Descubriendo Marruecos

 

Por los intrépidos reporteros

Quimako, Marixes y Mestres

 

 

A pesar del complot internacional contra nuestras vacaciones, finalmente el bien ha triunfado en esta particular guerra contra los boicoteaviajes. El hecho es que después de preparar durante meses un excitante viaje por la India, los conflictos con Pakistan nos hicieron decantar por un destino más cercano y pacífico como Marruecos. Pero igual que los condimentos pueden estropear un magnifico plato, el perejil nos hizo dudar hasta el último momento.

 

A nuestra llegada a Casablanca nos esperaba nuestro guía, Rashid. Ah si, y tu Mª Jesús, que habías llegado 4 horas antes. De esta etapa destacar la impresionante mezquita que construyó el anterior monarca alhauita y la farsa del bar de Ricks (donde supuestamente Hupmfrey Bogart dijo aquello de "Tócala otra vez Sam"). Nuestra siguiente parada fue Chouen, precioso pueblo de casas blancas y azul turquesa y de allí, directos a Fez, antigua capital del reino. Fez, rodeada de antiguas murallas, está llena de palacios, y tiene una laberíntica medina que obliga a coger un guía local para asegurarte que saldrás en un tiempo razonable. De allí nos adentramos en el Atlas hasta llegar a la parte más interesante y exótica del viaje...

 

El desierto

Cuando Rachid nos hablaba del desierto se le iluminaban los ojos y no tenía ninguna duda de que pretendía pasar allí el resto de su vida.

El tiempo transcurre de forma distinta en el desierto. Llegamos a la caída de la tarde, que resultó ser sencillamente mágica. Estábamos allí sentados en la terraza del albergue mirando el horizonte y sentimos que dos días no bastaban, que querríamos permanecer allí mucho más. Es difícil de explicar, porque siempre habíamos pensado que el desierto sería en cierto modo agobiante: sólo imaginábamos un sol aplastante siempre encima de nosotros. Por ello nos sorprendió apreciar que el desierto resultaba tremendamente acogedor. Sí, esta es la palabra: acogedor. Acogedor y sedante. Mientras mirábamos cómo cambiaban los colores del cielo y de la arena, nos invadía una reparadora sensación de paz y alegría. Ciertamente es mágico.

El albergue donde nos alojamos era un edificio de una única planta construido con tierra mojada y paja. Estaba regentado por una familia numerosa, donde hermanos y primos compartían el trabajo y la vida. Siempre había alguien para sentarse junto a los viajeros y contarles historias y costumbres. Junto al albergue se encontraba un pequeño poblado formado por un puñado de casas del mismo estilo constructivo, donde vivían unas veinte familias bereberes. La gente allí es mucho más que hospitalaria. Apenas un rato después de haber entrado en el poblado, habíamos conocido a todos los niños y jóvenes y nos habían invitado a una boda que comenzaría a celebrarse esa misma noche. Esta fue una oportunidad única para vivir un trocito de su cultura. Una boda en el desierto supone tres días de fiesta continua marcada por las tradiciones y rituales más ancestrales. Así, por ejemplo, la novia se pasa un día entero cubierta de pies a cabeza por un velo negro, para ser arreglada por la noche con tejidos de colores y joyas, todo ello sin ser aún descubierta. Los hombres envuelven de blanco la cabeza del novio, dejando sólo sus ojos descubiertos, mientras él permanece sentado junto a un pequeño altar y una maleta repleta de objetos simbólicos. Y mientras tanto todos los hombres y mujeres del pueblo bailan al ritmo de la música de tambores y entonan cantos sin parar.

Al día siguiente, recorrimos kilómetros de desierto en 4x4. Nos detuvimos en el “Pueblo de los Negros”, para tocar los tambores y bailar con una tribu sudafricana que se había asentado en Marruecos. Más tarde paramos en la jaima de una familia que vivía según las costumbres nómadas, trasladándose de aquí para allá en función de la existencia de agua. En seguida, nos ofrecieron sentarnos con ellos y nos invitaron a un té.

Por la tarde dejamos el coche, y nos adentramos sobre dromedarios en las dunas de Merzuga. Íbamos cantando, embrujados por la belleza del desierto. Cuando llegamos al campamento, había caído la noche. Nos esperaban un grupo de bereberes, una familia que nos encontrábamos en todas partes, un grupo de amigos catalanes y una pareja de italianos. Esta disparidad generó un ambiente muy divertido durante la velada nocturna. ¡Cómo nos reímos aquella noche! Aunque si hablamos de risas, habría también que recordar la noche anterior en el albergue... y todo el viaje, en realidad. Lo más bonito fue alejarse un poco del campamento para contemplar un cielo infinito plagado de estrellas. Perdimos la cuenta de cuántas estrellas fugaces pudimos ver aquella noche de agosto.

Dos horas después nos estábamos despertando para disfrutar del amanecer. Escalamos una duna gigante para observar tal acontecimiento desde una posición privilegiada. Es espectacular ver cómo cambian los colores del desierto, cómo el cielo se va aclarando y la arena se enciende de rojo primero para volverse amarilla después. Único.

