La disipación según San Joaquín
por Fernando Figueroa

Como paloma mensajera, primero llegó a México su biografía Joaquín Sabina, perdonen la tristeza, de Javier Menéndez Flores. Después aterrizó aquí su disco Sabina y Cía. Nos sobran los motivos y, finalmente, él mismo para ofrecer varios conciertos acústicos en nuestro país.


Nos sobran los motivos incluye un compacto eléctrico y otro acústico con entrañables canciones de Sabina de ayer y de hoy (pero no de antier), en versiones corregidas y aumentadas. Los conciertos serán desenchufados, con una ambientación de teatrino que hizo pensar en la conveniencia de no hacerlo en el Auditorio Nacional.

A pesar de la vida licenciosa de Sabina, todo parece indicar que, realmente, "el cura que ha de darle la extremaunción no es todavía monaguillo", así que sigue siendo capaz de dar cien conciertos por año, tomar whisky y tequila como si se fuesen a acabar y fumar Ducados como tráiler sin afinar.

Antes de la conferencia de prensa, en la que se reunieron con él tanto verdaderos reporteros como groupies de ideas y faldas cortas, Joaquín responde a MILENIO Semanal, en presencia de una musa que él mismo inmortalizó ya en la canción "Rosa de Lima".

Tengo una hipótesis acerca de por qué sacaste estos discos en vivo, en vez de uno nuevo grabado en estudio...

De seguro me vas a decir que no nos sobraban los motivos sino que nos faltaban canciones nuevas.

Más bien creo que 19 días y 500 noches es tan bueno que tú mismo te pusiste muy alta la canasta.

La verdad es que Nos sobran los motivos es producto de la casualidad. Durante la gira, Pancho Varona estuvo grabando algunos temas sin decirme nada, así que cuando BMG dijo que yo tenía 14 años sin sacar nada en vivo, resultó que el álbum ya estaba hecho. Es sensacional hacer un disco sin tener que trabajar. Además, había cierta presión de mucha gente, que nos ha dicho que le gustan más los conciertos que los discos. Este disco doble es una especie de resumen de los últimos diez años, y las canciones han sido elegidas en función de lo que han cambiado con el paso del tiempo, y no porque hemos decidido cambiarlas de última hora sino porque ellas han preferido otros ritmos. Algunas letras se han ido a la basura o se les ha añadido un fragmento o un epílogo.

No sólo no me faltaban canciones sino que yo creía que tenía en el cajón muchas canciones mejores que las de 19 días y 500 noches.

No te creo.

Bueno, al menos dos o tres, no seas cruel.

¿Existe alguna canción que te guste mucho y que no incluyas en tus conciertos para no echarle sal a la herida?

Sí hay una, "Amor se llama el juego", y no la canto porque hiere a una chica a quien quiero mucho. Tampoco canto ya "Pongamos que hablo de Madrid", porque esa canción ya no la siento del mismo modo.

Si un otorrinolaringólogo escucha estos discos en vivo, de seguro envía a tu casa una ambulancia, por lo rasposa que se oye tu voz.

Lo que pasa es que desde 19 días y 500 noches decidí que la gente escuchara la voz que tengo, sin el maquillaje de la tecnología. Ahora soy más dueño de las posibilidades de mi voz que cuando quería que se oyera como la del cantante que no soy. Ya entendí que nunca seré Montserrat Caballé.

¿Cada día se te dificulta más hacer canciones?

Cada día soy más obsesivo. Soy prolífico, pero no tan rápido como muchos de mis amigos creen. Piensan que me siento en un bar y llega la inspiración como por arte de magia. La verdad es que hay mucho trabajo detrás.

¿Quién tiene más problemas con el éxito, tú mismo o tus detractores?

Lo que la gente llama éxito me ha servido para conocer muchos países, como toda Latinoamérica, y eso ha enriquecido mi trabajo. Conoces otros ritmos, otros colores, otros sabores, que se impregnan en la música que haces. El problema es que estos beneficios vienen aparejados con la imposibilidad de caminar libremente por las calles de Madrid o Buenos Aires, puesto que me siento permanentemente observado. Eso, dicho por alguien que le gusta mirar y no ser mirado, es una tragedia.

