Los viajes a la España profunda y el descubrimiento de la antropología suscitaron en mí el deseo de asomarme a culturas diferentes, que me proporcionasen una mejor comprensión de la mía. Los rasgos diferenciales de los gitanos españoles me impulsaron, a comienzos de los años setenta, a elegirlos para este empeño.

Ignorante de la conspiración de silencio que rodeaba sus andanzas por España durante siglos, pronto descubrí que los escasos libros sobre los gitanos españoles oscilaban entre el paternalismo y el etnocentrismo, que la prensa de divulgación apenas se ocupaba de ellos y que la diaria sólo los mencionaba en relación con el flamenco o si intervenían en la crónica de sucesos.

Puesto que parecía imposible documentarse sobre ellos, sólo me quedaba el contacto directo. En 1972 viajé a Mérida para establecer allí mi cuartel general, pensando que todo sería más fácil con un colectivo que vivía aceptablemente integrado en la ciudad.

Surgieron entonces dificultades que mi entusiamo y mi inexperiencia me habían impedido prever. Convencido de que bastaba la buena voluntad para acercarse a los gitanos, olvidé que su desconfianza y su desinterés hacia lo payo eran aún más infranqueables que el olvido de éstos.

Mi pretensión de conocer su cultura fue acogida con una hábil indiferencia que neutralizó mi actividad durante semanas, reduciéndola al rastreo de los archivos municipales y a la búsqueda de información a través de los payos notables de la ciudad.

Aquel fue un período de soledad y aprendizaje teñido de desaliento porque, si bien fui invitado a algunas bodas y empezaba a ser admitido por los jóvenes, la distancia que me separaba de los viejos seguía siendo la misma que a mi llegada.

Cuando en febrero de 1973 me hice amigo de Jesús, las cosas empezaron a cambiar. Gracias a él me relacioné con gitanos de Madrid, tan distintos de los extremeños en muchas cosas. Desde el primer día compartimos nuestra preocupación por lo gitano. A mí me interesaba lo que él sabía sobre su pueblo y yo le aportaba perspectivas que le ayudaban a comprender su gitanidad en el seno de la sociedad paya.

Casi al mismo tiempo conocí a unos gitanos, Félix y su familia, recién llegados a Extremadura. Eso favoreció mis relaciones con los gitanos de otros barrios de Madrid. La diversidad geográfica y económica de la cultura gitana y las nuevas amistades hicieron que olvidase pronto los sinsabores del período emeritense.

La fotografía fue una de las herramientas que, junto con el cuaderno de notas, manejé desde el principio para llevar adelante mi proyecto. Los resultados iconográficos, sin embargo, fueron de escasa calidad y menos abundantes que los escritos.

Por eso, cuando en 1973 descubrí "la fotografía", me asombré de la facilidad con que abandoné un año de trabajo de campo para correr en pos de la nueva perspectiva que ella me brindaba. Estas fotografías son, en gran medida, consecuencia del profundo cambio en la forma de mirar que entonces comenzaba.

 

(Ramón Zabalza. De la introducción al libro Imágenes gitanas. Fotografías y recuerdos)