Con el trasero todavía dolorido por el ajetreo de los dromedarios, nos despedimos del desierto y nos dirigimos a las gargantas del Todra, que cómo podéis observar en la foto, constituyen una magnífica maravilla natural. Allí dormimos al mismo pie de río, gozando del fresquito que pasaba por entre las dos paredes. Los dos días siguientes fueron duros, pues transitamos por pista con el jeep, aunque ello nos permitió observar parajes inhóspitos y pueblecitos encantadores. Por allá donde pasábamos nos recibían los niños, a quienes obsequiábamos con caramelos y bolígrafos. Los pueblos se distribuyen a lo largo de un riachuelo que genera una cantidad increíble de vida y riqueza en medio de un desierto.

 

"Los mejores vendedores del mundo"

Finalmente llegamos a Marrakech, ciudad caóticamente ordenada, donde aprendimos una impagable lección de pricing: el regateo ¿Quién no ha oído nunca hablar del regateo en los mercados del mundo islámico? Los "zocos" son sin duda una de las mejores escuelas para cualquier comercial. Allí se puede observar como se han desarrollado las mejores técnicas de venta y sobre todo de negociación y es que no en vano se dice de los marroquíes que son los mejores vendedores del mundo.

 

Zambullirse en el zoco de Marrakech es sinónimo de caos y misterio, uno sabe como entra pero no cómo saldrá. Sus calles estrechas y entrecruzadas rompen totalmente con el esquema cuadriculado que pueda tener un ingeniero industrial acostumbrado al "Eixample" de Barcelona. Seducido por este entramado y por la vistosidad de los colores que adornan los productos ofrecidos, un paseo por el "zoco" se convierte en una aventura.

 

Pero cuál es mi sorpresa cuando al segundo paso ya oigo por encima de mi hombro "Catalans?, de Barcelona? Barcelona és bona si la bossa sona!" o " De Sabadell? Mala pell!" o de Tarrassa? etc." I no es que el catalán se enseñe en las escuelas marroquíes ni que los catalanes hallamos hecho una campaña de culturización al sur de Gibraltar, ni nada por el estilo. Los marroquíes tienen el don de aprender el idioma de todos los turistas que se les acercan y que les traen los duros, o los euros. Sin duda es una buena forma de llamar la atención de sus clientes potenciales y de crear así un clima de confianza que propicie una posterior venta. También usan otras técnicas avanzadas, como por ejemplo la oferta casi sistemática de productos adicionales en el paquete de venta para justificar la no-bajada de precio durante el regateo. Como ya es sabido, no se puede comprar algo en un "zoco" sin antes regatear el precio. Los hay que les gusta estar horas regateando y los hay que sólo intercambian unas pocas ofertas y contraofertas, pero privar a un marroquí del regateo sería ir contra las tradiciones del lugar y hasta podría resultar ofensivo.

 

Lo más gracioso del asunto es que uno se cree que ya se conoce todos los trucos y que esta vez podrá centrarse en sus objetivos, en lo que quiere y no quiere comprar, en cuánto está dispuesto a pagar... Pero cada experiencia en el zoco es una nueva lección maestra de venta. No se sabe cómo, pero cuando un turista entra en un "zoco" siempre sale con una bolsa cargada de souvenirs o de objetos que no necesita para nada, cuando no de una alfombra que es una ganga y que sólo se encuentra en la tienda de la que acaba de salir!

Así que yo invitaría a todo aquel que este interesado en las técnicas de venta en visitar cualquier "zoco" de Marruecos, y a los demás también porque se trata de un lugar precioso, de gran interés y donde uno puede saciar ese gusanillo consumista que todos llevamos dentro

 

"Fin de viaje en la playa"

La última etapa de nuestro viaje nos deparaba dos días fantásticos de playa en Essaouira. Y es que ya llevábamos demasiado desierto para un chico de Salou. Essaouira es una pequeña población costera, todavía apartada de la mayoría de circuitos turísticos, donde en su día veraneaba Jimmy Hendrix. Vale la pena visitar esta población porque a parte de tener una extensa playa semivirgen y un entrañable puerto de pescadores, permite darse cuenta de la última lección de pricing: No por mucho regatear y tener la sensación de sacar un buen precio, se está haciendo una buena compra. En efecto, los precios de partida de cajas, minerales, lámparas y demás regalos eran mucho más bajos que los obtenidos en otros puntos de Marruecos. Fue en Essaouira donde tuvimos la comida más glamurosa del viaje, en el patio del antiguo consulado italiano, un lugar precioso que conserva el encanto de los antiguos edificios señoriales de principios de siglo. Un paseo por el pueblo y su antigua fortaleza es altamente recomendable, no diremos lo mismo de la subida a la noria destartalada, de donde no creímos salir con vida. Y un último consejo, no esperéis encontrar cervezas en Essaouira porque pudimos comprobar es una misión imposible.

Habíamos llegado al final de nuestra aventura por la tierra del Perejil pero con ganas de volver pronto al desierto. Sin embargo ahora tocaba regresar a Casablanca y de ahí cada uno a su casa, para acabar de pasar las vacaciones cerca de la familia, hecho que seguro han agradecido.