Joaquín SABINA

 

El maestro de cantautores pícaros vuelve como el Midas sobrio capaz de sobrevivir, frente a toda ley y contra cualquier pronóstico, a su apasionante leyenda de excesos. Y lo hace vendiendo discos –y también libros- a porrillo, siendo fiel a sí mismo y cuidando, sin que sirva de precedente, la salud. Un tipo con pegada.

 

TEXTO JUAN DE LA PARRA FOTOS PABLO PÉREZ MÍNGUEZ

 

Desde hace un mes, la foto de Joaquín Sabina descansa en las tiendas de discos con mirada desafiante. Es la portada de su último álbum, Dímelo en la calle, que muestra a un boxeador con la cara partida y los puños en guardia. Dice Sabina que es una broma, pero al tiempo reconoce que hay un mensaje en su gesto, algo de “boxeador que ha recibido unas cuantas hostias y mira en actitud de... ven aquí cabrón que te vas a enterar”.

A Sabina no le quitan las ganas de guerra ni una isquemia cerebral ni mil informes médicos. Ha dejado los vicios ilegales y ha reducido la cuota de los legales hasta una dosis digerible: whiskys sí, y cigarrillos sólo en ocasiones especiales. Será canalla, pero no tonto. Eso le ha salvado de estar a estas horas criando malvas. El Sabina rehabilitado canta con la misma mala leche de siempre y la voz algo menos rota que en 19 días y 500 noches. Su nuevo compacto coincide con la publicación de Con buena letra, un libro que incluye todas las canciones (comentadas) que ha escrito en su carrera. Sabina hace balance y tira para adelante.

 

¿Los 53 son como los imaginabas?

Nunca pensé que iba a llegar ni a los 50, y menos a los 53, sobre todo después de lo que me ha pasado últimamente. Así que vivo la vida como si fuera una prórroga. El único cambio importante es que ya no vivo en la calle como antes. Ahora, el bar lo tengo en casa y no voy de ronda por ahí. Me acuesto a la  misma hora que antes, pero estoy en casa con mis amigos, y no en los bares. Mi vida actual es más literaria. Me he aficionado a comprar las primeras ediciones de los libros y me encanta perderme en las librerías de viejo. No es que haya cambiado de amigos, pero ahora voy con la pandilla de Almudena Grandes, García Montero y todos ésos y hablo más de literatura que de música. Y en cuanto a hábitos, he dejado la coca de manera radical y absoluta.

 

¿Te sientes bien así?

Estaba mejor antes (risas). No voy a ser hipócrita a estas alturas, ni a hacerme un fundamentalista de la vida sana. Yo sigo teniendo las mismas opiniones y los mismos gustos, lo que pasa es que ahora hay ciertas cosas que no puedo hacer. Por la coca siento nostalgia. A la gente le pido que fume delante de mí para, al menos, ser fumador pasivo. Me río de los que dicen que es mejor estar sin fumar porque se aprecian mejor los sabores. ¡Ni sabores ni leches, yo lo que me fumaría ahora mismo es un cigarrito!

 

¿El Sabina que no fuma ni toma coca canta mejor?

Yo creo que sí, que con los años he aprendido a modular el desastre de voz que tengo, y ahora canto algo más corazonado y con mejor técnica. Pero vaya, yo nunca me sentí un cantante, sino un contante, un tipo que utilizaba el instrumento que tenía, la voz, para contar lo que quería. Siempre me reventaron las grandes voces. A mí los que me gustaban no tenían grandes gargantas. No Bob Dylan, ni Leonard Cohen, ni Atahualpa Yupanqui, ni Violeta Parra.

 

¿El Sabina de 2002 escribe mejor que el de 1982?

Repasando las letras de mis canciones para el libro, he observado que a medida que avanzaba el tiempo me gustaban más. Las primeras eran más facilonas, menos trabajadas, sin tanto rigor como escribo ahora.

 

¿No suscribes lo de “cualquier tiempo pasado fue mejor”?

Si yo no escribiera ahora mejor que hace 20 años sería un desastre. Otra cosa es que la nostalgia trabaja, y para la gente que me escucha no es lo mismo oírme ahora que hace 20 años por primera vez. Yo tampoco oigo a Silvio Rodríguez ahora como cuando lo oí por primera vez. El primer día me deslumbró. Cuando escucho sus últimos discos me he de preguntar si me parecerían tan buenos si los estuviera oyendo por primera vez. Y generalmente me contesto que sí.

 

¿Cómo ha sido el parto de Dímelo en la calle?

Éstas son las canciones más reposadas de toda mi carrera, porque nunca tuve tanto tiempo y tanta tranquilidad para escribir como ahora. La grabación también ha sido relajada. He tardado casi un año en hacer el disco.

