Ramón y Cajal, Santiago (1852-1934) Científico español, n. en Aragón

Al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia.

Al llegar la muerte, preséntase siempre como algo nuevo, impensado e incomprensible.

Apártate progresivamente, sin rupturas violentas, del amigo para quien representas un medio en vez de ser un fin.

Conócense infinitas clases de necios; la más deplorable es la de los parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento.

Cuando veáis un escritor que se mete con todo el mundo, es que aspira a que todo el mundo se meta con él. No habiendo podido ser admirado anhela ser temido.

De todas las reacciones posibles ante una injuria, la mas hábil y económica es el silencio.

El anciano propende a enjuiciar el hoy con el criterio del ayer.

El que se toma las cosas a risa es siempre vencido por quien se las toma seriamente.

El tiempo, gran destructor de la vida, es también inexorable apagador de los más firmes sentimientos.

En la vida del enamorado, los prudentes consejos del viejo suenan como la voz atiplada de un eunuco que disertara sobre las excelencias del celibato.

Hay pocos lazos de amistad tan fuertes que no puedan ser cortados por un cabello de mujer.

La gloria no es otra cosa que un olvido aplazado.

La mujer es como la mochila en el combate. Sin ella se lucha con desembarazo: pero, ¿y al acabar?

La verdad es un ácido corrosivo que salpica casi siempre al que lo maneja.

Lo más triste de la vejez es carecer de mañana.

Nada me inspira mas veneración y asombro que un anciano que sabe cambiar de opinión.

O se tienen muchas ideas y pocos amigos, o muchos amigos y pocas ideas.

Procuremos agradar e instruir; nunca asombrar.

Quien desee firmísimamente poseer talento acabará por tenerlo.

Si cuando discutes se alegra demasiado la galería, recela que tú o tus impugnadores habéis sacado las cosas de quicio o tratado sin decoro la cuestión.

Sólo el médico y él dramaturgo gozan del raro privilegio de cobrar las desazones que nos dan.

Transigirnos solamente con el mérito superior cuando, escudado en la humildad, se sitúa deliberadamente a nuestro nivel.
 

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