Respecto a quienes no te quieren, el éxito siempre es un insulto. Creo que los celos, la envidia y todos esos feos sentimientos de competencia los tiene uno desde niño dentro del alma. Lo único que puede hacer un hombre civilizado es que no se note. Con el éxito sucede como con el poder, según una frase de un político francés, que desgasta sobre todo a quien no lo tiene.

De joven tuviste muchos empleos en Londres. Quisiera saber qué enseñanza te dejó eso de meter cadáveres en el refrigerador de un hospital.

Ésa es una cosa en la que pienso ahora y siento como si no me hubiera pasado, algo rarísimo. Tal vez me sirvió para perderle el respeto a los cadáveres y tratar mejor a los vivos. Si yo me muero mañana, la disquera vende un millón de copias en un mes, y la gente empezará a decir que el imbécil, insoportable y borracho de Sabina era un tipo de gran corazón.

En ese trabajo usábamos mandiles blancos. Si sonaba el teléfono, significaba que había muerto un anciano -ya que era un hospital geriátrico-, íbamos por él y lo metíamos al frigorífico. El tipo que iba conmigo era un gordo gallego que sacaba un peine y le daba una pasadita al cadáver. Yo creo que hay que dedicarse en cuerpo y alma a los vivos antes que te peine el gordito.

¿En qué momento se encuentra tu afición por la fiesta brava?

Está en un momento álgido porque apareció en España un torero, que por cierto se hizo en México, de quien me he hecho muy amigo. José Tomás es un tipo muy especial, parece un samurai con los ojos hundidos, que ha mandado al retiro a toda la primera plana de toreros españoles; nadie quiere torear con él, porque le temen mucho. Él va a mis conciertos, yo voy a sus corridas y hasta me brinda toros.

Cuéntame acerca del día en que fuiste a ver a Antoñete.

Ese día, Antoñete decidió torear dos reses a puerta cerrada, en Las Ventas, sólo para los amigos. Él ya tenía sesenta y cinco años o algo por el estilo, así que en el hotel, antes de vestirse de luces, parecía un anciano, y ya con el traje era un dios Apolo.

Creíamos que iba a ser una exhibición de un maestro antiguo con novillos afeitados. Y no fue así. Él escogió dos toros con el trapío que exige la plaza de Madrid. Toreó básicamente al natural, es decir, por la izquierda. Ya en el hotel, de regreso, le dije que el toro parecía ir más por la derecha. Entonces él me contestó: "Lo hice así porque quería decir algo".

¿Y cómo te ha caído el retiro de Curro Romero?

Muy mal, pésimo. Creo que va a seguir toreando en festivales. Es una fatalidad su retiro, pues él era una referencia maravillosa. Su clase y su miedo juntos eran inigualables.

¿Al salir al ruedo de una plaza de toros has fantaseado que eres un torero partiendo plaza?

Me lo imagino siempre, y mira que en España, cuando haces una gira, 80 por ciento de los lugares donde cantas son plazas de toros. Eso es muy práctico, porque la gente de mi edad se va a las gradas, y el público más peleón se mete al ruedo.

Al salir a un escenario se pasa miedo, y yo en ese momento me pregunto: "¿Cómo carajo será el miedo que pasan ellos?". Ya en el escenario no pienso en los toreros porque sería una blasfemia; ellos tienen la muerte por delante, y los cantantes no arriesgamos tanto.

Existe el riesgo del fracaso, que no es poco.

Pues sí, pero incluso en cuanto al público hay un abismo. La gente de los toros saca en hombros al que triunfa y le avienta cojines a quien fracasa, mientras que los que pagan por oírte cantar suelen ser más benignos. Yo a veces me cabreo cuando he dado un mal concierto y he tenido el mismo éxito de siempre.

Alguna vez un crítico se ensañó con un concierto que diste en Madrid, y tú reaccionaste muy visceralmente con él. ¿Por qué esa intolerancia de tu parte?