 

¿Son canciones de ahora, de antes?

Algunas tienen pocos meses, otras llevan varios años dando vueltas por los cajones de casa. Mis canciones nacen en servilletas de bares, en papeles sueltos. De ahí pasan a un cajón y de vez en cuando salen para que les dé una vuelta. Unas se quedan ahí para siempre y otras acaban siendo canciones.

 

Tengo entendido que no escribiste así el disco anterior.

No, 19 días y 500 noches fue el resultado de un atracón creativo. Me encerré cinco meses a escribir como un loco, fue una auténtica fiebre creativa, y creo que eso se notó en el disco, que tenía la intensidad derivada de aquella fiebre. Es que la coca que tomaba en esa época era cojonuda. En el nuevo disco no hay coca de por medio. Ni una raya. Por eso, tendrá otras cualidades, pero no tiene esa cosa crispada, esa inmediatez que da la coca.

 

¿A qué cosas no eres capaz de cantar hoy?

Tal vez a la inocencia aunque, honestamente, creo que nunca fui inocente. Lo que sí sé es que no me veo aparentando que soy un chavalín, como hacen otros cantantes de mi quinta, que van de jovenzuelos. No señor. Tengo los años que tengo y me han pasado las cosas que me han pasado. Los amores de los que hablo en mis canciones tienen mucha carga de vida; no son, precisamente, adolescentes.

 

En tu nuevo disco hay un tema titulado La canción más hermosa del mundo. ¿Has hecho ya tu canción más hermosa?

No. Esa canción con la que sueño creo que no voy a poder hacerla jamás, aunque la aspiración la tendré siempre.

 

¿La mejor canción es la que vende más, la más tarareada?

La mejor canción es la más emocionante, cuyos ingredientes uno nunca conoce. Nadie sabe por qué una canción tiene un aroma que es superior a todos los acordes, a todas las melodías, a todos los arreglos. Y eso depende de unas conexiones muy extrañas que se dan con el público. Esas conexiones, por fortuna, no las conocen los técnicos de marketing ni las sabe nadie.

 

El próximo mayo dará comienzo la gira de tu nuevo disco. ¿Realmente tienes ganas de subirte a un escenario?

Si no, me quedaría en casa. A mí lo que me da pereza es lo que hay alrededor del oficio. Yo puedo tomarme una copa muy tranquilamente en Albacete cualquier día, menos el que doy un concierto, porque ese día se forma una especie de cosa extraña en mi mente que ni entiendo ni quiero entender. Me gustan mucho los aplausos en el escenario, pero fuera de él desearía ser el hombre invisible, y muchas veces lo consigo.

 

¿Qué te pareció la imitación que te hicieron en Crónicas Marcianas?

Muy divertida, Latre es muy bueno. Me llamó esa misma tarde para preguntarme si podía imitarme. “Por favor, por supuesto”, le dije. Al que no tolero es a Sardá. Me parece un imbécil, un cáncer. Me jode, no por él, que nunca hemos sido amigos, sino por lo que representa de cambio de chaqueta, de amor desmesurado al dinero y a la imbecilidad más imbécil.

 

Ya que está de moda, ¿no te animas a hacer una canción a la bandera española...?

Pasemos a la siguiente pregunta... ¡Bah!, en fin, toda la vida ha habido imbéciles. El patriotismo es el último refugio de los miserables. No es una frase mía, la dijo hace 200 años no sé quién.

 

Como te has quitado de los vicios, estarás encantado con la ley antibotellón...

Yo estoy a favor de todo lo que sea jolgorio, hacer unas risas y divertirse y disfrutar unos tragos. En los bares y en la calle.

 

¿Y qué tal te llevas con el euro?

Pues no lo sé, porque no manejo dinero. Tengo la suerte de no tener que ir con dinero encima, soy como el rey. Sé cómo son, pero he visto pocos. Desde que no compro coa no cuento el dinero. La verdad es que no llegué a comprar coca con euros, me quité antes. No me gusta tocar mucho el dinero.

 

¿Te acuerdas de tu infancia?

Cuando era niño lo que quería era ser mayor. Porque eso de que seas niño y te dé órdenes todo el mundo y nunca te entreguen las llaves de las puertas era terrible. No hay porqué tener la menor añoranza de la infancia, es mucho mejor ser dueño de uno mismo.

 

¿Dentro de diez años te ves haciendo el disco número veinte de Sabina?

Cuán largo me lo fiáis, mi capacidad mental nunca la tuve para hacer ese tipo de planes. Nunca supe planear nada, siempre he vivido al día.

 

 


Publicado en la revista MAN N.182 (Diciembre-2002).