como otros llevan azúcar o colesterol. El día en que ya no le pareció interesante seguir viviendo, se metió en la cama con su mujer, se bebió lo que se tenía que beber y se murió sin molestar a nadie, dejando que sus editores se hicieran ricos con sus derechos de autor.

No me hice socio de Exit ni por capricho ni por ser víctima de lo que aún se sigue llamando pudorosamente "una larga y penosa enfermedad". Lo hice por razones muy concretas. En primer lugar, venía yo de hacer, para una de las lujosas revistas alemanas de Axel Springer, una encuesta sobre la forma en que la gente quería morir. Consistía en hacerles una sola pregunta a hombres y mujeres de diferentes naciones europeas: ¿cómo le gustaría a usted morir? El noventa por ciento de las respuestas incidían en el mismo sentido: "Rápidamente". "Mientras duermo." "Sin enterarme." Una sola mujer, una inglesa muy bella y obviamente muy enamorada, me contestó: "Me gustaría morirme muy lentamente entre los brazos de mi amante". La encuesta a la que me refiero había durado varios meses. De ella saqué la conclusión de que a la mayoría de la gente, más que a'la muerte, le temía al dolor y al sufrimiento que la preceden.

Unos años antes, la muerte de mi padre fue para mí un trauma de difícil superación. Pasábamos el verano en Biarritz, cuando una mañana sufrió un ataque cerebral mientras estaba desayunando. Lo trasladamos a una clínica de Bayona y allí los médicos me dijeron: "No hay nada que hacer. Está ya en coma profundo. Lo mejor sería dejarle morir en paz". Me pareció bien que, dada su avanzada edad, no se tratara de prolongar su vida por medios artificiales. Pero el resto de la familia -acérrimos practican tes del nacional-catolicismo- decidió llevárselo en ambulancia a Barcelona e ingresarlo en una clínica donde estuvo varios años enchufado a varias máquinas que lo mantenían vivo en esta do vegetativo. Desde el exilio que me prohibía entrar en España, yo telefoneaba a menudo para preguntar por el estado de mi padre. "Está muy bien -me contestaban-. No sufre." Yo me indignaba. ¿Quién podía saber si sufría o no? ¿Quién podía afirmar que, por el contrario, no estaba sufriendo terriblemente? Fue por aquel entonces cuando empecé a preocuparme por las con diciones de mi propia muerte. Firmé un documento ante notario en el cual precisaba que, fuera cual fuera la enfermedad que padeciera, quería morirme en mi casa, en mi cama, rodeado de objetos familiares y escuchando la música que siempre escucho en los momentos importantes de mi vida. Dejé también por escrito mi voluntad de ser incinerado -aquello de resucitar en carne y hueso de entre Dios sabe qué muertos, me inquietaba- y que mis cenizas fueran aventadas por mi hijo Fabricio "unas pocas en el Sena, otras en cualquier lugar del Empordá, otras en una cala de Mallorca y las restantes en el albero de la Maestranza de Sevilla para que Rafael de Paula me pisara una tarde de sol". Y, por si mis allegados, por razones que no quiero saber, desoyeran mis peticiones, me hice socio de Exit. Ahora tengo en mi poder un folleto en el que están especificadas las distintas maneras de quitarme de en medio sin crear demasiadas complicaciones a los que decidan llorarme.

En los últimos años, la aceptación de la eutanasia como manera de bien morir ha hecho insólitos progresos. En varios estados norteamericanos se acepta ya la idea de que "no hay nada de ilegal en retirar los aparatos que mantienen vivo al enfermo que sufre". Hace apenas unos días, el doctor Sherwin B. Nuland, profesor de cirugía en la Universidad de Yale, ha venido a presentar la edición española de su libro "Cómo morimos", en el que admite que "rara vez he visto mucha dignidad en el proceso de la muerte".

"Haciendo eco a lo que llevo pensando hace ya muchos años -dice el doctor Nuland- que debemos de aceptar que 'la muerte es algo natural, simplemente el final de un ciclo'. El problema no es, pues, morir, sino cómo morimos." El doctor Nuland, pesando prudentemente sus palabras para que no le acusen de ser un defensor de la eutanasia, explica que "los médicos modernos deberían de hacerse esta reflexión: si no puedo curar a mi paciente, por lo menos debería de ser capaz de ocuparme de su bienestar y de proporcionarle la serenidad suficiente para afrontar la muerte". Es decir, evitarnos el dolor, la desesperación y el miedo. Eso es lo que hacían antes los médicos de cabecera, una especie desgraciadamente en vías de extinción.

El doctor Nuland admite que ayudar aun moribundo puede significar incluso administrarle una inyección mortal. Los fundamentalistas, católicos o protestantes, pondrán seguramente el grito en el cielo. Les recordaré solamente aquello que le dijo el profesor Severo Ochoa, premio Nobel, a su amigo el general Fernández Campo: "Convéncete, Sabino, después de la muerte no hay nada".»