Quien escribió eso era un amigo que decía que, por ética profesional, no escribía de sus amigos, porque a todos los iba a poner bien. Y la primera vez que decide romper con esa costumbre me tira un hachazo brutal. Me tambaleé, no tanto por esa crítica, sino porque, de verdad, estuve mal. Tan fue así que al siguiente concierto, en Salamanca, invité a tres o cuatro amigos, sin decirles nada. Quería hacer lo que Curro: ofrecer el concierto y, al final, decir adiós. Pero el concierto salió tan bien que dije: "¡Una mierda, yo sigo en esto hasta que me muera".

Juan Marsé dice que tu cara revela que tienes recónditas cicatrices en el cuerpo, como los toreros.

Ese texto es muy hermoso. Las heridas en el alma son como las novelas de Marsé: ese recuerdo atroz de la España fría, seca, cerrada en sí misma, nacionalista, católica, fascista, de la posguerra. Aunque yo nací diez años después del final de la guerra civil, viví mi infancia en medio de ese clima de represión, de palos en el colegio. Ésas son las heridas que uno trae.

¿El letrista Sabina se frotó las manos cuando el Atlético de Madrid descendió a segunda división, pensando que ahí había una frase o la historia de una canción?

En realidad no soy tan aficionado al futbol, pero estoy con el Atletic porque mis músicos le van a ese equipo. El Atletic encarna una épica de equipo pobre contra el equipo imperial, que es el Real Madrid.

¿Y qué pensaste cuando Hugo Sánchez dejó al Atlético de Madrid para fichar con el Real Madrid?

Me cago en la puta madre que lo parió.

Bueno, pero él tenía derecho a superarse, ¿no?

A lo que no tenía derecho era a anotarle goles al Atletic.

¿A qué se parece el placer de burlarse de alguien mediante un soneto?

El 60 por ciento de los sonetos de Quevedo eran para cagarse en sus enemigos; los insulta de una manera impresionante. La métrica del soneto se presta mucho para insultar. Me he divertido mucho contestando así a quien me agrede, pero también tengo muchos otros sonetos que no van en ese sentido. De hecho, está por salir un libro mío con cien sonetos.

¿Todavía guardas la propina que te dio George Harrison cuando eras mesero en Londres?

Seguramente inventé eso de que guardaba la propina. La verdad es que me la bebí esa misma noche.

Aparte del box spring y de la barra libre, ¿alguna vez has hecho un mínimo de ejercicio?

Por las mañanas hago tosing alrededor de la cama.

¿No temes perder el camino de regreso a la sobriedad?

Sí, claro. Estoy consciente que debo cuidarme más, pero me aterra encontrarme a tipos de mi edad que sólo platican las travesuras que hicieron hace 30 años, como si de entonces a la fecha no les hubiera sucedido nada. Además, para tener 52 años y ser amigo de Charly García, no me siento tan mal.

¿Alguna vez te has visto instalado en la posteridad?

La posteridad no me importa nada. Ella no está ahora y yo no voy a estar cuando ella llegue.

¿Qué te hubiera gustado ser si no fueses cantautor?

Me hubiera gustado ser pintor, recaudador de impuestos o el tipo que hace el amor con las mujeres de los demás.

Recientemente dejaste a tu secretaria y a tu manager, quienes te acompañaban desde hace mucho tiempo. ¿Qué sucede?

Mi secretaria me dejó por celos de parcelitas de poder, y a mi manager lo dejé porque era un inútil.

¿Hay alguna constante en las mujeres que has tenido?

Físicamente, no. Quizás tengan en común que todas ellas me han amado de verdad. Nunca he sido de esa clase de tipos a los que les gusta enamorarse de mujeres imposibles. Yo creo, igual que Carlitos Marx, que no existe el amor no correspondido.

Foto: Atonatiuh S. Bracho

(Entrevista aparecida en "MILENIO Semanal", Febrero de 2001)
Gracias a José Luis Naranjo (nuestro "corresponsal en Monterrey") por enviarmela.