Como un toro
enlaCe invitó a veinticinco lectores a que
disfrutaran el viernes del concierto de Joaquín Sabina en la plaza de toros de
Bilbao
JULIA FERNÁNDEZ/BILBAO
No hubo 'Máter España', pero sí vinieron Abelardo y Eloísa para soplar las
nubes negras que amenazaban anoche Bilbao. Joaquín Sabina regresó a la villa
tan sólo cuatro meses después de haber presentado en el palacio Euskalduna su último disco, 'Alivio de
Un público hambriento y entregado lo esperaba en el albero, con ganas de cantar
lo que le echaran: fuera una rumbita o un rock & roll.
Daba igual, mientras fuera suyo: Sabina es de los pocos que logran que los
vascos bailen a ritmo de copla. El concierto empezó casi puntual y lo que el de
Úbeda se encontró al salir fueron los tendidos de Vista Alegre hasta la
bandera.
Justo desde ahí lo recibía Aurora Isla, una de los veinticinco lectores de EL
CORREO a los que enlaCe echó un capote para que
disfrutaran de la faena.. «Me gustan sus letras... ¿Dicen tanto!», asegura esta «chiflada» por la música. Ella
optó por sentarse para escuchar con calma. Aunque, al final, la energía que
derrochó el anda
Lo que Sabina hizo el viernes en Bilbao no fue un concierto promocional de su
gira 'Carretera y Top Manta', sino un recital de los
de siempre. Su repertorio sólo abordó tres temas del último cedé.
Los clásicos se llevaron el protagonismo: desde 'Calle Melancolía', hasta
'Conductores suicidas', sin olvidarse de 'Y sin embargo' y 'Pacto entre
caballeros'. Tampoco faltó 'Princesa', el tema preferido de Montse
Lázaro, que esperaba esta cita desde hacía «dos meses». «Me quedé sin entrada
para el Euskalduna, así que para éste, la compré el
primer día», subraya. Este hombre la conmueve: «Es verlo y...», bromeaba con
sus amigas Marian, María y Piedad.
Vuelta al ruedo
Javier Corcuera fue otro a los que la suerte le sonrió en forma de ticket. Sigue a Sabina desde hace casi
veinte años, pero prefiere «el rock más callejero». La verdadera fan es su
novia, Inma. Por Sabina apenas durmió seis horas
antes de entrar a trabajar ayer a la mañana. Pero pudo escuchar una rareza en
directo: 'L
El concierto acabó al filo de la medianoche, como si el de Úbeda fuera la misma
Cenicienta y el tono de su voz se quebrara más allá de las doce. Fueron dos
horas de entrega y algo de demagogia escénica -prometió no pedir palmas al
público y no lo hizo, pero les acercó el micrófono para que cantaran-, y se
despidió como lo que es: un perro viejo. «¿Qué les
parece si en vez de que nos pidan otra y otra, cantamos dos o tres más y lo
dejamos así?», le preguntó al público. Ni un solo pito. Pañuelos blancos y
vuelta al ruedo.
el
Correo Digital
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(28/05/2006)