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Es de sobra conocido que Heinrich Heine fue, ya en vida, un autor en torno al cual se desataron furiosas polémicas. También desde entonces, muchos de sus detractores estaban guiados por tendencias antisemitas y nacionalistas. En la segunda mitad del siglo XIX la polémica alcanzó su punto álgido con motivo del proyectado monumento en su honor, continuando hasta el final de la época guillermina. En la República de Weimar se pueden registrar intentos de superar este nivel de la discusión, aunque, a la larga, sin éxito, pues con el ascenso al poder del NSPD el antisemitismo como argumento definitivo termina con la presencia de Heine en Alemania.
Por el contrario, los escritores que se ven obligados a abondonar Alemania a partir de 1933 y cuyas obras literarias son quemadas como las de Heine, ven en él un ilustre antecesor, de cuyo legado histórico y literario se consideran legítimos herederos. En su actividad literaria, publicista y editorial, en su actuación política y cultural antifascista, el nombre de Heinrich Heine es una constante durante los años del exilio. Desde la antología de Heinrich Heine publicada por Hermann Kesten durante su estancia en el campo de concentración en Francia, al Club Heinrich Heine, centro cultural creado por el colectivo de refugiados comunistas en México, el exilio alemán mantiene la presencia de la obra heineana en el exilio.
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