La cuestión de género en Heinrich Heine y
Richard Wagner
 
MIGUEL SALMERÓN INFANTE
Universidad Autónoma de Madrid

Heinrich Heine y Richard Wagner se conocieron en París en 1841. Tanto uno como otro ejemplifican de un modo admirable y a su modo al artista revolucionario. Heine fue un defensor de la democracia que abogó inequívocamente por el compromiso político y social del escritor y el artista. El poeta fue un hombre admirable en el que convivieron el patriotismo y un cosmopolitismo humanitario. Heine abrazó el exilio voluntario en la ciudad de la luz para hallar una atmósfera respirable para sus ansias de libertad. La obra de Wagner supone una propuesta política anarquista y subversiva de los órdenes teológicos, patriarcales e institucionales. Todo ello bajo la profunda creencia en el poder de la música. Wagner participó activamente en los hechos revolucionarios de 1848-1849 y fue perseguido y vigilado por la policía prusiana y bávara. Sin embargo, ni Heine ni Wagner supieron encarar debidamente la cuestión de género. Heine sufrió un revés sentimental en su juventud y se convirtió en un resentido misógino que, aparte del recelo que le producían sus colegas femeninas en el oficio poético, a lo más que llegó fue a una relación "à la Pygmalion" al final de su vida. El hondo erotismo de Wagner chocó contra las trabas que su época ponía al amor pasional. Choque que quedó ejemplificado con el frustrado amor por Matilde Wesendonck. Ambos mistificaron sus fracasos y frustraciones en una obra lírica magistral y en unos libretos llenos de seductor encanto. Las contradicciones de Heine y de Wagner siguen siendo, reformuladas, las de todo varón, al menos por dos razones. La primera apunta a que el erotismo es una realidad tan fluidificadora como cortocircuitada, pues está entrevesada con nuestro proceso de identidad. La segunda tiene que ver con que nuestra sociedad no es ni mucho menos tan desinhibida ni está tan liberada como se autoconceptúa.


Miguel Salmerón Infante